“María” trabajó en uno de los locales antes de la guerra del Cártel de Sinaloa, donde han sido blancos de ataques
“María” está sentada en la sala de su casa sobre su sillón negro, es de piel sintética, de esa que se pega al cuerpo cuando uno suda. Dobla su pierna izquierda y se sienta sobre ella. Está en confianza, preserva sus huaraches negros de suela alta y deja a su lado un pequeño cenicero de metal. Ahí colecciona tres colillas de cigarros de mariguana; solo quedan los restos del pequeño papel enrollado que sirve como filtro. Dejó un “gallo” entero, nuevecito, por si se le antoja prenderlo.
Los vapores de la mariguana quemada se sienten espesos. Ella sonríe. Desplaza sus memorias y cuenta los ocho meses que estuvo trabajando en un dispensario, esos lugares dedicados a la venta de mariguana, hongos alucinógenos, LSD y éxtasis. Trabajó hace tiempo, cuando apenas tenía 21 años.
Encontrar el puesto fue sencillo. Un día, mientras navegaba en Facebook, llegó a un grupo donde una chava ofrecía trabajo para una de las sucursales. Describía los requisitos generales. Buscaba a una mujer y ofrecía un sueldo: ocho horas por 800 pesos. “María” se puso en contacto con ella; la chava le explicó cómo estaba el bisnes y le pasó el número del encargado. Tras unas llamadas, aceptó.
El dispensario estaba administrado por “puro chamaco miado”. El gerente y el que estaba más arriba tenían su edad. “María” los describe: no tenían finta de nada. Ellos solamente eran distribuidores; le compraban a los narcos y pedían permiso para poner las sucursales. Les otorgaban una licencia y les permitían vender la mercancía.
La tienda era un smoke shop, sin disfraces. No era como los actuales dispensarios —o lo que queda de ellos—. Abiertamente eran tiendas de artilugios para quienes disfrutaban del humo de la hierba; grinder (molinos para la mariguana), bongs, filtros, pipas, encendedores, bandejas, papeles para liar, entre otras herramientas.
Al inicio “María” se sentía a toda madre, le gustó la chamba. Trabajaba por las tardes en un cuarto de 4 por 4, atendía a los clientes, limpiaba, acomodaba y hacía el inventario. En los tiempos libres podía darse un toque, leer y mirar películas. Excepto los fines de semana, especialmente los domingos, es cuando la raza se juntaba a comprar.
“Luego me dijeron, ‘no, esta morra es bien responsable, pues hay que mandarla a la mañana’. Me mandaron a la mañana y nombre era una chulada porque literalmente era estar todo el día sin hacer nada porque los mariguanos llegaban a las puras nueve que abría, llegaba una horda de mariguanos. Luego para la una o dos de la tarde era otra horda de mariguanos”, cuenta entre risas.
Nunca tuvo problemas con la paga, cada semana le daban sus 4 mil 800 pesos, 19 mil 200 pesos al mes. Incluso podía elegir; pedir la semana entera, si lo quería dos días antes o algún adelanto. Sin problemas, dinero había. En un solo día podían vender entre 20 mil y 50 mil pesos. Los fines de semana era más común llegar a las cifras más altas. El dinero se contaba y alguien iba por él, así día a día.
La mercancía se vendía rápido, cada dos días llegaban en motos con sus mochilas de repartidores —esas de aplicación—, para eso de mantener un bajo perfil, y entregaban la mariguana. Entraban entre 200 a 250 conos o cigarros. Además de la mariguana suelta o en greña.
“María” tenía detrás de ella ocho frascos herméticos donde cabía aproximadamente un kilo de mariguana, los frascos siempre los mantenía llenos. Los cigarros de exhibición también se metían en frascos, los más pequeños se llenaban con ocho a 15 conos. Los frascos más grandes entre 20 a 25.
En sus ratos libres, “María” se interesaba por leer sobre la mariguana. Aprendió a identificar cada uno de los tipos: índica, sativa, híbrida; sus componentes químicos, el tipo de cepa, si era cultivada en exterior o interior, y cómo pegaba —qué efectos tenía— cada una de ellas. Ponía las etiquetas con los nombres, y se aventaba una cátedra. A los clientes les gustaba; se sentían más seguros al consumir.
“María” estaba en un mundo de hombres: drogas, dinero, poder, contactos e influencias. Sabía que la veían como carne de cañón. Otras trabajadoras se prestaban al juego: las querían alicusadas, vestidas como unas dignas “buchonas: crop top, minifalda y trompita parada, todas unas di-vi-nas”.
“Otra cosa es de que si tú ibas vestida acá put.., te daban más propina, entonces muchas morras, yo no porque como yo era encargada, yo tenía mis privilegios, en la mañana no ocupaba estarme arreglando tanto porque no había tanto mariguano. Pero en las tardes las morras se turbo procesaban, así con vestiditos y todo para que los batos les dejaran más propina”, narra.
Antes de la guerra entre el Cártel de Sinaloa y donde los dispensarios han sido blanco de ataques, los Chapos tenían muy buenos publicistas —explica María—. Ir a un dispensario de esa facción era toda una experiencia: ellos colocaron el concepto de poner a una morra vendiendo la mercancía. No cualquier morra: tenían que ser bonitas, tatuadas y alineadas; eran la novedad. Incluso la mota era premium. Todo dependía de la imagen.
“En los dispensarios de los Chapos tu podías ver eso de que los blunt más caros era blunts de presidentes, el más caro era de Putín, el de Rusia, y luego el otro era el Donald Trump, el ultimo de López Obrador”, explica.
El negocio abarca todos los sectores socioeconómicos. No hay restricciones, pero sí calidades. La mariguana que se vende en los denominados “puntos” es de peor calidad: “nunca vas a encontrar esa mota en el dispensario, jamás, porque esa es la que venden a la gente pobre”. Se entrega en bolsas de colores, selladas con el logo de la empresa.
En los puntos, sí es posible comprar perico o “hielo”. Pero también deben solicitar su licencia: o vendes perico o vendes mariguana; no pueden estar conectados. “Nunca le vas a decir a un dealer de mariguana que te dé coca, porque él no hace eso”.
“María”, en ocasiones, se sentía insegura mientras trabajaba. Temía que llegara el gobierno y reventaran el local, “deja tú los narcos, era el gobierno, en cualquier momento esto se descontroló y me truenan con esta madre, ese era mi pensamiento si gobierno llegaba”. Por los clientes no se preocupaba: era gente decente. Veía personas de todos los estratos económicos, desde la gente más pobre hasta las morras más adineradas.
Artículo publicado el 18 de mayo de 2025 en la edición 1164 del semanario Ríodoce.







