Escribo este texto animada por mi amigo Felipe Parra, quien me invitó a colaborar con la revista Barco de Papel, a pesar de mi reticencia a escribir sobre mi madre, pues no soy literata ni especialista en su obra. Sin embargo, es una oportunidad para hablar de ella desde el lugar muy particular de ser su hija. Creo que un buen punto sería comentar uno de sus primeros cuentos, breve y enigmático, de su producción literaria: La señal, pues anuncia algunas pautas importantes que estarán presentes en su cuentística. Entre éstas podría mencionar, por ejemplo, la condición social de los personajes, el clima, los hechos inesperados, los dilemas éticos y religiosos, y la significación o transformación que éstos pueden manifestar en una condición humana descrita a partir de las emociones y pensamientos de sus personajes, y que terminan enfrentándolos a una ambigua paradoja o contradicción vital que abre su percepción al misterio y lo extraordinario.
En La señal presenciamos una experiencia interior que llega hasta la médula de Pedro, el protagonista de la narración. Él, proveniente de la montaña, llega al centro de la ciudad, cansado y acalorado. Son las tres de la tarde y decide refugiarse en la catedral, de un calor que pareciera condenarlo sin piedad. Allí halla suficiente frescura y silencio para su desesperada e imposible situación. Aunque es un soñador y su carácter es sencillo, no se percibe como un creyente ni muchos menos. Sin embargo, en ese momento logra relajarse y olvidarse de sí mismo. De pronto, se acerca un obrero y le pide que lo deje besarle los pies.
Empieza, entonces, un viaje de mínimas decisiones que involucrarán todo su ser. Para Pedro esto es inconcebible pues justo su mundo es ajeno a tales ideas religiosas. Siente un enorme embarazo, pero se ve acorralado por la mirada y las palabras apremiantes del suplicante. Entonces se apiada de él y accede, pero la vergüenza lo embarga por completo al tener que descalzarse: “Estar descalzo así, como él, inerme y humillado, aceptando ser fuente de humillación para otro… nadie sabría nunca lo que eso era… era como morir en la ignominia, algo eternamente cruel”.[1]
Sin escapatoria, la humillación es insoportable, siente asco al contacto, abuso y crueldad al verse obligado a hacerlo por tratarse de un acto aparentemente inofensivo y humilde que no puede rechazar, pero que, para él, implica una equivocación, un error que lo pone en cuestión. También lo asedian, a la vez, varios dilemas: ¿quién es aquí el humillado, Pedro o el obrero? ¿Quién redime a quién? ¿Quién representa lo sagrado? ¿Ambos se salvan al ejecutar este acto? ¿Qué es lo que está en juego?
Sin embargo, para su sorpresa, Pedro recibe un beso sincero, puro, que trasciende el asco que los dos sienten, y en ese momento se permite pensar en la crucifixión, aquella que limpia los pecados. El obrero le da las gracias y se va. Él se queda llorando, pensando que él no es digno, que sus pies llevan ese estigma, pero que lo peor es que no los puede mostrar, sólo él sabe de su culpa oculta en sus zapatos: “Para siempre en mí esta señal, que no sé si es la del mundo y su pecado o la de una desolada redención”.[2] Sale de la iglesia y, a pesar de no comprender bien lo sucedido, aceptar que un hombre le ha besado los pies, lo ha cambiado todo.
Y bueno, coincido con mi tía Rosa Camelo, quien en el documental que realizó Felipe Parra sobre Inés Arredondo, comenta que La señal habla de las elecciones que hacemos los seres humanos. Incluso la que realiza Pedro en la catedral, que parecería ser un acontecimiento fortuito, podría originar en él un sentido religioso o acentuar uno mundano. Pero, yendo más allá, saber que está en nosotros el poder escoger una u otra opción lo es todo. La elección es nuestra responsabilidad y somos libres de aceptarnos o condenarnos.
De aquí que dijera al principio que hablo como hija de Inés Arredondo, como parte de la herencia de una educación familiar instruida en la religión católica. Elemento que es patente en el universo literario de mi madre, pero también aquel que responde al momento histórico que vivió la Generación del Medio Siglo a la que perteneció como escritora. ¿Y cómo llegó a eso? Primero por su amor al teatro, la literatura y la poesía. Después porque tuvo que salir de Culiacán para estudiar la secundaria y la preparatoria en Guadalajara. Y al final porque vino hasta la Ciudad de México a estudiar literatura en la unam. Todo esto apoyada por su familia y con las ganas de descubrir la verdad detrás de todas las cosas.
Pero hablar de la verdad conlleva develar algo oculto, ignorado o desconocido. Pienso que los milagros religiosos muestran hazañas y hechos grandiosos e inexplicables, curaciones espontáneas o transformaciones increíbles. ¿Pero por qué no encontrarlos en hechos humanos comunes, siendo que la vida está en constante cambio? Hallarlos en un campesino que de pronto se ve inmerso en un proceder que lo dispara a lo sagrado. A algo que ignoraba que era posible, aun yendo en contra de su propia naturaleza, de todo lo que había concebido sobre sí mismo y el mundo. ¿Acaso un cuestionamiento de este tipo no es un milagro? ¿O tendríamos que verlo como una calamidad? Entonces, ¿cómo trascender el momento de sentir la dicha o la desdicha, la ganancia o la pérdida? En este cuento la respuesta está en lo inesperado, que podríamos calificar de divino o inocuo, pero que está determinado por el amor, por aquello que nos puede unir y hacer iguales. ¿Es éste el ámbito propio de lo sagrado y de lo religioso?
Yo diría que es también de lo inevitablemente humano. Y aquí me remito a la presencia del existencialismo en la vertiente literaria de mi madre: Schopenhauer, Kierkegaard y Nietzsche; Jean Paul Sartre y Albert Camus, y otros que filósofos como Bataille, Klossowski, etc., a quienes leyó con interés en su búsqueda por entender el tránsito de lo divino a lo humano que vivió junto con su generación, una dualidad que nos vuelve a interpelar para elegir de una manera que amplíe nuestras concepciones.
Y en este reconocernos demasiado humanos también está reconocernos demasiado sagrados, pienso yo, pues darle un sentido trascendente a la existencia, ya sea simple o complicada, feliz o desgraciada, es nuestra responsabilidad. Una decisión de ir en pos de alguna generosa verdad que nos pueda cambiar y hacernos más libres y fuertes. Por encima de las diferencias, las creencias o identidades en conflicto; de las circunstancias presentes o pasadas; sin importar lo conseguido o atesorado como nuestro, lo deseado o rechazado; es decir, más allá de lo humano. Quizás así podamos llegar a concebirnos sin culpas o acusaciones, confiando en una visión amorosa que puede experimentarse en cualquier momento si nos damos el derecho de aceptarla. Cosa que mi madre sabía muy bien, después de haber elegido escribir este tipo de cuentos haciendo pequeñas y grandes elecciones.
[1] Inés Arredondo, “La señal”, en Cuentos completos, Fondo de Cultura Económica, México, 2011, p. 74.
[2] Ibid., p. 75.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 9 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






