PENAL DE AGUARUTO. La escalada de violencia.
Familiares de internos señalan que en la cárcel de Culiacán prevalece la corrupción
Entre voces rondaban los comentarios de que a fulano y sutano los habían agarrado. “¿Cómo le vamos hacer?, ¿dónde nos vamos a meter si se viene la guerra acá para adentro?”, se preguntaban entre ellos. Ahí no todos están completamente separados; hay Chapos y Mayos compartiendo espacio, no les queda de otra.
El día llegó. La guerra externa tocó el interior del Centro Penitenciario de Aguaruto. Al mediodía del miércoles 21 de mayo, los reclusos accionaron sus armas. Él no tuvo más remedio que hacerse bolita. Oía gritos y el tránsito violento de las balas que le pasaban zumbando por todos lados. “Sí toca, tocó. Si no… ni modo.”, pensaba. Estaba con sus compañeros de celda —son entre seis y siete—, todos acurrucados.
Después de media hora de un intercambio de balas entre reos y custodios, todo cesó y los uniformados entraron para atender el (des) orden. Los datos oficiales de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) indican que no hubo muertos y sólo un herido por una esquirla de bala. Las dudas persisten, ¿tanta bala y ningún muerto?
Del otro lado
Sus piernas se cansaron. Buscó la mejor vista y se sentó a la orilla de la carretera. Sobre ella, el zumbido de un par de helicópteros le masticaban los oídos. A sus lados: un grupo de reporteros y el gobierno; elementos Guardia Nacional, Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana “los Harfuch”, Ejército, Marina y Policía. Todos expectantes.
“¿Qué le estarán haciendo?”, se preguntaba. Tomaba su teléfono, marcaba y él no contestaba. Ya tiene un lustro recluido y aún le falta otro tanto. Él ya estaba familiarizado con el grosor de los barrotes y el olor a orín que caracteriza a las “barandillas”; ingresó por “chamacadas”. Nada grave, un castigo y se acabó.
La primera vez que ella lo visitó en la peni fue un acto desgastante. No fue sola, sus hijas la acompañaron. Estaban ahí, sentadas frente a él, mirándole el rostro.
Esta vez no estaba encerrado por una chamacada; él estaba acusado de asesinato. Ellas aún le preguntaban “¿por qué?”
Los pagos forzosos del encierro
Apenas llegó, otros internos le pidieron una feria: 3 mil pesos por la carraca y el cuartito donde se iba a quedar. Las carracas son donde ellos duermen, losas de piedra que funcionan como camas. Es el primer gasto que las familias realizan al tener a alguien entambado.
El dinero es solicitado por los mismos internos encargados de cada uno de los módulos. En este caso, los custodios no meten las manos. Ese primer pago es único y se destina para la limpieza del cuarto.
Con el hospedaje los gastos aumentan. Cada que lo visita, le lleva una “despensita”: leche, huevos, galletas, sopas, pan, jamón, salchichas y, de vez en cuando —si la dejan pasar—, fruta. Termina gastando entre 500 y 600 pesos, sin contar el dinero que se va sumando por las cuentas que él genera ahí dentro.
Los internos también mantienen un control con pequeños abarrotes, otros reclusos consumen, generan sus cuentas y comienzan a deber. En una de las visitas él llegó cabizbajo y golpeado, debía 300 pesos en uno de los abarrotes.
“Igual cuando está enfermo alguno de los internos y no está el medicamento allá adentro. Pues tiene que meter uno el medicamento y si se lo hallan a uno. Y pues tiene que darle los 50, 100 pesos para que le dejen pasar el medicamento.
“Para que no me quiten el peso que llevo, mejor voy y sabe que no le hace que me tarde un poquito más, pero hablo tanto con el comandante o el encargado, ‘sabes qué, mira, me dijeron que mi hijo está malo y traje la medicina’. ‘Ah no, pues está bien, pásela’ y así. Pero a mucha gente no le gusta ir a solicitar el apoyo como debe de ser y lo pasa así, pues entonces es cuando le quitan a uno el peso.”.
“Desde el primer día que entré al penal, yo me di cuenta que había mucha corrupción”, los trámites para solicitar la credencial de ingreso suelen ser tardados. Se entregan en 15 o 20 días y muchos familiares prefieren evitar hacer todo el proceso legal y pasan solamente mostrando la credencial de elector y un billete.
Ella señala que incluso se pueden meter teléfonos. Los guardias revisan a los visitantes y, si les encuentran uno, basta con soltar otro billete. El primer celular que él tuvo fue un “cacahuatito”, nada ostentoso, solo servía para llamadas y mensajes. Se lo compró a otro recluso por 700 pesos, pero se lo quitaron 15 días después, durante una revisión.
***
“Aquí voy a estar hasta que me digan cómo está mi hijo”, decía mientras apretaba los labios. Con la vista fija en el único acceso al penal, una gran puerta blanca, miraba a quienes salían y entraban; desconfiaba y renegaba. “¿Por qué no llegan las ambulancias?, están esperando que se mueran”.
Artículo publicado el 01 de junio de 2025 en la edición 1166 del semanario Ríodoce.





