Luis Pérez Meza, una voz que siembra la banda regional en dos continentes

Luis Pérez Meza, una voz que siembra la banda regional en dos continentes

El Trovador del campo, hizo vibrar teatros en América y Europa

 

 

La fotografía muestra una tarde lluviosa en las céntricas calles de El Bronx. En la esquina de 138 street y Brook avenue, dentro del barrio de Mott Haven, se alza un edificio que se autodefine en esa época como “El Palacio de los Espectáculos de Nueva York”: se trata del Teatro Puerto Rico, cuya cartelera anuncia a un cantante que se presenta “en persona”, nada menos que Luis Pérez Meza. Caben 2 mil 500 espectadores y la gente hace largas filas, pacientemente, para ingresar. No se lo pueden perder, y para eso están las gabardinas y los paraguas. Hace seis años terminó la Segunda Guerra Mundial y la industriosa comunidad latina goza de la relevancia económica que le dio su aporte laboral a Estados Unidos durante la conflagración. La bonanza se expresa en un auge sin precedentes del bolero, el son, la salsa y la música mexicana.

Luis Pérez Meza ya era un artista consagrado. Seis años antes había cantado en Filipinas y Hawaii. Las estrellas del espectáculo eran parte de la estrategia bélica que mantenía el ánimo de los soldados estadounidenses, y así habían viajado al frente figuras como Frank Sinatra, Marlene Dietrich, Bette Davis y Bing Crosby, entre otros. Como una gran parte de los soldados era de origen latino y además México se había unido a los Aliados aportando un destacamento conocido como el “Escuadrón 201”, la USO (United Service Organizations), institución al servicio de las Fuerzas Armadas, buscó un cantante que llevara moral y entretenimiento a este sector. El elegido fue Luis Pérez Meza.

Cuando el también llamado “Trovador del Campo” se presentaba en el “Teatro Puerto Rico”, los discos de acetato todavía giraban en los tornamesas a 78 revoluciones por minuto para dar cuenta de su voz única que se ubicaba al nivel de los grandes de su tiempo. Canciones como El Barzón, La Rondalla, Un Madrigal o El Sauce y la Palma ya eran parte de un éxito que se extendía a toda Latinoamérica y gran parte de Europa. Hoy la Biblioteca Nacional de España conserva una versión de El Barzón, grabada por Luis Pérez Meza para CBS en Barcelona y quien revise las listas españolas de programación radiofónica de la época, encontrará que incluyen esta y otras interpretaciones.

Luis Pérez Meza era una estrella tan internacional como Los Panchos, Sara Montiel, Daniel Santos, Pedro Flores y otras figuras latinas. Gran amigo de los faranduleros cubanos, procuraba que una jovencita llamada Celia Cruz abriera sus conciertos y mantenía una estrecha amistad con el gran Bola de Nieve. Sólo otro cantante mexicano tenía un cartel similar: Jorge Negrete. Ni siquiera el paisano Pedro Infante, padrino de una de sus hijas, era conocido fuera de México. Luis Pérez Meza había cantado ya en el centro nocturno “Pasapoga”, el más elegante de España y el más importante en la Europa de su tiempo. Quienes visitaron el Museo Casa de los Pérez Meza en Mazatlán, pudieron ver una plana montada en acrílico del diario ABC de Madrid del 30 de marzo de 1950. Anunciaba la celebración, en el Teatro Alcázar de la capital española, de las 254 representaciones de la obra Las 7 Llaves con un invitado que al que llamaban allá “La Voz de Oro de México”. Era Luis Pérez Meza, quien alternaba su presentación con Celia Gámez, exitosa cantante de tangos, cuplé y chotís, que entonces era considerada la Reina de la Revista y era toda una leyenda en Argentina y Europa.

Para la época de la fotografía del teatro en Nueva York donde se presentaba Luis Pérez Meza, los discos de 78 RPM habían dejado de producirse para ser sustituidos por viniles de 33 y 45 RPM. Todos sus grandes éxitos de entonces y muchas grabaciones más estaban en este formato, similar al vinil pero más frágil y más pesado.  Hoy podemos escuchar en internet fragmentos de una extraordinaria colección de casi 200 grabaciones en 78 RPM que Luis Pérez Meza realizara para diferentes compañías. La UCLA (Universidad de California en Los Ángeles) la conserva en The Strachwitz Frontera Collection of Mexican and Mexican American Recordings e incluye temas como La Charreada, La casita, El son de los aguacates, El moreño, El chumbale, Ventanita Pueblerina o el Vals Bugambilia. Muchas de estas canciones son sinaloenses, pero fueron grabadas con mariachi o con grupo norteño.

