“Al igual que la mayoría de las provincias del país, lo tiene todo, pero a medias” Enrique Félix Castro
Así se expresaba Enrique el Guacho Félix de Sinaloa, como una provincia que no terminaba de desarrollarse. Las conclusiones parten de un contraste de datos entre 1900 y 1948 retomando varios factores como la producción, la industrial, el rubro empresarial, el avance tecnológico, el clima, la vegetación, la separación de Sonora, el juego político y la expansión de la población.
El cruce de información le permite percibir la tardía evolución de Sinaloa con respecto al progreso. Cuestiona profundamente la tendencia romántica, es decir, las ideas liberales importadas de Europa enarbolando la libertad, igualdad y fraternidad, así como el derecho a la felicidad, retomado de la Declaración de Independencia norteamericana.
En el ensayo Tendencia romántica de Sinaloa, hace un estudio interesante de carácter histórico de Sinaloa, donde expone el peso político e ideológico del romanticismo, parámetro que usa para analizar el pasado precolombino y las distintas etapas con las que suele separarse y darle continuidad a la historia mexicana (colonialismo, independencia, reforma, revolución, cardenismo, etcétera), siendo la Universidad el órgano que organiza y encauza el romanticismo hacia otros derroteros sociohistóricos.
Su concepción sobre los pueblos indígenas no permite visibilizarlos en su complejidad, define el proceso de conquista y colonización sin grandes manifestaciones de violencia física ni explotación laboral cuando casi todos los pueblos fueron incendiados al paso del invasor; por tales motivos los naturales no consideraron suya la causa independentista de Hidalgo negándose a participar.
Tratado el pasado indígena con ambigüedad, da paso al punto de ruptura en su exposición como fue el periodo de la Reforma, de entonces hasta la mitad del Siglo XX en la provincia sinaloense la obediencia católica fue perdiendo peso para darle cauce a la organización social de la emoción.
El complejo acontecimiento de la Revolución mexicana es categorizado como una manifestación inconsciente, y sus héroes como actores románticos en una gesta sin “un programa de lucha que arrancara de una madurez mental”.
En otro párrafo argumenta lo que diferenció a la revolución rusa de 1917 de la mexicana: “No hay un solo documento histórico que exprese la necesidad del orden nuevo con argumentación técnica, y si existe, no fue la causa esencial promotora de la Revolución”.
A falta de razón se impone el corazón; el liberalismo se estacionó en el pensamiento de la población, catalizado e impulsado por la Universidad hacia el progreso civilizatorio que garantiza la felicidad de los sinaloenses.
Hay que reconocer en el autor su enorme esfuerzo intelectual, su bagaje cultural incomparable, su enciclopedismo a lo Diderot para ajustar en pocas páginas un tratado histórico de Sinaloa. En intención, mas no en amplitud y profundidad, coincide con El laberinto de la soledad, de Octavio Paz; el Guacho Félix fue incomprendido por sus contemporáneos, después olvidado.
Pese a plantear la tendencia romántica en Sinaloa, ajusta un poco más las tuercas cuestionando el romanticismo que no llega al peldaño de la razón como orientador y organizador de la vida. Ese romanticismo impide llegar a la siguiente etapa evolutiva que es el progreso, resumido en el desarrollo industrial.
¿Quién es Enrique Félix Castro? Quizá el pensador más crítico, versátil, profundo y creativo; constructor de escuelas, consideraba la educación como la plataforma que impulsaría a la provincia a otra etapa evolutiva.
Asume el romanticismo liberal en la medida que le permite comprender la realidad, entiende sus límites, luego incorpora el marxismo como filosofía explicativa, de ahí sus experimentos inconclusos en aras del socialismo, obstaculizados institucionalmente por el oficialismo, hasta expulsarlo de Sinaloa.
Con el progreso, la burguesía sinaloense se fue consolidando, instalándose fábricas de hilados y tejidos, ingenios azucareros, acuñación de monedas, vapores, ferrocarriles, electricidad, alumbrado público y una conciencia social que iba asumiendo la lógica de la razón.
La salida del romanticismo debe conducir a la felicidad de la población, esa aspiración subjetiva e intangible. Pese a su avanzado nivel cultural no vislumbra la materialización de una sociedad más justa que salga de los márgenes del liberalismo burgués, pero entiende que la fuerza de la transformación radica en la juventud y en los espacios educativos; el marxismo es un bosquejo en su pensamiento.
Atrapado en su concepción que niega y aspira al mismo tiempo, refleja los grandes conflictos intelectuales de un pensador que quiso aclararse la compleja realidad sinaloense, en esa ruta caminó solo; no tuvo interlocutores para discutir sus ideas, abandonado a la suerte del alcoholismo, su vida se fue marchitando, no sin antes dejarnos esa herencia histórica y cultural como lo fue la Universidad Socialista de Occidente.
Conocía los problemas que embargaban a Sinaloa, mas no las soluciones; las tentativas marxistas de su tiempo no fueron suficientes, terminó por imponerse el positivismo enfatizado en el progreso como aspiración colectiva, ahí donde radica el “verdadero triunfo histórico de Sinaloa es aquel que se inspira en el mesianismo de la máquina, en el uso supremo de la lumbre de la conciencia”.
Docente, impulsor del cambio social desde las escuelas, apoyó las huelgas magisteriales, editó la revista Resumen, crítico social, analista político, poeta, prosista y promotor de la industrialización. Enrique Félix Castro es el personaje más elocuente de su tiempo, y un pensador sin par en la historia de Sinaloa, con una escritura impecablemente bella, lúcida, lírica y fundamentada en la psicología; es el pensador romántico de Sinaloa.
Artículo publicado el 24 de agosto de 2025 en la edición 15 del suplemento cultural Barco de Papel.



