Jamasito miento Don Dámaso

Jamasito miento Don Dámaso

“Toc-toc-toc.

—¿Quién?

Toc-toc-toc.

—¿Quién hijos de la cucaracha está tocando?” La Muerte

 

Así llegaba la muerte a la casa de Florencio Villa, mejor conocido como Güilo Mentiras, quien, en un intento por deshacerse de la huesuda con sus conocidas ocurrencias, se ganó las simpatías de la visitante, ya en confianza como todo galán de los esteros sacó a relucir sus cualidades de seductor pidiéndole bajarse los calzones, ¡cómo!, espantada la muerte salió despavorida para nunca más volver.

En otro de los relatos proclama «¡Acabemos con los cuernudos!», ¿con los cuernudos o los cornudos?, ¿cuál es la diferencia en una mente ágil? «No le tires, no le tires que a lo mejor es vaca. Burro era», poniendo en duda al interlocutor. «¡Entre tanto burro aquí, hay pocos tontos!», vaya que había burros, como medio de transporte, de carga, fiel compañero «el burro y yo», «más macho que cualquier macho prieto. Tiene hijos con todas las burras del barrio de Paderones».

Así habla el parlanchín por excelencia, la voz popular más versátil y divertida que hasta el momento se tenga memoria, eso de improvisar relatos dignos de ser escuchados en la pesca, las reuniones en las cooperativas o las cantinas.

Llegados a este punto surge la pregunta, ¿qué fue primero, Dámaso Murúa o el Güilo Mentiras?, ¿quién creó a quién?, sin la pluma de Dámaso jamás conoceríamos el «lenguaje pícaro y ocurrente» del apodado Güilo Mentiras, y sin Florencio Villa difícilmente Murúa pudiese tener la resonancia literaria que se le conoce. Se deben mutuamente para parir el extraño, maravilloso libro de cuentos como pirotecnia de una fiesta tradicional.

Me «apoderé del lenguaje», escribió Murúa, en alusión a las mentiras de Florencio Villa. Dámaso Murúa legó a las futuras generaciones una obra literaria del habla de los campos pesqueros, como también una serie de crónicas del viejo Escuinapa.

Como cuentacuentos es de sobra conocido en el ámbito cultural, siendo la figura literaria más representativa de las letras locales. Sin embargo, hay una vertiente de crónica histórica donde retrata fielmente a la población de su época.

De relato en relato van surgiendo elementos que describen cómo fue Escuinapa en el pasado mediante las peripecias cotidianas, las trivialidades. A Florencio Villa le apodaban Güilo por su delgadez pronunciada, tan seco como un cigarrillo, y más mentiroso que todas las mentiras acumuladas por la humanidad en sus miles de años. Si exagero un poco es porque en Escuinapa mentir es parte del folklor popular, jugar con las imágenes de la vida, inventar e inventarse lo inverosímil.

La parte histórica de los relatos nos hablan, no de los aconteceres importantes o que marcan la pauta social, sino de lo insignificante, el ambiente festivo en las cooperativas, las descripciones de los sitios en las zonas pesqueras, el camino a los Sábalos, el puente de la Estacada, la tradición de la virgen de Huajicori, la producción de sal en Celaya, las guerras de las changueras por hacerse de camarón, el escamoteo de la verdad y del dinero público por parte de los dirigentes pesqueros y los políticos, y toda una variedad de animales, entre los que destacan los jabalíes y los burros.

Recreaba la realidad por medio del cuento oral, burlándose de las costumbres que constituían el Escuinapa que se identificaba con la producción de sal y camarón, quedando al margen por la incorporación de nuevas fuentes de trabajo, como el mango y el chile.

Hablar de la pesca como fuente principal de trabajo es hacerlo en tiempo pasado, en ese abismo se encuentran también las formas organizativas de los pescadores como fueron las cooperativas, hoy sólo quedan los membretes para recibir subsidios ante el desastre de cada nueva temporada.

Personajes pintorescos como el Güilo Mentiras, pertenecen a un tiempo diferente al nuestro, el contexto que le dio vida a sus relatos se va perdiendo con el paso de los años y las implementaciones técnicas en el campo de los símbolos del progreso.

Dicho lo anterior, el arduo trabajo de rescate que hizo Don Dámaso Murúa tiene un valor que no mira a simple vista, no sólo es un libro de cuentos, retrata fielmente lo que somos, ligeros en el lenguaje para inventar imaginariamente lo que no podemos hacer en la realidad. Dicho proyecto sólo pudo hacerlo alguien con temple alegre y flexible, ser poseído por el lenguaje del demonio, herencia de las tradiciones populares, para dejarnos como testimonio la fantasía que fue sustento de Escuinapa.

La trascendencia de Murúa como traductor, si vale la expresión, del lenguaje campesino con esa vivacidad, nos recuerda en cierta manera la picardía que caracterizaba a las obras surgidas en la edad de oro de la literatura española. Nosotros aquí tuvimos un pícaro surgido de la realidad, mucho más fantástico que cualquier obra de arte; parlanchín, mitotero, mujeriego, cazador de animales salvajes, montador de burros, amigo del Cañas Miadas, trovador nocturno en las marismas bajo el amparo de las estrellas, fumador frecuente, bebedor empedernido, criticón de las (falsas) promesas de los políticos, quien soportaba la rebelión de las lombrices «por falta de tortillas duras», soltero y «malhumorado más que una vieja en edad quedada»,  frecuentador de los bules, pero shhh, se los juro por esta que jamasito miento, todo esto que les relato me lo contó una vez Don Dámaso Murúa, «¿no me lo quieren creer? Pregúntenle al difunto Gavica», él estuvo presente.

El autor es maestro oriundo de Escuinapa, tierra de pescadores. Escribe sobre temas culturales en revistas y periódicos nacionales.

Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 9 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.

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