¿Por qué no con banda sinaloense? Hacia 1950 todavía no había discos grabados con banda sinaloense y, además, no era ésa la música que representaba a México. En Filipinas Luis Pérez Meza había escuchado los ritmos y sonidos de otras naciones, y durante su viaje a España conoció las txarangas del País Vasco cuyo sonido cuando tocan ‘mejicanas’ es muy similar al de las bandas de Sinaloa (hay que decir que también interpretan, por ejemplo, ‘sevillanas’ y que apellidos tan ‘sinaloenses’ como Lizárraga o Arámburo provienen de esta región).  Incluso, desde mucho tiempo antes, el cantante sabía que la agrupación musical de su tierra tenía posibilidades de internacionalizarse, sólo que cantar con banda sinaloense como lo había hecho en Casa Blanca, cerca de su natal Cosalá, en Conitaca donde nació su hija María Elena, o en La Cruz de Elota donde nació su hija Elisa, representaba un riesgo para cualquier compañía de discos. La banda sinaloense era desconocida. Y aunque muy pronto Los Guamuchileños hicieron una primera grabación, faltaba mucho para que el sonido sinaloense fuera una alternativa popular de escucha en México o en Estados Unidos.

 

EN LOS ÁNGELES. El ‘Trovador del Campo’ y Banda el Recodo.

 

En 1962 la Banda de El Recodo se aventuró a realizar una gira por el noroeste de México. Germán Lizárraga cuenta que fue una gira fracasada porque sólo los sinaloenses la conocían y no había cartel para este tipo de música en ninguna otra parte de la República. Lo subrayo: ninguna.  En el video que cerraba el recorrido por las salas del Museo Casa de los Pérez Meza, este músico recuerda que él era entonces uno de los miembros más jóvenes de la Banda El Recodo y que como resultado de esa gira no tenían dinero ni para regresar. Pero señala también que Luis Pérez Meza llegó por ellos a la frontera de Sonora, los ayudó y les propuso aprovechar su cercanía para llevarlos a Los Ángeles a que lo acompañaran en una presentación en el teatro Million Dollar.

La ciudad de Los Ángeles había nacido como parte de México, antes incluso del movimiento de Independencia. Desde 1781, año de su fundación, albergó familias sinaloenses y, aunque en 1848 fue anexada a Estados Unidos, se mantuvo como eje de la hispanidad con una abundante y casi permanente migración de personas nacidas en Sinaloa, México y Centroamérica. Decididamente muchos sinaloenses radicados en Los Ángeles irían a ver a la Banda El Recodo, no porque fuera famosa, sino porque llevaban ligado a sus nostalgias ese sonido. Además, bajo el gran arco churrigueresco de la marquesina del Million Dollar —llamado así porque construirlo costó un millón de dólares— destacaba en primer lugar el nombre de un sinaloense: Luis Pérez Meza. Y Luis Pérez Meza era el cantante que en ese momento, ubicados en el centro del distrito teatral de Brodway, mejor representaba la globalización hispana: una voz conocida en El Caribe, en Europa, en Sudamérica y en todo México a través de canciones como El Barzón. Una voz tan reconocida que le había permitido, pese a no ser actor, compartir cartelera con renombradas figuras de la época de oro del cine mexicano en películas como Allá en el Rancho Grande con Jorge Negrete o Juan Charrasqueado con Pedro Armendáriz y Miroslava.

Al beneplácito del público que acudió a esa presentación en el Million Dollar, se sumó la grata e inolvidable sorpresa de escuchar a Luis Pérez Meza cantando con un sonido entrañable que algunos conocían desprovisto de voz humana y que otros no habían escuchado nunca antes. Era un sonido metálico, terrestre, vibrante, que latía profundamente en las almas. Recordaba vagamente a las montañas de Oaxaca pero era mucho más festivo, o a la sierra zacatecana aunque se sentía más melódico. La voz del “Trovador del Campo”, familiarizada desde la infancia con esa agrupación, se acoplaba perfectamente al estruendo de los metales, al corazón de la tuba, y destacaba aún sin micrófono. Así que los ánimos se encendieron cuando cantó alegremente, con su voz potente e inconfundiblemente surgida de la sierra sinaloense, canciones como El Sauce y la Palma.

Quizá dentro de la agresiva aculturación mercadoténico-mediática que hoy domina la cultura no cabe escuchar estas historias. Da pena conocer a quienes hoy escuchan por casualidad a Luis Pérez Meza y desde una óptica acrítica y ahistórica lo etiquetan como a un deslucido cantante campesino —para ellos obviamente menor que Valentín Elizalde o que Chalino Sánchez—, que grabó con una banda, como hoy lo hace cualquiera, y tuvo por allí algún éxito. En otros descorazonadores casos se impone el oportunista “no descansaré hasta lograr que la banda sea escuchada en todos los rincones de la tierra”.

