Cine: ‘La tumba de las luciérnagas’

Cine: ‘La tumba de las luciérnagas’

En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial en 1945, el adolescente Seita y su pequeña hermana Setsuko acuerdan verse más tarde con su madre en un refugio, pero en el trayecto un ataque aéreo incendia su localidad y ocasiona que los chicos tarden en llegar y no la encuentren.

Con el paso de las horas, Seita se entera que su mamá está herida en un hospital improvisado, por lo que, al estar ausente su padre, combatiendo como oficial de la marina japonesa, debe hacerse cargo de la niña, usando un gran ingenio para mostrarle solamente el lado bueno de la situación.


Algunos consideran La tumba de las luciérnagas (Hotaru no Haka/Japón/1988) la película más triste de la historia. No están tan desatinados con esa idea: si no es la más, la dirigida y escrita por Isao Takahata (cofundador de Studio Ghibli con el gran Hayao Miyazaki), basado en la novela de Akiyuki Nosaka, con seguridad podría estar incluida en una reducida lista, como las que provocan más lágrimas y desconsuelo –es capaz de que un simple “muchas gracias” de la boca de una agonizante Setsuko para despedirse de un derrotado Seita, suene doloroso, revelador y devastador.


La película recién incluida en la plataforma de Netflix parte el corazón y desgarra el alma. De entrada, los hermanos pierden a su madre y su padre a una edad en la que eso no debería suceder. Es cierto que el ciclo de vida que acaba con la muerte (de los padres) en la vejez sucede para algunos, pero para otros sólo es una ilusión y les toca padecer lo complicado y triste de ser huérfanos, lo que además conlleva otros conflictos (casi) imposible de superar.


Si a lo anterior se añade el contexto de la guerra, con bombardeos constantes que dejan personas heridas, casas incendiadas, sembradíos destruidos y, por lo tanto, desabasto de comida, la situación es mucho peor. Los hermanos en cuestión se ven en la necesidad de vivir en la casa de una pariente, quien al principio muestra la intención de apoyarlos de manera incondicional, aunque a los pocos días pone sobre la mesa las reglas de su altruismo, lo que obliga a Seita y Setsuko a mudarse solos a la orilla de un río, a aguantar hambre y todo tipo de carencias.

La tumba de las luciérnagas deja en claro que una cinta de animación no es obligatoriamente para niños y que los personajes representados a través de dibujos, de igual manera pueden resultar en un drama para adultos que, en este caso, expone las irreparables consecuencias de un hecho real: una guerra mundial que a casi 80 años de haber terminado es capaz de provocar nudos en la garganta, que el estómago se haga bola, el derrame imparable de lágrimas, profunda tristeza, impotencia, frustración, rabia y coraje que se extienden más allá de la pantalla, por tiempo indefinido.

El filme es completamente crudo. Se impone desde los primeros minutos con una historia difícil de digerir (duele que Seita aguante el llanto o se limpie discretamente las lágrimas para no hacer sufrir a Setsuko); se sostiene cada vez más intenso en una sofocante narrativa en primera persona que quita el aliento más allá de un contundente e irremediable final, que sólo podría ser esperanzador en otro plano del universo. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 22 de septiembre de 2024 en la edición 1130 del semanario Ríodoce.

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