En 2017 asesinaron a Javier Valdez. El tercer lunes de mayo. En unos meses serán ocho años. Hasta hace unos días quien ordenó el asesinato, según la investigación de la Fiscalía Especializada en México, se paseaba libre por Estados Unidos después de unos años de cárcel y un pacto de colaboración con los americanos.
Dámaso López Serrano heredó de su padre hasta el apodo, pero empequeñecido: El Minilic. Osado hasta el cinismo, daba entrevistas, posaba para fotógrafos con el índice en la sien, una gorra de los yanquis, lentes de aviador y un intento de sonrisa. Como si su hoja de vida tuviera siquiera una coma qué presumir.
Los americanos detectaron que los había engañado, seguía en el tráfico de drogas y de nuevo lo capturaron. Rompió su pacto, le habían perdonado ser delincuente en el pasado, no seguir en el futuro.
De este lado del mundo, dos de los tres asesinos materiales están purgando una condena por su participación en el crimen: Heriberto Picos Barraza, el Koala, conducía el auto; y Juan Francisco Picos Barrueta, el Quillo, se bajó y disparó a Javier. El tercer participante, Luis Ildelfonso Sánchez Romero, El Diablo, también disparó pero lo mataron meses después de participar con el grupo que asesinó al periodista en Culiacán.
Apenas se supo de la nueva captura, el Fiscal de México, Alejandro Gertz Manero, dijo que “este nos faltaba; y le hemos insistido en innumerables ocasiones al gobierno de los Estados Unidos esta entrega.” Se habían negado por su condición de testigo protegido (la patente que otorga la justicia de ese país para perdonar los delitos en otro lado), pero piensan en la Fiscalía que ahora podrá ceder el gobierno americano.
En México no hemos dejado de insistir en que está acreditada en expedientes la culpabilidad material de Dámaso López hijo. No pasaría mucho tiempo después de aquel mayo de 2017 para entender desde donde había salido la orden de asesinar a Javier Valdez.
El periodo de espera para que también Dámaso López Serrano sea llevado frente a un juez en México, por el asesinato, ha sido demasiado largo, y el interés del gobierno mexicano por presionar sobre su extradición aun ahora parece demasiado blando. Dice el Fiscal: “…hay razones suficientes para que ahora sí nos apoyen”, suena más a súplica que a petición firme.
En ese 2017 se libraba otro episodio violento en Sinaloa. Entonces entre los Dámasos y los hijos del Chapo –algo parecido a lo que ocurre ahora en Culiacán, pero a menor escala. La pugna era desigual, en apenas unas semanas Iván y Alfredo Guzmán se fueron imponiendo. Primero huyó Dámaso padre, y se filtró un video comiendo mariscos en Ciudad de México. Dejaba acá a sus grupos armados combatiendo y él bebía una Coca-Cola en un restaurante con una foto de una pulmonía detrás. Muy pronto lo capturaron.
Con la detención de su padre, El Minilic se quedaba abandonado. Pero le había mostrado el camino: huir a los Estados Unidos. Antes, dejó la orden de matar a Javier.
Margen de error
(USA) Quienes fueran la plana mayor del Cártel de Sinaloa están detenidos en cárceles americanas o paseándose tranquilamente por las calles del país que los acusó de envenenadores. Culpable o no culpable, es una conclusión confusa en el sistema de justicia gringo que implica o no una condena.
Nada impide que la organización siga operando intacta. “Si me atrapan o me matan…nada cambia”, acuñó una vez Ismael Zambada García desde las montañas al periodista Scherer. Por cierto el último de los narcos de Sinaloa en poder de los americanos.
La empresa es imparable. Ni guerras, ni asesinatos, ni fronteras blindadas, ni combates extraterritoriales detienen el negocio.
Desde la extradición del hijo mayor del Mayo, Vicente Zambada Niebla, el tablero del narcotráfico en México cambió por completo. No fue un periodo corto, son casi quince años desde aquel marzo de 2010 cuando el gobierno mexicano envió a Chicago al Vicentillo para que enfrentara los cargos por tráfico de drogas. A partir de entonces los peces gordos del Cártel Sinaloa han tenido el mismo destino: Estados Unidos. Son detenidos, extraditados, o ellos mismos se entregan con un acuerdo previo. Lo mismo los Guzmán que los Zambada.
Primera cita
(Perfil) Mónica Ramírez es una reconocida psicóloga criminal que en México entrevistó y armó el perfil de una camada de delincuentes: El Chapo y la Mataviejitas, por citar a dos famosos. También se metió en la mente de Dámaso López padre.
Ramírez dijo en una entrevista que para el Licenciado la mayor preocupación era que mataran a su hijo —la entrevista fue cuando el Minilic ya estaba en una cárcel de Estados Unidos.
Le diría a la psiquiatra: prefiero verlo en una cárcel, a que me lo entreguen en una caja. Muchos años después volverá a cumplirse su miedo.
Mirilla
(Entrevista) Cuando retomó la libertad, Dámaso hijo ofreció un par de entrevistas. En ellas se deslindó del asesinato de Javier Valdez y culpó a sus anteriores socios y amigos, los Chapitos.
No sería la primera vez que hablaran del asesinato que lo persigue, antes también su padre deslindó al hijo de ese crimen e igualmente culpando al bando contrario.
El gobierno de México establecería un precedente si persiste diplomáticamente y con mano dura para que Dámaso López Serrano sea presentado a un juez en México y sea acusado del asesinato de Javier. En un país acostumbrado a la impunidad, particularmente en este tipo de homicidios contra periodistas, será una señal en positivo.
Desde la justicia mexicana no sería solo el asesinato de Javier Valdez, porque si se encargaba de nuevo del tráfico de fentanilo debió contar con una red en otro lugar, posiblemente en México.
Cierto también que ahora el Minilic está aún más empequeñecido, caído en desgracia, después de que la suerte le había sonreído y quedó liberado. Veremos (PUNTO).
Artículo publicado el 22 de diciembre de 2024 en la edición 1143 del semanario Ríodoce.