Pero si algo debe Sinaloa a Luis Pérez Meza es la expansión del gusto popular por la banda sinaloense. Porque a partir de esa presentación en el Million Dollar, en la carrera de Luis Pérez Meza ya no faltaron las bandas. Y la principal para él fue La Costeña de Ramón López Alvarado. Sólo este músico tenía entonces la experiencia y calidad necesaria para acompañar a una figura de corte internacional. Podemos escuchar el virtuosismo de las ejecuciones musicales de López Alvarado —también gran arreglista y por un tiempo director artístico de la única compañía discográfica en provincia, Discos Tambora—, si buscamos en internet la canción Sufro porque te quiero con Luis Pérez Meza. Durante toda la canción una improvisación de jazz a cargo de Ramón, que no pide nada al clarinete de Benny Goodman o al de Artie Shaw, hace un prodigioso contrapunto con la voz cantante. Estos son los banquetes musicales que embrujaban y satisfacían la sensibilidad de quienes, en el campo o en la ciudad, acudían a escuchar a Luis Pérez Meza.

 

LUIS PÉREZ MEZA Y CELIA CRUZ. Compartiendo cartelera.

 

Me río —y ojalá me acompañe un coro de carcajadas— de quienes opinan que a Luis Pérez Meza le hacía falta la banda para triunfar. Dejemos eso a los gruperos y a los cantantes comerciales contemporáneos, porque creo haber demostrado que a la banda sinaloense le faltaba alguien como Luis Pérez Meza para llegar a ser conocida. Era necesario un prestigio como el que ya tenía el “Trovador del Campo” para dar a conocer a una agrupación musical desconocida incluso en la ciudad de México.

Muy frecuentemente, nuestro cantante se acompañaba primero con mariachi y luego con banda y pedía al público que decidiera cuál le gustaba más. No había forjado su éxito a partir de la banda, sino que usaba su prestigio para promoverla. Fueron un hito sus presentaciones cantando con banda, por primera vez en la capital de la República, en el Teatro Blanquita. La India Bonita destacaba entre una de las canciones más queridas por su público y todavía hoy la mayoría de los profesores de danza folklórica la incluyen en su repertorio de bailes tradicionales. Es uno de los pocos temas mexicanos cantados que se ha colado al folklor de México.

Para establecer algunas diferencias necesarias: la banda sinaloense tradicional no necesita amplificar electrónicamente su sonido. Y con esa banda Luis Pérez Meza podía cantar sin micrófono. No sé cuántos cantantes de banda actuales pueden hacerlo, pero dudo que piensen siquiera ir más allá del procesador de voz —dispositivo de corrección de tono, o sea, afinador vocal electrónico— y del amplificador de volumen.  Desgraciadamente ni la potencia vocal ni la afinación son atributos de los cantantes contemporáneos de banda. Y es que la banda sinaloense actual es una banda comercial, masiva y sin personalidad —como gran parte de la sociedad—, apta para amenizar bailes multitudinarios sin que dentro del aturdimiento importe la voz del cantante. La idea es que haya un ritmo amparado por la mercadotecnia y para eso sirve cualquiera que pueda pagar suficiente presencia en redes digitales. Desgraciadamente, hoy, bandas como la del Recodo no tienen la talla de agrupaciones igual de tradicionales como el Mariachi Vargas, que han cuidado engalanar su presencia con cantantes de voz técnicamente educada.  Que eso suceda porque la banda sinaloense representa al pueblo es un mero pretexto: durante dos décadas, los años sesenta y setenta, la única voz que acompañaba a la banda, así, al revés, era la voz a la vez culta y popular de Luis Pérez Meza.

Más allá de su formación vocal, en la que no faltaba la técnica que le enseñó una maestra italiana, Beatriz Pizzarni, el “Trovador del Campo” tenía una voz inigualable y sobre todo varonil. No es la voz con timbre de adolescente imberbe y baño de nuevo rico que define a la mayoría de los gruperos actuales. No es tampoco la voz arrastrada, aguardentosa, nasal o gutural que, a falta de personalidad auténtica define la desafortunada búsqueda actual de estilo entre la mayoría de los cantantes que aspiran hoy a la popularidad. Era una voz sin fingimientos, auténtica, individual, única, de timbre varonil. Una voz irrepetible. Las tipludas voces actuales tienen una explicación cultural, porque me resulta muy claro que el Charro Avitia es en nuestros tiempos uno de los demonios del panteón feminista. Pero también lo son porque como explican los teóricos de la Escuela de Frankfurt: en el capitalismo la cultura popular, en su búsqueda de masividad y ventas, se exige a sí misma cada vez menos para obtener cada vez más (y no me refiero a calidad, sino a dinero). De tanto nivelarse por lo bajo gradualmente se va degradando hasta perder toda autenticidad en aras del comercio.

