Tierra escarificada. Líneas rectas hacia el infinito. Rodrigones salpicados de rojo. Espigas secas. No hay palomas ni cuervos hambrientos. Canales, acequias, agua fluyendo, cercas por donde asciende la enredadera. Un tractorista como una barca solitaria en los esteros. Vacas. Niebla a lo lejos. El Valle Florido en su esplendor. Carros a velocidad inmoderada. Desaparecen los eucaliptos, los flamboyanes. La visión se interrumpe: aparece un tráiler; el chofer apenas es visible en su carrera. En la caja del tráiler hay una serie de dibujos hechos en el polvo. En el primer cuadro está una mujer de pelo largo. La sobriedad de los trazos acentúa su desnudez. En el segundo cuadro el torso de un hombre ocupa el primer plano, pero es en la cara de la mujer donde se concentra la intensidad. En el tercer cuadro, sin perder la posición —ha estado de espaldas siempre—, abandonada al placer, la mujer gira el cuello para mirarnos de frente y guiñarnos un ojo. Te atrapé, pareciera decir.
¿Quién borrará esos trazos: la lluvia, la brisa, otra mano anónima? Tal vez el polvo que se acumule en el camino. Mientras, esas imágenes avanzan por la carretera, fuerza vertiginosa expuesta a la mirada del viajero.
Veo un soporte distinto para los dibujos, también otro espacio. No un lienzo ni una galería. Quizá le va bien el muro anónimo de una calle asimismo solitaria.
Imposible saber si para el pintor, el encanto está en su carácter efímero, itinerante,
en el reto que significó para el viajero apreciar la belleza en su carrera hacia la nada.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 9 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






