El vendedor de casas Thomas Hutter (Nicholas Hoult) debe ausentarse de su hogar varios días, para ofrecer una propiedad al Conde Orlok (Bill Skarsgård), por lo cual su esposa Ellen (Lily-Rose Depp) se queda muy triste.
Después de varias dificultades en el camino, el agente inmobiliario llega al castillo del interesado sin imaginar que, tras la cordialidad de su cliente, quien cierra el trato de inmediato y sin protestar, se esconde un gran secreto que pone en peligro su vida y la de Ellen.
La nueva (e innecesaria) versión de Nosferatu (EU/2024), dirigida por Robert Eggers, no tiene desperdicio en todo lo que implica su aspecto visual: la fotografía logra un manejo del color y composición de los cuados sorprendentemente impresionantes; el empleo de la luz es de forma magistral; el diseño de producción recrea con precisión la época en la que se sitúa la trama, incluidos maquillaje, vestuario y peinados, de ahí que la mayoría de las nominaciones que tiene la película en diferentes premiaciones (BAFTA, Satellite Awards, Asociación de Críticos de Chicago, Critics Choice Awards) estén relacionados con esos rubros.
A pesar de lo anterior, la cinta con guion del propio Eggers, basado en el libro de Bram Stoker, tiene desventajas y debilidades en el tratamiento de la historia. De entrada, se trata de la reelaboración de un clásico del terror que “partió el queso” en lo referente a vampiros, el cual, si dejó algo pendiente, en parte lo resolvió otra versión varias décadas después. Por sí sola, la más
reciente Nosferatu carece de elementos que, realmente, emocionen y hagan que el espectador se interese progresivamente en la trama.
Si se quiere apreciar la película actualmente en cartelera se debe hacer con el entendido de que Nosferatu (1922), dirigida por F.W. Murnau y escrita por Henrik Galeen, fue la primera adaptación (no autorizada) de la novela de Stoker, realizada con el estilo del expresionismo alemán. Es verdad que, para esos años, quizás había varias limitantes al hacer cine, principalmente el sonido, pero la cinta es completamente funcional en lo narrativo y visual.
Además, instauró un modelo en el uso de las sombras (largas, deformes, para provocar tensión, siguiendo los pasos de El gabinete del doctor Caligari, 1919); en esa tónica, empleó objetos y escenografía grotesca; e impuso a los vampiros como malévolos e incapaces de exponerse a la luz del sol.
Nosferatu, el vampiro (1979), dirigida y escrita por Werner Herzog, a diferencia de la de 1922, tiene las “ventajas” del color y el sonido, pero carece de un ritmo adecuado y se percibe más lenta, y si bien el Conde Orlok, interpretado por Klaus Kinski, posee virtudes, el de Max Schreck, está por encima (al igual que el de Bill Skarsgård): maquillaje, vestuario, uñas largas y delgadas, orejas puntiagudas, colmillos, expresiones y mirada, lo hacen el más terrorífico.
Es entendible que para quienes jamás hayan visto Nosferatu de 1922, ni la versión de 1979, la de 2024 les parezca una excelente película, porque cuenta con los aspectos necesarios para eso. No obstante, es un hecho que los que tengan el antecedente de una o las dos más antiguas, difícilmente se encantarán con la nueva, por más sofisticada que esté. Véala… bajo su propia
responsabilidad, como siempre.







