Malayerba: Fotografía y video

Malayerba: Fotografía y video

Lo vio en guaraches y mezclilla deslavada y decidió cobrarle poco. Le dijo, Oiga amigo, cuánto por tomarle fotos a mi hija que cumple quince. Mil, le contestó, en lugar de los mil quinientos. Pensó, Este bato es pobre.

En la madrugada le llegó un desconocido a su casa. Habían pasado apenas dos días y ya le había mandado llamar. Dice mi jefe que vaya, que tome fotos, hay serenata. Él se apresuró mientras pensaba cómo lo habían encontrado si solo le había dado el número de su teléfono celular.

Los de la banda Coyonquis tocaban y él disparaba y disparaba ese flach y su Minolta. Al patrón le cayó bien. Traía una bolsa de a quilo y de ahí se polveaba la nariz. Ese fotógrafo, le gritó. Me cayó usted muy bien, tenga, se la regalo, pero primero éntrele.

El de la cámara lo miró, temeroso e indeciso. El patrón se sobaba la pistola que traía a un lado de la hebilla. Éntrele aquí, frente a mí, si no quiere que lo mate.

Balbuceó: Es que, no me gusta, no es mi onda.

El señor sacó el arma, cortó cartucho. Sorpresivamente la guardó de nuevo. Así me gustan, que sean hombres, que no se dejen. Tenga, quédese con ella. El fotógrafo tomó la coca y lo primero que se le ocurrió fue repartirla entre los músicos.

Y El niño perdido estaba más perdido que nunca. Extraviado, el de la trompeta, buscaba apurado sostener el ritmo y aguantar los solos. El de la tuba también andaba ido.

Una semana después acudió a la misa. En las entradas varios pistoleros con fusiles de asalto. Adentro el sacerdote sonreía con boca de alcancía. Y de ahí a la fiesta, en el Club de Leones, donde también había vigilancia para cuidar al jefe y su familia.

Los Tigres del Norte amenizaban. Una banda esperaba su turno. Los chirrines llegarían después. El fotógrafo usó ahí su cámara de video. Su primo grababa pero al paso por las mesas los asistentes protestaban: Ei, no me tomes, apaga eso, me busca la DEA, el efebeí, debo tres muertes.

Unos lo hacían agachándose, bajando el sombrero. Otros sacaban los fierros y apuntaban.

Decidieron no hacer más tomas de los asistentes y enfocar únicamente a la quinceañera. La joven lucía esplendorosa un vestido lleno de olanes, encajes y piedras brillantes.

Cuando terminó le dijo al señor que se retiraba. Aquel apenas volteó y le hizo un ademán como diciendo ta’bueno. En una semana le entrego el material: hay que imprimir, editar, meterle música, y además… bla, bla, bla. Sí, sí, hombre.

Pásele, le dijeron en su casa, una mansión en lo alto de la ciudad que parecía abarcar una manzana. La esposa acomodaba la cocina. Los niños iban y venían, corriendo y gritando. Y él sentado, frente a la mesa: una montañita de coca y otro tanto desparramada.

La yelera llena en el suelo. A un lado, junto a él, sobre la mesa, varios fusiles de alto poder, dos armas cortas. Y los niños yendo y viniendo, griterío de mar embravecido.

Cómo ves. Qué vida la mía. Lo recibió con esa frase, extendido, recargado en el respaldo, orgulloso de sus placeres, su poder: el trono.

No pues sí. Cada quien su vida.

Así me gusta, chingadamadre, le dijo, de pie, estrellando las palmas de sus manos en la mesa. Y le preguntó cuánto era.

Le respondió dos mil pesos. El hombre sacó varios billetes. Cuatro mil en total. Le pidió su teléfono porque va a salir más chamba.

Claro, aquí se lo anoto. Agarró un papel, tomó la pluma. Escribió un número falso, igual que su nombre. Y se fue pensando que tenía que cambiar también de domicilio. Y rápido.

Artículo publicado el 01 de febrero de 2026 en la edición 1201 del semanario Ríodoce.

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