Malayerba: Los tres cholos

Malayerba: Los tres cholos

Dos hermanos y un primo. Los tres adictos, vagos, entrones… y gastones.

Habían estado presos por rateros y por su lealtad a las drogas. Eran adictos a la mariguana, al cristal y al perico. Y también a lo ajeno. Y siempre corriendo: correteando, a paso veloz, lo que otros tenían y ellos no, y buscando los billetes.

Hay que gastarlo todo. Gastarse la vida, acabar con el dinero y extinguir todo tipo de enervantes. Extinguirse ellos en ese torbellino galopante de bacanales de hurtos, borracheras, jeringas y focos.

Todos a su alrededor se cansaron de darles. Después se cansaron de los timos y robos.

Habían transitado pronto por una buena parte del árbol genealógico. Los padres les habían dado chamba en los puestos de venta de verduras y frutas. Y los tíos pagaban los platos rotos de tanto fracaso.

Padres, tíos, hermanas. Y luego los vecinos. Todos agandallados, víctimas de fraudes, mentiras, robos: las promesas de un drogo se esfuman más rápido que el humo del cigarro de mariguana que nunca sale por la boca. Que se aloja, se engarruña, se adentra y luego viaja sin moverse de lugar.

Hartazgo multiplicado. Ellos hartaban a la familia. La policía los hartaba a ellos. Círculo vicioso, vicio circular. De la calle al robo, del robo a la droga, de la droga a la cárcel. Y de nuevo a la calle. Y de nuevo a empezar.

En la cárcel conocieron a otros de su categoría. Unos que robaban o asaltaban. Los que vendían droga. Otros que la transportaban. Esos llamaron la atención de los cholos: llevar bultos al otro lado, tal vez por el desierto o por la línea de babel de Tijuana.

Ahí conocieron a uno que igual fue vándalo y ahora gozaba de fama de burrero adinerado.

Les dijo: vamos con el patrón, ese de la sierra, ya tiene lista la cosecha, pero necesita gente que la lleve al otro lado, con los gringos; hay buena paga.

Ojos brillosos. Comezón en los dedos. Urticaria en los bolsillos. Cómo ves, le entramos. Pues le entramos.

Vieron al jefe. Patrón, no le vamos a quedar mal. Les contestó: más les vale, cabrones. Van y vienen; aquí está la mercancía y los billetes estarán listos cuando lleguen. Les leyó la cartilla.

Hora de salir a la frontera. Las rutas están trazadas, no hay pierde. Pero no podían iniciar esa etapa de la travesía sin antes surtirse: foco y mota. Cada quien su droga. Cada quien su bulto.

Pasó un día. Dos, tres, cuatro. Una semana. Los hermanos volvieron a la ciudad. Misión cumplida, dijeron, abultando el pecho. Y el primo, preguntó el patrón. Preguntaron los familiares.

El primo se fumó un gallito de mota. Luego le entró al foco. Salió corriendo, dijo que para llegar más pronto. Nosotros nada más vimos que iba enchinga, corriendo y brincando entre los arbustos. Y se nos perdió de vista. Se nos perdió.

Iba bien entrado el primo. Bien atizado. Bien arriba el bato. Iba brincando, dando saltos, como alegre, eufórico. Corría y corría, raudo y veloz. Hasta que ya no lo vimos.

Eso contaron ellos. Eso dijeron sin dar detalles, sin salirse un ápice de la misma versión. Con esa fama de rateros, mentirosos y drogos, nadie les creyó.

La familia tuvo sus sospechas: seguramente se pelearon en el camino. Allá, en el desierto, se agarraron por la droga, los bultos, el dinero. De seguro lo mataron. Y allá lo enterraron.

Artículo publicado el 11 de mayo de 2025 en la edición 1163 del semanario Ríodoce.

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