Las divas del cine: Hermosas, idolatradas, inalcanzables

Las divas del cine: Hermosas, idolatradas, inalcanzables

 

Se les identifica por su presencia impecable de pies a cabeza. Erguidas, decididas, de paso seguro y con el contoneo preciso para destacar sus redondas y prominentes caderas. Elegantes, glamurosas, refinadas, lucen preciosas con peinados de salón: pomposos y fijos, o sueltos con movimiento; lacios, ondulados o de rizos; de negro, castaño o rubio; con peineta o tocado, pero sin opacar jamás el bello rostro maquillado “al natural”, con pestañas largas, cejas delgadas, delineadas y alzadas, engrandeciendo la puntiaguda nariz inclinada ligeramente hacia arriba, la permanente mirada que evita pestañear para no perder el porte, y los labios carnosos que apenas se separan discretos al sonreír, ocultando la perfecta simetría de los dientes.

Portan indumentaria que potencia su equilibrada figura: vestidos entallados hasta el suelo que delinean su silueta, o ampones ligeramente debajo de la rodilla, que dejan ver sus piernas lisas y firmes; de manga larga, corta o tres cuartos; y con escotes pronunciados, cubiertos a veces sí y a veces no, por costosos abrigos. Complementan su atuendo los pendientes, gargantillas, anillos y pulseras de oro, con perlas y diamantes; cartera o bolsa (dependiendo la ocasión), zapatillas de obligatorio tacón alto, guantes y sombrero. Para demostrar que son “de mundo”, fuman (de boquilla larga) y beben alcohol (champagne, ginebra, vodka, wiski) en público.

MARÍA FÉLIX.

 

Las mujeres han representado en el cine diferentes tipos de personajes: aristócratas glamurosas, campesinas trabajadoras, obreras citadinas, exuberantes y sensuales rumberas, damas de la noche, jóvenes rebeldes, exóticas y voluptuosas ficheras, heroínas de ficción, luchadoras incansables, madres sumisas y abnegadas, profesionistas exitosas, feministas empoderadas, adolescentes enamoradas, villanas invencibles… No obstante, muy pocas permanecen vigentes a pesar de los años en la memoria colectiva como un mito: divinizadas.

Según la Real Academia Española, la “diva” es una artista del espectáculo, especialmente de la ópera, que tiene fama “superlativa”; la palabra se emplea en deidades y personajes ilustres. Si el cine, a pocos años de aparecer, creó el “sistema de estrellas” para atraer a las masas y abarrotar las salas, sólo algunas actrices lograron hacerse de una categoría que les concedió idolatría atemporal: ser una leyenda, una diva. La cantidad sería debatible (y sí, Silvia Pinal es una más y la última en México), pero indiscutiblemente en la lista están: Marlene Dietrich (cautivadora y hermosa bailarina en El ángel azul, 1930); María Félix (implacable y poderosa en Doña Bárbara, 1943); Greta Garbo (encantadora espía de guerra en Mata Hari, 1931); Ingrid Bergman (entrañable enamorada empedernida en Casablanca, 1942); Dolores del Río (impactante y valiente en María Candelaria, 1944); Katherine Hepburn (simpática aspirante a actriz en Mañana de gloria, 1933); Grace Kelly (tramposa y divertida en Atrapa a un ladrón, 1955); y Marilyn Monroe (inocente y sensual corista en Los caballeros las prefieren rubias, 1953).

DOLORES DEL RÍO.

 

Para ser y permanecer, la diva necesita de un director que le invente buenas historias, le construya personajes inolvidables; requiere de un productor que apueste todo por un proyecto que la catapulte antes, durante y después de la producción; le obliga un fotógrafo que la registre estática o en movimiento, desde del único ángulo que incremente su belleza y la reafirme como diosa adorada; no puede prescindir del iluminador que refleje en su rostro la cantidad de luz precisa para que brille aún más; y no le debe faltar el publicista que promueva verdades y mentiras de su vida privada y pública, y mantenerla de boca en boca, para que los hombres sueñen con ellas, las idealicen, deseen, se rindan ante sus pies, las colmen de atenciones y dejen todo por seguirlas (son pocos los privilegiados que lo han conseguido); para que algunas mujeres envidien su belleza y sensualidad, y que otras las admiren, quieran ser como ellas, sigan sus pasos, adopten sus ideas, imiten sus modos de andar, hablar y comportarse, y copien sus gustos en la moda.

Resulta casi imposible pensar a las divas distintas a como se ven en pantalla. Suele admitirse que en su cotidianeidad lucen y se comportan igual que sus personajes, como en las entrevistas, portadas de revista o fotos de sus viajes; que siempre son altivas, están impecables y poseen el control de la situación y de quien esté inmiscuido en ella. Es difícil visualizarlas desalineadas, casuales, modestas, sencillas y vulnerables. Pocos imaginan a Dietrich con cáncer, en soledad y deprimida; que Félix no vio crecer a su único hijo, al que su padre secuestró cuando se separó de ella, aunque sí lamentar su muerte a los 62 años; que Garbo era enemiga de la vida pública y por eso se retiró de los escenarios a sus 36; que a Bergman la operaron dos veces por cáncer de mama, del cual finalmente murió; que Del Río pasó crisis económicas y no pudo procrear; que Hepburn vivió una historia de amor en secreto; que Kelly falleció con apenas 52 años en un accidente automovilístico; y que Monroe sufría de insomnio, ansiedad y trastorno bipolar: pocos asumen y creen que también son humanas e inmortales.

Artículo publicado el 16 de marzo de 2025 en la edición 10 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

 

Lee más sobre:

Últimas noticias

Scroll al inicio

2021 © RIODOCE
Todos los derechos Reservados.