Rubén Rocha Moya, gobernador de Sinaloa, gastó 28 millones de pesos en un colector pluvial que le vendieron como la solución a las inundaciones de la colonia Magisterial, Bugambilias y Benito Juárez, al nororiente de Los Mochis… y la primera lluvia la develó como una cuantiosa engañifa.
El día que la entregó, el 7 de junio (2023) dijo que rescataba su palabra porque ahora esas tres colonias no se inundarían. La muchedumbre acarreada al evento festejó aquella frase que según ellos sirvió para enterrar a sus detractores, que durante meses habían obstaculizado la obra porque científicos especializados en geodesia y el sentido común de los ambientalistas, indicaban que la propuesta de ingeniería avanzada del gobernador ocultaba errores de diseño por una razón simple y sencilla: el cerro es arcilloso y por tanto, se erosionará con cualquier lluvia, arrastrando sólidos sobre la falda, tapando cualquier conducto guía.
La explicación de entonces fue rechazada por el gobernador achuchado por el alcalde, Gerardo Octavio Vargas Landeros, que etiquetó la crítica como posicionamientos políticos.
Estos, los opositores a la obra entonces espetaron, tiempo al tiempo, que lleguen las aguas para que la naturaleza ponga a los mentirosos en el nicho que les corresponde.
El domingo 20 de agosto, 64 días después del alarde de Rocha Moya, un montón de tierra, guijarros y rocas se deslizaron por donde siempre han rodado, por las laderas del cerro de la Memoria, y taparon, además de bocas, la canaleta del drenaje pluvial que Rocha había asegurado retendría la inundación de las tres colonias.
Aquella media dompada de tierra funcionó como un represo en el cauce artificial de 28 millones de pesos gastados de los impuestos de contribuyentes, retuvo el flujo del lodazal y este saltó la cortina efímera, rodando hacia las colonias que no debían inundarse.
Los colonos, al ver de nuevo que el torrente entraba a su colonia, inutilizaba las calles y amenazaba sus casas, pidieron el auxilio de la coordinación de Protección Civil.
Los brigadistas llegaron al crucero de Santos Degollado y 10 de Mayo y encendieron el cárcamo de bombeo para desaguar la colonia Magisterial. Sin embargo, el nivel no cedía, y solo la naturaleza detuvo la inundación porque las nubes agotaron su carga de agua. Sin embargo, los escurrimientos del cerro continuaron.
Los colonos se salvaron porque los brigadistas colocaron una bomba y sacaron el agua acumulada del agujero en donde se construyeron las tres colonias, incluso, un metro más abajo del nivel de los fraccionamientos circundantes.

Cuando estaban bombeando el agua, el alcalde Vargas Landeros y su séquito llegó al lugar sólo para atestiguar que, a sus detractores, la naturaleza les había dado la razón, ignorando que aquellos hablaban por lo que la ciencia habría predicho.
Para rescatar su credibilidad política y evitar que el caso se ventilara ante la opinión pública, el alcalde ordenó maquinaria para retirar el tapón de tierra en la canaleta, exigiendo que entraran en territorio fangoso, olvidando que los suelos de tierra pierden compactación y se tornan en suelos movedizos en donde un vehículo pesado se ataca. Los trascabos llevados para cucharear el represo terminaron hundidos en el fango.
Entonces, el alcalde ordenó tomar palas y comenzar a sacar la tierra. Solo con fuerza bruta, aquel grupo liberó la obstrucción y la obra de 28 millones de pesos volvió a funcionar, aunque el daño ya estaba hecho.
Al día siguiente, el lunes 21 de agosto, Vargas Landeros echo al aire sus buenas nuevas. La obra funcionó hasta donde pudo, y esta reveló áreas de oportunidades para hacerla más eficiente. Su solución, poner más escalones de rocas para que retengan las piedras y la tierra que baja de la ladera del cerro con cada lluvia.
Rocha, ahora, más prudente, dijo no tener la solución de ingeniería, pero se negó a reconocer el fiasco del gasto, y ofreció que sacaría más dinero para hacerla funcionar.
Los detractores de la obra ya no opinaron sobre la ocurrencia de ambos políticos, sino que se rieron de las afirmaciones del alcalde y del gobernador. Uno de los científicos que la criticó desde sus inicios, sostuvo: “Ni modo, así son los políticos. Sus argumentos, pesan más que la ciencia, aunque ésta les coloque orejas monumentales”.
Por la tarde de ese lunes, los residentes de las colonias que no se inundarían sacaron sus escobas, recogedores y mangueras y comenzaron a sacar el lodazal. La alegría que desplegaron 64 días antes cuando le festejaron al gobernador Rocha aquella ocurrencia de que no se inundarían de nuevo, se había borrado de sus rostros.
Ahora, con manguera en mano lavaban la calle y las banquetas, a la espera de que no llueva más fuerte.
Del gasto de 28 millones de pesos en una obra que estaba vaticinada a fracasar y mejor ni hablaron.
Su respuesta era solo una sonrisa seca.
Artículo publicado el 27 de agosto de 2023 en la edición 1074 del semanario Ríodoce.






