Este 24 de noviembre se cumplió otro año de la muerte de Diego Rivera, cuya obra sigue siendo un referente en el arte y la cultura del país. Matilde Calderón dijo sobre la unión entre su hija Frida y el pintor, que era “la boda de un elefante y una paloma”. Hay algo de agravio en sus palabras, pero ¿quién no pensaría también en la belleza descomunal de los elefantes? ¿Quién dudaría de la belleza de Diego Rivera? Tal vez no fue quien la encarnaba, pero sí quien la creó. Que este breve recorrido por su vida sirva como homenaje.
Diego nació el 8 de diciembre de 1886 en Guanajuato, México. Doce años después y a pesar de la insistencia de su padre para que entrara a la academia militar, ingresó a la Academia de San Carlos, donde fue alumno del paisajista mexicano José María Velasco.
A los 21 años se instaló en España y más tarde en Francia. Allí estuvo en contacto con el impresionismo, el cubismo y otros movimientos artísticos de vanguardia. Sin embargo, una dura crítica de Pierre Reverdy provocó que abandonara el cubismo y rompiera con Picasso.
Ese mismo año, se encontró con Élie Faure, quien lo alentó a explorar el arte monumental de los frescos italianos. Años después, pero en esa misma época, Diego descubrió, sobre todo en los frescos de Giotto, la estética que daría a luz a su propio estilo: “Mi estilo nació como un niño, en un instante, con la diferencia de que a ese nacimiento le había precedido un atribulado embarazo de 35 años”.
Diego regresó a México en 1921, en un momento en que el país experimentaba un proceso de reacomodo tras la Revolución. Fue en este contexto político y social que Diego comenzó su primer mural, La creación, en la Escuela Nacional Preparatoria, ubicada en el antiguo Colegio de San Ildefonso, en la Ciudad de México. Al año siguiente, Vasconcelos le confió los patios de la Secretaría de Educación Pública. Allí trabajó durante cuatro años en un extenso ciclo mural que dio origen a una iconografía revolucionaria que, hasta ese momento, no existía. No es exagerado afirmar que Diego Rivera creó la estética de la Revolución Mexicana.
En 1929 contrajo matrimonio con Frida Kahlo. Su relación fue apasionada, llena de rupturas y reconciliaciones. Su amor continúa siendo un ícono en la cultura popular mexicana.
La fama de Rivera siguió creciendo. En 1931 fue invitado a una exposición retrospectiva en su honor en el Museum of Modern Art de Nueva York, la segunda dedicada a un solo artista.
Un año después, en 1932, inició su ciclo de murales “Detroit Industry” con el apoyo de Edsel B. Ford. Este conjunto de frescos, que celebraba la era industrial y el esfuerzo del trabajador, es una de sus obras más importantes en Estados Unidos. Sus vínculos con el marxismo generaban tensiones, y cuando en 1933 comenzó el mural “El hombre en la encrucijada” en el edificio RCA de Nueva York, una polémica en torno a la inclusión de la figura de Lenin culminó en la destrucción de la obra. Amargado y desilusionado, Rivera regresó a México, poniendo fin a su mecenazgo del capitalismo estadounidense.
A su regreso, la situación política también le resultó adversa. Había sido maltratado por la Unión Soviética y el Partido Comunista Mexicano lo expulsó de sus filas. Pese a ello, su trabajo siguió en curso. Ese mismo año retomó su obra en el Palacio Nacional.
El final de la década de los treinta estuvo marcado por su relación con Trotsky, a quien él y Frida acogieron en la Casa Azul después de que solicitara asilo político al presidente de la República. Fue en esos días cuando firmaron el “Manifiesto por un arte revolucionario”, junto con André Breton.
En 1947, una década antes de su muerte, el arquitecto Obregón Santacilia invitó a Rivera a crear un mural para el salón comedor Versalles del Hotel del Prado, un elegante hotel que estaba por inaugurarse en el centro de la Ciudad de México, frente a la Alameda Central. “Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central”, es uno de sus murales más personales. En él aparece Diego niño de la mano de una catrina, con Frida a sus espaldas en posición maternal. Ahí está su propio trayecto por la vida y la muerte y, aunque no fue su última obra, el mural tiene algo de conclusivo: el cierre del viaje.
Diego Rivera falleció diez años después, en 1957. Sus murales y obra no solo documentaron, crearon una visión y una estética de México, de la mexicanidad. Su obra es como fue él mismo: imponente y apasionada, eternamente comprometida con la búsqueda y la creación de la belleza y la justicia.
Artículo publicado el 17 de noviembre de 2024 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






