De repente, un gato negro se encuentra en medio de una inundación, que lo obliga a resguardarse en una pequeña barca en compañía de un tierno y amigable perro, un serio y diplomático capibara, un inquieto y acaparador lémur, y un imponente y reacio pájaro secretario.
Con el nivel del agua cada vez más alto y la falta de comida, convivir en ese reducido espacio se vuelve muy complicado, aunque, también, una oportunidad para que los tripulantes aprendan a respetar la individualidad de cada uno y colaboren por el bien y la salvación de todos.
Es casi un hecho irrefutable que Flow (Letonia/2024), dirigida por Gints Zilbalodis, es una de las películas más emotivas, creativas, originales, interesantes, impactante y mejor logradas de los últimos años. No sólo se trata de un triunfo inusitado en lo técnico, sino que la historia, a pesar de carecer de diálogos, sugiere un mensaje que podría tocar el corazón y el alma hasta del más soberbio y dejarlo estupefacto, pensativo y reflexivo.
Para dar a los espectadores una sensación de inmersión y cercanía a los personajes, el director creó un set especial en tercera dimensión en el que, con una cámara virtual, tuvo la posibilidad de “caminar” alrededor de él, como si estuviera en una película real, desarrollar ideas al momento y lograr una mejor puesta en escena. Además, la técnica de animación generada por computadora se realizó con un diseño que evita el hiperrealismo, lo que permite mayor expresividad y conexión entre los animales en cuestión y el público.
La cinta escrita por el propio Zilbalodis junto a Rihards Zalupe se luce no tanto por su historia, más bien por lo que intenta decir a través de ella: los animales en el bote poseen personalidades específicas que en diferentes circunstancias contrastan y generan conflictos, aunque llegan a entender su función en la complicada travesía, que contribuye a hacer más llevadero y seguro el trayecto, y poder acabarlo con bien.
Por extraño que parezca, el espectador se mantiene atento y sin parpadear durante todo el metraje y, más allá de eso, se identifica con alguno de los personajes, sobre todo, se cuestiona quién de ellos sería ante una situación similar y, desde luego, acerca de su propia personalidad y función en la vida, en la que sin necesidad de que haya una inundación que lo obligue a convivir con personas desconocidas, podría ser el ágil, poco sociable, pero colaborativo gato; el noble, agradable y juguetón perro; el inquieto, astuto, aunque aprensivo y egoísta lémur; la tranquila, amable y, quizás, indiferente capibara; o el arrogante e inalcanzable pájaro secretario.
Con una narrativa ágil, sencilla y funcional, la ganadora a mejor película de animación en los Globos de Oro de este año deja claro que, a pesar de que cada animal (¿persona?) es muy diferente al otro, tienen la capacidad de ceder (quién sabe si cambiar) y comportarse de otra manera por el bienestar y la salvación de todos, al cooperar y ser empáticos; que no es mala idea conocer primero a los demás y no quedarse con la primera impresión, porque probablemente se está ante un gran ser, fundamental y significativo en la vida; y que, incluso, de una adversidad se puede aprender y sacar algo positivo.
Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.