Ni siquiera el gusto por los caballos y las siembras, de los que hoy hablan muchos cantantes y canciones con tremenda impostura, provienen de un conocimiento auténtico del campo. Luis Pérez Meza era un sierreño de Cosalá (o como lleva por título el último CD que grabó Elisa Pérez Meza en su honor, Sierreño y gitano) y mientras fue cantante más del 80 por ciento de la población mexicana vivía en el campo o tenía fuertes vínculos con la provincia. Sin embargo, pese al rango internacional que alcanzó, Luis Pérez Meza nunca se alejó del pueblo al que pertenecía. Lo que grabó con banda guarda el sentido comunitario, la unidad colectiva en torno a lo que define una localidad: los cumpleaños, los nacimientos, la muerte, el trabajo diario, la fauna o la vegetación, las festividades. Hoy las bandas comerciales no se jalan por la calle, salvo cuando arrastran decibeles desde autos y camionetas afanados en erradas exhibiciones de poder. La poesía campesina en versos como los de El Toro Palomo o Las Isabeles es hoy inexistente y la picaresca en canciones como La Culebra Pollera es impensable: el juego de palabras, el astuto y metafórico rodeo que alude a la sexualidad se ha convertido en una grotesca parodia marcada por la más pobre inteligencia lingüística.

No canso más. Culmino mi escrito con dos testimonios publicados en el blog de la extinta Casa de los Pérez Meza (cdlpm.blogspot.com). Hablan de un mundo ya inexistente, todavía sin like masivos ni alardes de mercadotecnia. Por lo menos a mí me recuerdan que pese al desdén contemporáneo que sufren figuras como la de “El Trovador del Campo”, éste seguirá presente en Sinaloa como el agua para los peces: ninguno sabe que está dentro. De la misma manera, sin saberlo, cada que alguien joven o viejo entona El Sinaloense, El Barzón o El Sauce y la Palma o cada que alguien escucha una banda está viviendo el resultado de una historia que muy probablemente le es desconocida. Y desde allí está haciendo un homenaje involuntario a Luis Pérez Meza.

TESTIMONIO DE JAVIER BERNAL (Marzo 4 de 2012).  “Acompañado por la señora Irma Alarcón, el señor Javier Bernal visitó este Museo y nos contó lo siguiente: Conocí a Luis Pérez Meza cuando yo tenía siete u ocho años de edad, y lo seguí viendo año con año durante los 50’s, 60’s y 70’s porque cada 30 de noviembre cantaba en las fiestas del santo patrono de San Andrés Mixquic, en la ciudad de México. Las fiestas duraban tres días, pero en la inauguración don Luis llegaba por el puente que está a la entrada del pueblo y caminaba con una banda tras él, cantando a capela, a viva voz, hasta un templete que se montaba por la calle de los Lozada. No usaba micrófonos ni ninguna de esas cosas de electrónica que se usan ahora. Eran tiempos de mucha pobreza. Yo recuerdo que todo el pueblo lo esperaba encobijado y lo seguía por las calles, atrás de la tambora, hasta llegar frente a la iglesia donde él se detenía a seguir cantando. Luis Pérez Meza era un señor impactante, tanto por su personalidad como por su voz”.

TESTIMONIO DEL SR. GERÓNIMO VEGA (julio 29 de 2009). Durante la más reciente presentación de Elisa Pérez Meza en el Jardín de la Trova, el señor Gerónimo Vega Hernández tomó la palabra y antes de pedir que le cantara El Barzón, contó ante el público lo siguiente: “Tuve el gusto de conocer a su padre hace muchos años. Era yo un chiquillo cuando él iba a San Ignacio. Cuando llegaba lo atendía David Lafarga, lo llevaba en un caballo tordillo –no se me olvida- y le llevaba la banda. Todos los chiquillos lo esperábamos y las señoras dejaban de hacer tortillas para ir a oírlo cantar en la Isla del Río. Aquello era un gusto porque a capela, con banda y sin micrófono, así cantaba Luis Pérez Meza”. Al término del concierto, el señor Vega y su esposa Lorenza Alcántar Barraza se tomaron una foto acompañados por Elisa.

Artículo publicado el 18 de enero de 2026 en la edición número 20 del suplemento cultural Barco de Papel.

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