Los libros y las cosas pequeñas

Los libros y las cosas pequeñas

En memoria de Luis Téllez Tejada, el Pavido Návido

 

 

 

Un libro de literatura infantil en un campo agrícola: Quiere a ese perro, de Sharon Creech. Tigre, tigre, que te enciendes en luz en medio de las galeras hiperpobladas y las jornadas laborales eternas. ¿Para qué el libro? ¿Para qué la lectura?

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Las Crucitas, Angostura, Sinaloa, temporada de zafra. Tierra también atravesada por la violencia, no tanta dicen, sí la suficiente para que el miedo sea tema común que tejemos entre todos. Otro municipio donde las niñas y los niños no crecen lejos de dos o tres cosas que no eligieron: la vida más o menos llevadera, el campo o lo otro. Lo otro que todos sabemos qué es y nadie nombra en voz alta. Aquí llegan niñas y niños migrantes de otros estados, principalmente de Veracruz, a trabajar junto a sus familias. Llegan hablando bajito en su lengua materna, para que el patrón no piense que se están secreteando, para que el estigma de lo ajeno no caiga sobre ellos. Llegan y se quedan un rato. Llegan y se van.

Empiezo a trabajar como mediadora de lectura con ellos. Nadie viene aquí a salvar a nadie. Nadie debería. Me tomó tiempo entender eso, o más bien: me tomó tiempo aceptar que muy en el fondo lo estaba pensando. Porque llegar con un libro al campo tiene algo de absurdo que es fácil disfrazar de heroísmo si uno no tiene cuidado. El mediador de lectura que se idealiza a sí mismo termina siendo otra versión del patrón: el que se lleva la historia bonita, la foto, la anécdota del niño que nunca había tenido un libro en las manos y de repente leyó y algo cambió para siempre. Esa narrativa existe. Es cómoda y cruel y estúpida. Nada bondadoso pasa. Pasan cosas pequeñas. Pasa que una niña escoge un libro porque le gusta la portada y lo abre con desconfianza pero con entusiasmo. Pasa que un niño pregunta si se lo puede quedar y hay que decirle que sí, siempre que sí. Pasa que en la siguiente visita te cuenta que se levantó al amanecer para ver la primera estrella, igual que el niño que las cazaba en el libro que le dejaste. Pasa el cansancio de los cuerpos que llevan horas trabajando antes de que nosotros lleguemos con nuestros libros y nuestras buenas intenciones. Pasa que a veces un niño no quiere leer, y eso también está bien, eso también merece respeto. Pasa que después de dos meses de trabajo un día deciden contarte que sí hablan náhuatl, y que si quieres, te pueden enseñar algunas palabras. Pasa también algo que no sé cómo nombrar sin que suene a lo que no quiero que suene: una especie de suspensión. Un momento donde el tiempo hace algo raro, donde una historia jala algo adentro y por un rato el campo es el campo pero también es otra cosa: un espacio para la lectura y la imaginación.

Pensaba mucho en la violencia y en las condiciones de pobreza y precariedad del país cada vez que volvía a Las Crucitas. En la violencia que organiza las posibilidades, que normaliza ciertas pérdidas y hace invisibles otras, que hace que ciertas preguntas, ¿para qué el libro?, ¿para qué la lectura?, tengan una urgencia distinta, más afilada, más legítima. Tengo una convicción: que el tiempo para leer, para imaginar, para estar en una historia que no es la propia, es un tiempo que vale. Porque en un contexto donde los cuerpos de los niños dejan de ser niños para convertirse pronto en fuerza de trabajo, una hora donde ese niño hace otra cosa, donde va a otro lugar, no es un lujo ni una distracción. Es algo. Quizás algo pequeño. No sé con certeza qué. Esa incertidumbre, creo, es parte del trabajo también.

El problema no son los libros ni la lectura. El problema es que el libro llega muy solo, sin que nadie haya resuelto primero lo que tendría que estar resuelto. Pero el libro llega de todas formas. Esas dos cosas son ciertas al mismo tiempo, y aprender a trabajar dentro de esa tensión es quizás lo único que se puede hacer con honestidad.

El 23 de abril, Día del Libro, es también el día de los que se fueron en sus mochilas, de regreso a Veracruz. ¿Se mojaron, se rompieron, llegaron enteros, hubo espacio para ellos en la pasajera, como ellos le llaman al autobús que los lleva de regreso a casa?

Tigre, tigre, que te enciendes en luz por los bosques de la noche, escribió Blake hace más de doscientos años. ¿Qué mano inmortal, qué ojo pudo idear tu terrible simetría? Yo busco, en la mano que puedo imaginar, quién diseñó esta terrible desigualdad en la que nos movemos, en la que nos ahogamos.

Seguir en esto, aunque resulte muchas veces absurdo, es quizás la única forma de hacer este trabajo: sabiendo que no alcanza, que no salva, que no transforma el mundo, y haciéndolo igual. Con los libros. Con el tiempo. Con la pregunta sin respuesta, como tantas que llevan tanto tiempo sin responderse bajo el rayazo del sol sinaloense.

Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición número 23 del suplemento cultural Barco de Papel.

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