La ex taekwondoina sinaloense inició por curiosidad un viaje que la llevaría a unos Juegos Olímpicos, a vivir sus momentos más oscuros y a entender que tanto en el deporte como en la vida, no siempre es necesario ser el primero, para triunfar
Fue a través de una ventana con un cristal roto que vio la primera práctica de taekwondo. Un profesor había ido a su escuela, la Héroe de Nacozari del Infonavit Humaya, para invitar a los niños a practicar un nuevo deporte. Fue por curiosidad, casi sin querer, y así nació un viaje que la llevaría a unos Juegos Olímpicos, a vivir sus momentos más oscuros y a entender que tanto en el deporte como en la vida, no siempre es necesario ser el primero, para ganar.
Itzel Manjarrez Bastidas fue dos veces medallista de oro en Juegos Centroamericanos, medallista de plata en Juegos Panamericanos y se quedó a sólo una victoria de conseguir una medalla en unos Juegos Olímpicos, una presea que sin duda lo hubiera cambiado todo.
Destrozada por las lesiones y abandonada por las instituciones, la olímpica vivió un retiro doloroso y solitario. Una victoria más le hubiera dado la medalla que la convertía de inmediato en una leyenda del deporte mexicano, con todos los beneficios y apoyos que eso implica. Pero esta historia no inicia ahí, sino en el Infonavit Humaya, en Culiacán, Sinaloa.
Un dobok hecho a mano
Itzel creció en una casa de interés social con sus padres, tres hermanas y un hermano. La situación en casa no era sencilla: con siete personas viviendo bajo el mismo techo, incluso las cosas que podían parecer más simples se convertían en mayúsculos retos.
“Mi primer reto fue decirle a mis papás que tenían que pagar los 100 pesos de mensualidad que cobraba el profesor, en eso podían ayudarme, pero el taekwondo es un deporte caro y necesitas equipo. Mi primer uniforme me lo hizo mi mamá, ella en ese momento era costurera, y me acuerdo que le bajaba la bastilla para que me durara más”, recuerda.
“No era algo que a mí me afectara, pero sí veía que había compañeros que tenían uniformes de buenas marcas, y sí era un sueño para mí honestamente poder usar un uniforme de una marca reconocida”. Se detiene y sonríe antes de decir con orgullo: “Lo logré cuando fui Seleccionada Nacional, me lo dio la CONADE con el nombre de México en la espalda y la bandera en el hombro”.
Itzel aprovechó su complexión, que le permitió pelear en los pesos más bajos con evidentes ventajas físicas de alcance. Clasificó a su primer Nacional y logró la medalla de plata. Sin embargo, al regresar a casa no obtuvo el recibimiento que esperaba.

“Mi papá me recogió en el aeropuerto y me preguntó que si por qué había perdido en la final. Su razonamiento era que si ya había viajado, por qué había perdido. Tal vez en ese momento él no dimensionaba lo que era que su hija ganara una plata en un nacional, y tal vez que él me dijera que perdí fue lo que me motivó a seguir esforzándome, a seguir luchando”, reflexiona.
El salto a la Selección Nacional
Después de ganar la medalla de plata en la Olimpiada Nacional en 2008, Itzel decidió alejarse del deporte. Sin embargo, Heraclio Medina buscó a sus padres y les pidió que la mantuvieran entrenando, incluso les dio opciones.
“Yo me quería ir a entrenar con el profesor Heraclio, porque ahí estaba Álvaro, que ahora es mi esposo, y desde entonces me gustaba, pero estaba muy lejos desde el Infonavit Humaya, porque estaba en la colonia Zapata, así que nos quedamos con el profesor Joaquín Rojo, que a mí me imponía mucho por su personalidad, pero fui acostumbrándome a él”, recuerda.
Los resultados no llegaron en la Olimpiada Nacional, pero decidió probar suerte en un Nacional de Mayores celebrado en Puebla, peleando por primera vez en la categoría mínima de menos de 46 kilogramos. Sus ventajas físicas fueron aún más evidentes y, contra todo pronóstico, ganó el Nacional. Ese triunfo le dio un lugar en la Selección Nacional y la clasificación a los Juegos Centroamericanos de Puerto Rico 2010.
“Lo primero fue irme a vivir a la Ciudad de México, dejar mi vida y concentrarme en el Comité Olímpico donde estuve siete años. Cuando llegué vi que estaban María del Rosario Espinoza y Guillermo Pérez, dos medallistas olímpicos. María me ayudó muchísimo, me arropó y me ayudó a entrenar de manera personalizada. Además, como yo no llevaba dinero, tuvimos que sacar un préstamo en la Coppel para poder irme, y ella era la que me invitaba el café y el cine”, recuerda con añoranza a la tres veces medallista olímpica.
Con la mira en los Juegos Olímpicos
En 2010, Itzel ganó la medalla de oro para consolidarse como seleccionada nacional. Volvería a ganar en 2014 y en 2015 sumaría una plata en los Juegos Panamericanos. La meta de llegar a unos Juegos Olímpicos apareció con Río 2016, pero el camino no sería sencillo.
Mientras peleaba Grand Prix mundiales para sumar puntos y buscaba afanosamente la clasificación, su cuerpo comenzó a pasarle factura. Los tendones de Aquiles de ambos pies tenían roturas parciales, pero el diagnóstico no llegó a tiempo y el dolor no logró detenerla.

