Narcolaboratorios, el negocio que no para

Narcolaboratorios, el negocio que no para

En medio de la guerra entre Chapos y Mayos, sigue la localización y desmantelamiento de laboratorios clandestinos. Desde enero se han asegurado 159 y 884 áreas de almacenamiento en Sinaloa

 

Retirados de los hedores químicos y del área contaminada, un esquelético árbol sirvió de sombra para unos cuantos elementos que se encontraban a la espera del convoy militar. A la entrada de la comunidad de Tabalá, los pobladores miraban con recelo los rostros cubiertos de los hombres uniformados. Algunos apartaban la vista; otros preferían no ver. Espalda con espalda, el Ejército Mexicano se adentraba en sus terrenos.

Entre brechas pedregosas, las camionetas subían y bajaban con ánimo. Por los radios se daban indicaciones: derecha, izquierda. Entre más se hundían en el camino, mejor lucían las fachadas grisáceas de las casas empobrecidas, a medio levantar.

Tabalá está a 50 kilómetros de Culiacán, y su principal atractivo es un antiguo templo rodeado de tumbas que guardan los cuerpos de misioneros jesuitas que pueden verse desde la carretera.

Llegaron. Con los cascos calientes por el sol, bajaron de las camionetas. El terreno árido y espinoso que recorrieron por kilómetros ahora era verde y frondoso. A simple vista, nada inusual, pero el olor delataba. Oculto entre enormes árboles y arbustos que servían de pared, se hallaba la “cocina”, un narcolaboratorio, encargado de elaborar metanfetaminas.

El equipamiento era de talla industrial. Apenas al entrar, guantes azules —de esos quirúrgicos— se descubrían tirados en el polvoriento suelo, abandonados, sin cuidado alguno. Otros colgaban de las ramas de los árboles. El aroma dulce de la acetona cosquilleaba en la nariz, era fuerte.

El primer espectáculo fue un laboratorio móvil: sobre un remolque se instalaron cilindros y tubos metálicos que servían para mezclar y cocinar el menjurje de químicos. Bastó con la adaptación de tres reactores y tres condensadores, cada uno con una capacidad de 500 litros, junto a sus quemadores, para echar a andar los vapores.

Durante el proceso de condensación, que se obtiene al mezclar aguas químicas como amoniaco, acetona, tolueno, ácido clorhídrico, ácido muriático, alcohol etílico, isopropílico, sosa cáustica, entre otros, se produce fenilacetona líquida. Esta sustancia, a su vez, se mezcla con otros compuestos hasta obtener metanfetamina líquida.

A escasos metros, otro laboratorio, este anclado al suelo. Ahí, en fila, conectados a un tanque de gas, lucían cuatro reactores enlazados a cuatro condensadores, con una capacidad de 300 litros. En conjunto, ambas “cocinas” podían producir hasta una tonelada de metanfetamina en un solo día, o “hielo”, como se le llama en las calles.

“Para el término del procedimiento se requieren instalaciones más apropiadas como son congeladores, o de que haya energía eléctrica constante y suficiente para llevar a cabo el congelamiento del producto y ya posteriormente lo hacen con un lavado de acetona y se produce lo que viene siendo el ‘cristal’ o metanfetamina”, explicó el Teniente Coronel, Reyes, de la Novena Zona Militar.

El precio de venta por tonelada alcanza los 100 millones de pesos, dependiendo del mercado (país) en el que se trafique. Aquí en Culiacán, el valor disminuye considerablemente, una tonelada puede valer hasta 100 mil pesos.

Un día antes, el 18 de junio, y tras un trabajo de patrullaje terrestre, el Ejército localizó el narcolaboratorio. Las pistas para dar con estos lugares suelen ser sencillas, se detectan aromas o brechas que conducen a zonas apartadas con cuerpos de agua cercanos, necesarios para facilitar las mezclas. Ese día ya no había nadie, solo residuos y procesos a medio terminar. No les dio tiempo de sacar todo.

Con la ayuda de halcones o “punteros”, observan la presencia de soldados que ingresan a las comunidades, logrando escapar. Ese laboratorio —explica Reyes— operó entre tres y cuatro meses, con la participación de al menos 20 personas, entre cocineros, punteros y mandaderos.

Los cálculos se basan en los residuos que se generan en cada elaboración. Algunos de estos son plastas negras de químicos solidificados, que se recogen con palas y rastrillos, y se entierran en hoyos que se van escarbando a medida que avanza la producción.

La tierra se contamina, algunos líquidos también son vertidos en estas excavaciones y otros directamente se llevan hasta los ríos. El Ejército solamente realiza el aseguramiento y no se encarga de llevar los procedimientos adecuados para la recolección de estos residuos, siendo abandonados al aire libre.

Sobre el suelo, cientos de pinzas perras, algunas ya oxidadas, permanecían empolvadas. Estas se utilizan para asegurar la presión de los condensadores; por lo menos 20 pinzas son colocadas en cada una de las tapaderas, un acto “hechizo” pero funcional.

Las tapaderas y tambos azules de diferentes capacidades figuraban en el escenario, digno de todo un trabajo clandestino. Bolsas de sosa cáustica y manchas verdes pegadas en recipientes. Líquidos negros y espesos adheridos a botellas y vasos. Guantes de plástico de todo tipo, y tubos negros encargados de transportar agua a través de una máquina de bombeo. Todo ahí contamina: el aire, los objetos, el silencio.

Los cascos verdes subieron nuevamente a sus camionetas, en esta ocasión se unieron dos unidades blindadas Ocelot, y recorrieron 6 kilómetros desde Tabalá hasta el poblado de San Miguel de las Mesas. Durante las brechas de terracería se divisaban los lugares de culto de los pobladores; la evangelización que habían promulgado los misioneros jesuitas, siglos atrás, permanece en la localidad.

Pegado al río San Lorenzo, tenían asegurado un almacén clandestino de químicos, este se halló el día 16 de junio. Al pisar la tierra, el aroma se intensificó, se percibía un olor a cítrico que cortaba la garganta en cada inhalación, todos los poderes estaban ahí; cientos de sustancias usadas para la elaboración del “cristal” reunidas.

En total, 11 mil 500 litros de diferentes sustancias, cada una almacenadas en tambos azules de plástico y metálicos, con una capacidad de 200 litros, y en bidones de 20 litros. Del otro lado, 10 contenedores de cianuro de sodio estaban apilados entre los árboles. Mascarillas rotas y tiradas en las brechas; otras, aún enteras, colgaban de los troncos de los árboles.

El sol estaba en su punto y los vapores de los residuos estaban emanando. El convoy regresó.

El negocio en medio de la guerra

A pesar de la guerra interna entre Chapos y Mayos, la producción de drogas sintéticas no se ha detenido. Desde enero, el Ejército mexicano ha asegurado 159 laboratorios clandestinos y 884 áreas de almacenamiento. Aunque estos decomisos representan un golpe a la economía del narcotráfico, los laboratorios y almacenes continúan emanando, uno tras otro.

 

NARCOLABORATORIOS. Proliferación en zonas rurales.

Artículo publicado el 22 de junio de 2025 en la edición 1169 del semanario Ríodoce.

 

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