La agresión armada a la caseta de la Policía Municipal en la colonia Los Huizaches, donde murió un agente, era algo que temían vecinos del lugar; ‘nadie los ayudó’, dice un testigo
Todos contra todos.
No les dieron tiempo de disparar; aquellos hombres los tenían rodeados. Tras, tras, tras. Sonó la plasta de balas: la caseta de la Policía Municipal quedó deshecha. Los pedazos de concreto se desprendían de las paredes, se mezclaba un humo grisáceo y blanquecino entre la pólvora y el cemento. El silbido de las balas tronaba sobre los cristales. El tintineo de los casquillos quedaba repercutido por calles de la colonia Los Huizaches, al sur de Culiacán.
Los hombres disparaban sus “cuernos de chivos”, AR-15 y ametralladoras Minimi. Un vecino lo presenció de cerca, logró ver como también lucía un calibre 50. Entraron las camionetas por todos lados; había algunos sedanes, por eso de mantener un perfil bajo. Las cifras son inciertas, entre el ajetreo logró divisar unos diez vehículos. Entraron por las calles Mina Plomosa, Liberalismo y presidente Miguel de la Madrid.
Todo sucedió desde muy temprano, entre las 6:30 y 6:40 de la mañana del martes 15, los sujetos desenfundaron sus calibres y se colocaron desde todos los ángulos. Lo tenían calculado: esperar el cambio de turno de los agentes, estaban en medio del pase de lista. Salían los de la noche y entraban los de día. La delegación era un espacio pequeño. Una entrada principal, algunos pares de ventanas, arquitectura vieja y la fachada rayada.
La posición de la caseta no favoreció, estaba en el centro de todo. Fue un blanco fácil. Se podía atacar por arriba, abajo y los lados. Y alrededor, casas. También en un estado vulnerable, fueron alcanzadas por las ráfagas. Se dañaron fachadas, postes de luz y ventanas. Ni los árboles se salvaron. Los carros de los vecinos quedaron con las llantas ponchadas, cristales rotos y orificios que profanaban la carrocería.
Entre el nerviosismo y la malicia, los sujetos creyeron que los policías estaban repeliendo el ataque. Se equivocaron. Comenzaron a dispararse entre ellos mismos. Desde arriba vomitaban sus calibres y desde abajo respondían. Uno de ellos recibió un impacto en la pierna, su fusil quedó abandonado en el umbral de una puerta, aún con el cañón caliente.
José Adolfo, agente de la Policía Municipal apenas tenía un año en la corporación. Su cuerpo quedó sin vida dentro de un vehículo Honda Civic plateado: el conteo es aproximado, pero más de 50 balas se alojaron en él. Iba subiendo a su auto estacionado a pocos metros de la caseta para irse a su casa, introdujo las llaves y prendió el motor. Pero ya no pudo regresar con su familia. Su cuerpo inerte quedó entre el asiento y los pedales.
Él se suma a los 24 elementos policíacos que han sido asesinados desde septiembre de 2024 en Sinaloa.
Cuatro de las unidades rotuladas con los números de identificación: 0704, 3845, 3794 y 3983 de la Secretaría de Seguridad Pública y Tránsito Municipal (SSPyTM), que estaban estacionadas afuera de la delegación también fueron sorprendidas. Los impactos floreados en la carrocería y cristales mostraron los estragos.
Con guantes puestos, los peritos recogían los casquillos. Observaban con cuidado, con la vista ejercitada; en cada paso que daban la bolsa de evidencia se hacía más pesada. Los titulares fueron precisos, más de mil balas se desprendieron de los cargadores.

Octavio, un vecino, explica que todo se dejó venir de un chingazo, estaba afuera de su casa cuando escuchó el cacareo de las armas. No sabía para donde correr, mucho menos donde esconderse. Octavio es corpulento, de barriga amplia y brazos toscos. Se impresiona al ver el pequeño hueco donde se refugió. “No sé cómo me metí ahí”, relata entre risas.
Mientras tanto pensaba lo peor. Los hombres armados podían entrar a su hogar, usar sus ventanas como trincheras o peor, una de las balas podía matarlo. Como saberlo. “Uno en esos momentos piensa todo lo malo porque si está sucediendo una cosa fea no piensas lo bueno, lo que uno tiene es que se encomienda a Dios, sobre todo porque Dios es el único que nos protege a todos”, explicó.
La fachada de su casa también fue dañada. Desde el techo corría el agua. Uno de los tinacos fue perforado. “Uno como ciudadano entiende que Culiacán está en guerra y no son directos. Salimos afectadas las personas que no estamos inmiscuidas, pero qué podemos hacer”, se resigna.
Para Octavio, el fogueo de las armas fue eterno. Duró entre 10 y 15 minutos, pero sintió como si fuera una hora. El tiempo se ralentiza. “Ya uno está viejo con diabetes y todo, te imaginarás como andaremos ahorita. Si los jóvenes cuando tienen un evento de estos están bien paniqueados porque no estamos acostumbrados (…) estamos tensos. A mí el pescuezo me duele machín sería por el estrés o porque me hice bolita”.
A la conversación se une Javier, otro vecino de la zona. Le parece extraño que la ayuda hacía los policías haya llegado tan tarde, la Guardia Nacional se hizo presente después de media hora.
“No los apoyaron para nada -dijo Javier-, ‘oiga hubo apoyo o no hubo apoyo’-preguntó a un policía-. ‘Nadie nos apoyó’, le respondió.
Ambos coinciden en que el ataque ya era esperado. “Nosotros sabíamos que iba a pasar esto. Como te digo, como uno se lleva afuera, nos ha tocado ver comando armados que andan echando vueltas en la base. Ahí en Los Huizaches es muy común verlos”, respondió.
“Ese era el temor de uno, que tarde que temprano se iba a venir algo así de feo, porque ya ves que está muy feo todo. ¿Sabes cuándo toma soluciones el gobierno? (…) Cuando ya pasan las cosas, cuando ya pasan las desgracias es cuando toman soluciones (…). Esta caseta cuando vieron que ya estaba todo este desmadre aquí ¿Por qué no la quitaron desde un momento?, ¿qué ondas?”, añadió Octavio.
Él recuerda el momento de silencio después de que se despegan los dedos del gatillo. De fondo renace un sonido, era el Honda de José que seguía acelerando.
Artículo publicado el 20 de abril de 2025 en la edición 1160 del semanario Ríodoce.





