Las gestas estudiantiles de 1968, que empataron con movimientos semejantes en varios países de Europa y que terminaron siendo masacradas el 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas, generaron, si no un movimiento cultural, sí todo tipo de expresiones artísticas, que a la fecha se siguen proponiendo
Una de las primeras expresiones generadas por la matanza de Tlatelolco es un poema de Octavio Paz, escrito un día después y enviado al Encuentro Mundial de Poetas al que había sido invitado en el marco de los XIX Juegos Olímpicos, a solicitud del comité organizador, conminándolo a que hiciera causa del espíritu olímpico.
Pero Paz, embajador de México en la India, renunció al cargo horas después de la matanza. El poema, titulado México: Olimpiada de 1968, se publicó más tarde en la revista Siempre, que dirigía José Pagés Llergo, y después el poeta lo recogió en su libro Ladera Este.
México: olimpiada de 1968
La limpidez
(quizá valga la pena
escribirlo sobre la limpieza
de esta hoja)
no es límpida:
es una rabia
(amarilla y negra
acumulación de bilis en español)
extendida sobre la página.
¿Por qué?
La vergüenza es ira
vuelta contra uno mismo
si
una nación entera se avergüenza
es león que se agazapa
para saltar.
(Los empleados
municipales lavan la sangre
en la Plaza de los Sacrificios).
Mira ahora,
manchada
antes de haber dicho algo
que valga la pena,
la limpidez.
José Emilio Pacheco fue otro de los primeros que reaccionaron después de lo del 68, publicando una primera versión del poema Manuscrito de Tlatelolco (2 de octubre de 1968). Nacido en 1939 en la Ciudad de México, para entonces ya había escrito tres libros de cuentos: La sangre de Medusa, en 1958, El viento distante y otros relatos, en 1963; también una novela, Morirás lejos, publicada en 1967. Su poema fue publicado en la revista Siempre a un mes de la matanza.
Manuscrito de Tlatelolco
Cuando todos se hubieron reunido,
los hombres en armas de guerra
fueron a cerrar las salidas,
las entradas, los pasos.
Sus perros van por delante,
los van precediendo.
Entonces se oyó el estruendo,
entonces se alzaron los gritos.
Muchos maridos buscaban a sus mujeres.
Unos llevaban en brazos a sus hijos pequeños.
Con perfidia fueron muertos,
sin saberlo murieron.
Y el olor de la sangre mojaba el aire.
Y el olor de la sangre manchaba el aire.
Y los padres y madres alzaban el llanto.
Fueron llorados.
Se hizo la lamentación de los muertos.
Los mexicanos estaban muy temerosos.
Miedo y vergüenza los dominaban.
Y todo eso pasó con nosotros.
Con esta lamentable y triste suerte
nos vimos angustiados.
En la montaña los alaridos,
en los jardines de la greda,
se ofrecen sacrificios,
ante la montaña de las águilas
donde se tiende la niebla de los escudos.
Ah yo nací en la guerra florida,
yo soy mexicano.
Sufro, mi corazón se llena de pena;
veo la desolación que se cierne sobre el templo
cuando todos los escudos se abrasan en llamas.
En los caminos yacen dardos rotos.
Las casas están destechadas.
Enrojecidos tienen sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas.
Golpeamos los muros de adobe
y es nuestra herencia
una red de agujeros.
Esto es lo que ha hecho el Dador de la Vida
allí en Tlatelolco.
Elena y la crónica que la llevó al cielo
Una de las crónicas célebres de aquellos años, publicada en 1971, fue La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Está basada en testimonios de líderes estudiantiles, maestros, padres de estudiantes, presos políticos, documentos de las fuerzas represivas, fotografías, periodistas, intelectuales…

