Detrás de esa casa de clase media. Más allá de esos barrotes, de esas cámaras de video que cuelgan del techo y ese timbre que permite ver al visitante sin tener que atenderlo personalmente. Esa es su cárcel. Y hogar.
Ahí vive desde pequeña. Y dice: tengo miedo. Y sí: se le ve en el rostro, esa mirada que brinca, esos ojos que parecen moverse como su lengua. Es la histeria, pero también la sicosis, el terror, la paranoia y todo junto.
Accede a hablar con los visitantes porque conoce a uno de ellos. En la calle empedrada hay calma. Los negocios empiezan a cerrar. Poco movimiento peatonal y de carros. Son las siete pasadas y el sol cae.
Ella dice, dice y dice. Tiene la voz temblorosa pero le alcanza el ritmo, la velocidad y las palabras para decir que ella le entra. Yo le entro al narco, a ser matona, a andar en ese negocio.
Y es que ellos, oiga, tienen todo garantizado, ganan buen dinero. Por ahí andan, en sus carros lujosos. Hacen lo que tienen qué hacer. Terminan con sus enemigos. Son los dueños de la ciudad, de la policía. Y nunca les hacen nada.
Yo le entro, de veras. Con tal de que no ande con este miedo de salir, de estar en la calle, tranquilamente. Pero no, oiga, no puedo: tengo a mis hijos y los quiero mucho. Cómo voy a andar en esos negocios.
Y todos los días lo mismo. Levantarse, bañarse, dar desayuno. Ir a dejar a los niños a la escuela. Cuidar a los padres. Cuidarse ella. Cambiarse para ir a trabajar. Pasar de regreso con los niños y hacer rápido la comida.
Tiene en la cochera un rincón para ella y su hermana muerta. En la pared una fuente que parece silenciarlo todo con ese sonido musical. Al fondo una banca de cantera rosa que la espera. De frente, en la pared, su foto, flanqueada por dos veladoras.
Ahí aparece sonriente y bien vestida. Es su hermana, la maestra. En la foto tiene un vestido claro. Pueden descubrirse destellos en su sonrisa. Se ve guapa. Tenía 34 años entonces.
Dice que la extraña. Que era su hermana y también su amiga. Que se prometieron envejecer juntas y convertirse en un par de señoras chismosas. Ríe con el recuerdo. Pero llora de dolor.
Las cámaras de video siguen ahí. Una cerca perimetral se alza sobre la barda de la fachada de la casa. Son alambres electrificados, de cerca de medio metro de alto. Y aún así se han querido meter, oiga.
Todavía hace unos días se pararon unos señores frente a la casa. Traían armas y los rifles salían por la ventanilla de las camionetas. Yo hablé a la policía. Y la señorita, híjole, me contesta que mientras no hagan nada todo está bien.
Pero pasa seguido. Gente sospechosa que se queda aquí, enfrente. Otros que pasan y pasan, despacito, volteando para la casa. Pero ya sabe: la policía no hace nada y ellos siguen muy campantes.
Yo tengo rabia, impotencia, frustración. Es como se me hubieran matado a mí y a mis padres junto con ella. Ellos no están tan viejos para andar con esos padecimientos. Que el cuerpo enronchado, que el corazón. Y hay que llevarlos al doctor.
Y es que su pecado fue salir a la puerta. Me hermana despedía a una amiga. Se oyeron cerca los disparos. La amiga gritó que se tiraran al suelo. Y así fue. Pero ella cayó muerta. Era una bala perdida.
Ay, oiga. Si yo pudiera revivirla, estar con ella. Si pudiera… matarlos a todos.
Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 1217 del semanario Ríodoce.






