Leer en tiempos difíciles

Leer en tiempos difíciles

¿Sirve de algo leer en medio del tráfago violento desatado por circunstancias que están fuera de nuestro control, como ciertamente ocurre en Sinaloa y en buena parte del mundo desde hace tiempo?

Digamos, en principio, que cuando se dice que leer sirve para algo, casi siempre se alude a un propósito utilitario: aprobar un examen, cumplir una tarea, resolver un problema práctico, buscar consejos inspiradores para la vida, etcétera. Hay libros de texto, de autoayuda y manuales casi para todo (aunque ahora están los tutoriales en youtube), algo parecido a lo que pasa con las colecciones de música para la “convivencia”, el “relax” o la “concentración”.

Otra respuesta a esa pregunta, recurrente en los programas de fomento al hábito de la lectura, se ubica en el extremo contrario: hay que leer porque leer sirve ya no para algo en concreto, sino que cumple un propósito formativo en un sentido moral y cívico. Se debe leer para ser mejores seres humanos, mejores padres, hermanos, hijos, prójimos de nuestros prójimos, vecinos o ciudadanos.

No discutiré mucho ninguna de las dos. Diré sólo que leer por hacer una tarea escolar, recibir una motivación o aprender una receta es un ejercicio muy limitado e inmediato (si bien necesario en muchos casos). Y diré, en relación con lo segundo, que nada garantiza que leer nos vuelva más solidarios, responsables y éticamente mejores. De hecho, hay muchos ejemplos de libros, lectores y autores (no pocos de ellos célebres y muy citados en las redes sociales), apartados de cualquier compromiso con el humanismo como convencionalmente lo entendemos. En El infinito en un junco, dice Irene Vallejo que Alejandro de Macedonia dormía con La Iliada a su lado, soñando con emular las proezas de Aquiles: Alejandro Magno, un hombre complejo, y la Iliada, indispensable referencia cultural de Occidente, sin duda, pero no sé qué tan ejemplares, ambos, para nuestros parámetros éticos.

La misma autora habla del lector o la lectora como “un viajero inmóvil”, una práctica que nos permite crear una “realidad paralela” (de nuevo la expresión es de Vallejo), y me parece que es ahí donde está el quid del asunto: leer bien propicia el viaje, el conocimiento de otras realidades, otras experiencias y otras formas de concebir el mundo.

En La calidad de vida, un ensayo que tendría que ser imprescindible en nuestros días, Martha Nussbaum y Amartya Sen afirman que vivir de la mejor manera posible tiene que ver con condiciones materiales como el empleo, el ingreso, la infraestructura, los servicios con que se cuenta y el lugar que se habita, entre otras, pero son indispensables también las oportunidades objetivas de ingresar a nuevas dimensiones de apreciación y disfrute humano como la educación, las artes y la lectura.

Desde luego que esto supone también que se tenga la disposición de aprovechar dichas oportunidades, algo que, dicho sea de paso, frecuentemente se olvida a la hora de diseñar políticas culturales. Para entender cabalmente dicha idea, basta hacernos una pregunta: ¿cuántas personas conocemos que tienen buenos ingresos y que, sin embargo, nacen, crecen, se reproducen y mueren escuchando la misma música, leyendo los mismos libros o, simplemente, sin disposición de leer absolutamente ningún libro? Es decir, se trata de gente que vive en la abundancia material, pero cuyo horizonte cultural sigue siendo precario y estrecho.

En el ajetreo de la cotidianidad no lo percibimos, pero el poder de la lectura es inmenso. La obra de Dickens sedimenta en nuestra imaginación las consecuencias de la Revolución Industrial en Inglaterra, como Rulfo lo hace con la mentalidad de los pueblos cristeros y el caciquismo en los Altos de Jalisco después de la Revolución Mexicana; más cerca de nosotros, Inés Arredondo nos sumerge en los imaginarios dominantes de la sociedad heteropatriarcal en la segunda mitad del siglo XX y Alfonso Orejel en la patología social del Sinaloa finisecular.

Así que, en la medida en que los libros desovillan la imaginación y nos permiten ingresar a otras dimensiones de la vida y su sentido, leer en tiempos difíciles nos ayuda no sólo a sobrellevar las cosas, sino a ponerlas en entredicho. Digamos que se trata de una manera de violentarnos para descubrir, no pocas veces, facetas insospechadas de nosotros mismos y crear nuevas disposiciones para enfrentar la marea de una realidad que puede resultar abrumadora y paralizante.

Pascal Quignard llama “errantes sentados” a la lectora y al lector, porque enfrentados al libro escudriñamos eso que llamamos el sentido, es decir, el significado de nuestra andadura existencial. ¿Significa esto que leer nos convierte en seres más buenos en un sentido convencional? No lo sé, depende de muchas situaciones. Lo que sí sé es que gracias a la lectura podemos ser más curiosos, más inquisitivos, menos planos, más interesantes, menos sujetos pasivos y más agentes activos en el entorno, más interpeladores de nuestra circunstancia.

Leer, en suma, nos vuelve más conscientes de la diversidad y la riqueza de lo humano. Leer nos vuelve seres más plenos. Y deseo de plenitud es lo que les está faltando a nuestras sociedades.

Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición número 23 del suplemento cultural Barco de Papel.

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