“Yo estaba acostumbrada al dolor, es algo que a quienes practicamos taekwondo no nos detiene. Yo vivía con ese dolor y tomaba medicamentos para soportarlo. Mi meta estaba enfocada en llegar y prepararme para los Juegos Olímpicos, porque yo sabía que era una oportunidad única y algo que iba a definir mi vida por completo. Si era capaz de ganar una medalla, mi vida iba a cambiar, y yo sabía que tenía posibilidades”, recuerda.
El pase llegó en la Ciudad de México cuando venció por puntos a la croata Lucija Zaninovic, medallista de bronce en Londres 2012 y en ese momento número uno del ranking mundial. El triunfo le otorgó a la sinaloense el boleto directo a los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro 2016.
Tras ganar sus dos primeros combates, Itzel Manjarrez se colocó a sólo una victoria de asegurar una presea. Sin embargo, perdió ante la serbia Tijana Bogdanovic y posteriormente, en el repechaje por el bronce, cayó ante la tailandesa Panipak Wongpattanakit.
“Di lo mejor de mí, hice lo mejor que pude superando las expectativas de muchas personas, mi propio dolor y mi cansancio, y obvio que estoy orgullosa de lo que hice porque cambió mi vida. Pero entiendo que no es lo mismo ser una atleta olímpica que una medallista olímpica. La gente no te ve igual, no es el mismo reconocimiento y tampoco son los mismos apoyos. Yo me quedé muy cerca de ser como María, y obviamente no me quiero comparar con ella, pero ser como ella, una medallista olímpica, eso hubiera hecho toda la diferencia”.
“No puedo decir que me fallaron, porque el deporte es así, y si no das resultados ya no sirves. Ya lo asimilo diferente, pero sí estuve muy herida, me dejaron sola y sin apoyos, sin seguros médicos y me quedé en muletas. Estaba defraudada, porque yo di mi vida y mi salud al deporte, tuve resultados y me quedé sola, y aunque entiendo cómo funciona el deporte, siento que no puedes dejar así a alguien que dio tanto y llegó a unos Juegos Olímpicos”, añade.
La redención
Tras competir, las lesiones se agravaron. Itzel tuvo que someterse a dolorosas intervenciones quirúrgicas y a largas recuperaciones que la obligaron a retirarse del alto rendimiento a los 27 años, con los tobillos destrozados.
“Después de tenerlo todo, de estar en lo más alto, después de los Juegos Olímpicos todo desapareció. Yo viví un duelo. Las personas que antes me buscaban desaparecieron, nadie me hablaba, nadie me buscaba, y yo estaba sola y en muletas. Sin beca de la CONADE, sin mi sueldo del ejército y sin la beca del estado. Fueron momentos muy duros y además tenía que tomar medicamentos para el dolor que eran depresivos”, rememora.
“Recuerdo que no podía ni entrar a un gimnasio, era muy doloroso. Una vez mi profesor me dijo que si él hubiera sabido lo que me iba a pasar, hubiera elegido que nunca me hubiera convertido en la atleta que fui. Y yo me solté llorando, porque sentía exactamente lo mismo. Fue muy duro, yo pensaba que no tenía más motivos para seguir adelante, para seguir viviendo, porque ya había conseguido todo lo que quería”.

—¿Pero conseguiste todo lo que querías o lo que creías que tenías que conseguir para probar que valías?
Hace una pausa prolongada, analiza la pregunta y busca la respuesta dentro de ella. “Fue para probar que valía, para probarlo ante mi familia, ante la gente, eso era lo que me tenía así”.
Empecé a ser feliz
Durante los momentos más difíciles se reencontró con Álvaro. Desde niños le gustaba, siempre estuvieron en contacto y lo amó durante toda su vida. De pequeña soñaba que se casaría con él y que tendrían hijos. Tal vez eso era lo que quería desde el principio, cuando no pudo ir a entrenar con él porque la colonia Zapata estaba muy lejos del Infonavit Humaya.
“Nos reencontramos, empezamos a salir, yo ya tenía mi casa, se vino a vivir conmigo y empecé a ser feliz”. Sus ojos brillan al acompañar su sonrisa. “Todo se dio, nos conocimos desde niños, él fue mi ídolo, yo fui su ídolo. Nos casamos y tenemos dos hijos, que nos vinieron a sanar todas las heridas que él y yo teníamos”.
“Zoe fue una niña planeada y amada, ahora tiene cuatro años”.
—¿Te gustaría que ella practicara taekwondo?
“No, honestamente no. Quiero que ella haga lo que ella quiera”, asegura.
“Me han dicho que soy malagradecida, porque el taekwondo me dio todo, pero yo no lo creo. Yo hubiera sido exitosa en cualquier cosa que hubiera querido. No es que el deporte me convirtió en Itzel Manjarrez, y no hablo de ser famosa, sino de hacer las cosas en mi vida bien, porque así soy, así somos mis hermanas, así crecimos”.
Artículo publicado el 04 de enero de 2026 en la edición 1197 del semanario Ríodoce.