Elena narra el entorno del movimiento, la represión de que fue objeto y las secuelas para cientos de estudiantes que estuvieron años presos, sobre todo en el penal de Lecumberri, también conocido como Palacio Negro, ahora sede del Archivo General de la Nación. Elena incorpora un poema de Rosario Castellanos, Memorial de Tlatelolco, escrito especialmente para el libro.
Memorial de Tlatelolco
La oscuridad engendra la violencia
y la violencia pide oscuridad
para cuajar el crimen.
Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche
Para que nadie viera la mano que empuñaba
El arma, sino sólo su efecto de relámpago.
¿Y a esa luz, breve y lívida, quién? ¿Quién es el que mata?
¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?
¿Los que huyen sin zapatos?
¿Los que van a caer al pozo de una cárcel?
¿Los que se pudren en el hospital?
¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?
¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.
La plaza amaneció barrida; los periódicos
dieron como noticia principal
el estado del tiempo.
Y en la televisión, en el radio, en el cine
no hubo ningún cambio de programa,
ningún anuncio intercalado ni un
minuto de silencio en el banquete.
(Pues prosiguió el banquete.)
No busques lo que no hay: huellas, cadáveres
que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa,
a la Devoradora de Excrementos.
No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.
Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.
Duele, luego es verdad. Sangre con sangre
y si la llamo mía traiciono a todos.
Recuerdo, recordamos.
Ésta es nuestra manera de ayudar a que amanezca
sobre tantas conciencias mancilladas,
sobre un texto iracundo sobre una reja abierta,
sobre el rostro amparado tras la máscara.
Recuerdo, recordamos
hasta que la justicia se siente entre nosotros.
La represión del 2 de octubre hizo que los artistas e intelectuales mexicanos se miraran en el espejo. Los novelistas y poetas que antes buscaban los focos internacionales, ahora tenían que voltear al interior de México y ver y hablar de lo que estaba pasando en el país. El 68 fue una sacudida no solo en términos políticos, sino también artísticos y culturales. El poeta chiapaneco Juan Bañuelos (1932-2017), fue otro de los que, también en 1971, publicó su poema No consta en actas, en su poemario con el mismo nombre.
No consta en actas (Fragmento)
1
A Octavio Paz
Oh, bebedor de la noche, ¿por qué te disfrazas ahora?
¿Todo es igual acaso? ¿Tengo que repetir
lo que el augur grabó en el silencio de la piedra
curtida por el viento?
“…esparcidos están los cabellos,
destechadas las casas,
enrojecidos sus muros.
Gusanos pululan por calles y plazas
y en las paredes están salpicados los sesos;
masticamos salitre, el agua se ha acedado.
Esto ha hecho el Dador de Tlatelolco,
cuando nuestra herencia es una red de agujeros”.
¿Todo es igual que ayer, entonces?
¿Ensartaremos cráneos como cuentas
y se ha de repetir lo que el augur
grabó en el silencio de la piedra?
¿Con coágulos de sangre escribiremos México?
Yo el residuo, el superviviente, hablo:
los comienzos de los caminos
están llenos de gente.
No haremos diálogo con la Casa de la Niebla
2
(Alguien)
Mañana hace mucho tiempo
oiré olvido y celebraba míos
para saberlo alguien que transita
inventando un destino.
Esto no es incoherente, como puede creerse.
Es un pueblo, digamos, ya que el bosque es más fuerte
que los rayos y el hacha.
En cualquier momento, no será extraño,
de aquí en adelante la ira,
el llanto, la indignación, la fiesta,
dirán: “mírenlos”, indicarán: “son ellos”.
De cada frente estudiantil que sangre
irrumpirá el fulgor de los que nada tienen,
y no serán perdidos de vista
porque tienen su edad hasta este punto
que son los desollados
que buscan su piel bajo la luz
de un rostro semejante.
Yo
vagué por la Calzada de los Muertos
sobre un pueblo petrificado.
De pronto aquellas piedras
que mañana hace tiempo,
con hectáreas de cólera movieron
el horizonte.
Otro poeta chiapaneco, Jaime Sabines, dedicó uno de sus mejores poemas a la represión del movimiento estudiantil ese 2 de octubre.
Tlatelolco 68
1
Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)
Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.
A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.
2
El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.
El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.
3
Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.
Las bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.
4
Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.
Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.
Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.
Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.
5
En las planchas de la Delegación están los cadáveres.
Semidesnudos, fríos, agujereados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
«Vaya usted a buscar a otra parte.»
6
La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el «Metro»
porque el progreso no puede detenerse.
Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que constituye la patria de nuestros sueños.
Leer a los clásicos
El movimiento estudiantil, iniciado en julio de 1968, dio lugar a una serie de obras literarias dentro de lo que se dio en llamar la literatura del 68. Junto con La Noche de Tlatelolco puede considerarse también Días de guardar, de Carlos Monsiváis, una obra que reúne 33 textos, principalmente crónicas, inscritos todos en la Ciudad de México de esos años, una especie de radiografía de la identidad mexicana, escrita con técnicas narrativas que habían ensayado escritores norteamericanos como Tom Wolfe, Norman Mailer y Truman Capote, dentro de lo que se conoció como “Nuevo periodismo”.

Una novela clásica del tema es, sin duda Los días y los años, (1970), de Luis González de Alba, miembro del Consejo Nacional de Huelga, arrestado en Tlatelolco y preso político hasta 1971; La plaza (1971), de Luis Spota, sobre el juicio y la ejecución del supuesto culpable de los acontecimientos.
Por el lado de la academia se pueden encontrar ensayos muy importantes sobre qué pasó, cómo y porqué en el 68 mexicano. Jorge Volpi publicó en 1998 La imaginación y el poder y el culichi Gilberto Guevara Niebla, quien formó parte del Consejo Nacional de Huelga ha publicado muchos libros de recuperación de los hechos, entre ellos, La libertad nunca se olvida: Memoria del 68, en 2004, y 1968, largo camino a la democracia, en 2008.
También es importante, para entender el 68, un libro titulado Pensar el 68, que es una compilación de entrevistas, crónicas y ensayos, coordinado por Hermann Bellinghausen y Hugo Hiriart.

Una lectura imprescindible lo es también México 68: Juventud y Revolución, del escritor, poeta y luchador social, José Revueltas, quien fue parte también de la dirigencia del movimiento y estuvo preso en Lecumberri. El libro está compuesto de todos los textos —apuntes, notas, cartas—, que Revueltas escribió durante el movimiento y, más tarde, en prisión.
Y una novela exquisita pero también conmovedora es Amuleto (1999) de Roberto Bolaño. Es la historia de la poeta uruguaya, Alcira Soust Scaffo, que había llegado a México en 1952 y se incorporó al movimiento. Cuando los soldados tomaron Ciudad Universitaria ella, el 18 de septiembre de 1968, —Auxilio Lacouture en la novela— se escondió en los baños y allí estuvo casi dos semanas. Maestra, poeta, artista y traductora de poesía del francés al español, fue amiga de Revuelas, de León Felipe, de Rufino Tamayo y del mismo Roberto Bolaño.

Palinuro de México (1977), de Fernando del Paso; Manifestación de silencios (1979), de Arturo Azuela, y Crónica de la intervención (1982), de Juan García Ponce, son novelas que, aunque no están enfocadas al movimiento del 68 y su culminación en Tlatelolco, tocan el tema de manera tangencial. Lo mismo que No habrá final feliz (1981), de Paco Ignacio Taibo.
Artículo publicado el 20 de octubre en la edición 05 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






