El tiempo que tenemos

El tiempo que tenemos

Justo al intentar finiquitar legalmente un matrimonio, de la manera más inesperada, Tobias (Andrew Garfield) conoce a Almut (Florence Pugh), una joven con la que conecta fuertemente desde el primer instante y con la que vive la mejor relación de su existencia.

Desafortunadamente, cuando parecía que todo era perfecto y agradable entre ellos, un diagnóstico médico los hace experimentar una terrible pesadilla y pasar una difícil prueba, que cambia por completo sus expectativas y los obliga a aprovechar a tope cada segundo juntos.

Aunque otras películas (Historia de amor, 1970; Bajo la misma estrella, 2014) han abordado extraordinariamente temáticas muy similares, la más reciente del realizador John Crowley: El tiempo que tenemos (We Live inTime/Reino Unido/2024), logra imponerse entre las historias románticas amenazadas por una complicada situación de salud, por dos aspectos que la salvan de no rayar en la cursilería y la llevan a sostenerse como una trama verosímil, perdurable y bien hecha, sin llegar a las alturas de una obra maestra.

El primer punto es que la cinta con guion de Nick Payne consigue sopesar todo lo relacionado con el particular modo en que Almut y Tobias viven su amor, y las complicaciones que llegan por una contundente enfermedad terminal. En otras palabras, la actitud de los protagonistas para demostrarse su cariño no sería creíble y se notaría exagerada, si no fuera porque el asunto de que no queda mucho tiempo para hacerlo los obliga a disfrutar al máximo lo que sucede a su alrededor.

El filme actualmente en cartelera es de esos en los que todo es posible, gracias al optimismo que se potencia cuando se hace presente el enamoramiento, entonces, no hay algo que la novia requiera, por necesidad o capricho, que el novio, “cacheteando en las banquetas”, no se lo conceda: lo que ella dice, lo apoya incondicionalmente; lo que desea, así parezca imposible, lo saca de debajo de las piedras o lo manda hacer, pero se lo cumple; si está triste, logra contentarla; si cocina algo, la convence de que sabe a gloria; y si prefiere no tener hijos, la secunda en la idea, aunque si cambia de opinión, se embarazan sin chistar.

El otro rubro que ayuda bastante a El tiempo que tenemos es su narrativa. Si bien en esto podría haber opiniones encontradas, porque, quizás, muchos espectadores preferirían una historia cronológica, lineal y sencilla, la realidad es que resulta un acierto que la trama brinque constantemente entre presente y pasado para su desarrollo y exponga la trama en fragmentos, aparentemente desconectados, porque le da credibilidad –así es como sucedería en una conversación cotidiana: las personas suelen contar un acontecimiento en partes, sin lógica ni orden.

A pesar de todo lo anterior, el gran valor de la película está en la química que logran Pugh y Garfield.

Es cierto que sus interpretaciones son estupendas y consiguen trasmitir amor, alegría, entusiasmo, optimismo, así como miedo, frustración, dolor y coraje, pero más allá de eso está lo impresionantemente bien que encajan como pareja, y lo naturales que se ven al amarse: sin duda alguna se les cree que son el uno para el otro y que están dispuestos a lo que sea para demostrarse lo que se significan. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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