Malayerba: Inés

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Para Sonia Leal: una bengala en medio de la borrasca fatal.

Más vale que se vayan. Están duros los chingazos en México: hay muchas presiones de los gringos, del comandante de comandantes, de allá de la capital, y si no se van mañana llega la policía y entonces ya no habrá chanza.

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Era un mensajero de la judicial federal. Inés y su compadre estaban pisteando alegremente. Planeaban traer la banda y seguirle durante esta noche y parte de la madrugada.

Su compadre se quedó en silencio. Cuando habló fue para decir vámonos. Pero Inés insistió: a la chingada, vámonos a seguirle, traemos a la banda y nos ponemos una buena peda, y así seguimos disfrutando de nuestra estancia en Culiacán.

No lo convenció. Vámonos compadre. Es lo mejor. Ahorita nos vamos al aeropuerto y allá nos espera un avión que en chinga nos puede llevar a la frontera, a Nayarit o Sonora. A dónde quiera. Pero vámonos ya. Creo que es lo mejor que podemos hacer.

Y ni así. Su interlocutor estaba en lo suyo. Terco, insistió. Y argumentó: estoy hasta la madre de andar huyendo, de seguir escondiéndome de estos hijos de su pinche madre. Ya es hora de enfrentarlos. Yo aquí los espero. Al fin que no les tengo miedo.

No dijo más. El compadre agarró para Bachigualato. El otro se quedó un rato ahí, en esa casa. Luego emigró a la residencia en la que vivía. Se surtió de la respectiva despensa etílica: cerveza y más cerveza, botana elemental, y mandó por la tambora.

Ahí se quedó, sumergiéndose en los brazos de Baco, ahogándose en esa prisa por encontrarle el fondo a las botellas, echándose chapuzones placenteros en esa arena movediza de la noche y las primeras horas del siguiente día.

Ahogado y sin saber cómo, alcanzó el filo de la cama y se quedó dormido. Hasta que lo despertaron su parientes. Con una voz imperativa, le dijeron: llegaron los federales.

Tomó su pistola, una escuadra. Y afuera, casi al tiempo en que él abrazaba las cachas, sus guardaespaldas caían desarmados por los agentes. Una voz, la del comandante de comandantes, le gritó del otro lado de las paredes.

Ríndete. Ríndete, Inés. No te apendejes, no dispares. No la hagas de pedo. Ríndete. Vamos a respetar tu vida. Te vamos a llevar detenido y no te va a pasar nada. Pero ríndete.

Traigo instrucciones de llevarte vivo. Mis superiores me mandaron por ti. Tengo que llevarte sano y salvo a la capital. Más vale que te dejes de pendejadas y que salgas con las manos en alto.

Inés, todavía con la borrachera rondando en su panza y su cabeza, no respondió al llamado. Dijo que pura madre. Se los va a llevar la chingada. Era su grito ahogándose, agitado, en su propia voz. Abrió fuego y le dio en la pierna a uno de los federales. Poquito querían, así que le contestaron con un errequince.

Una de las balas le entró por el costado. Llegó hasta el tórax y ahí se le alojó. Quedó tirado en su recámara. El mapa rojo emanando. El nublado de su mirada cercándolo. Entraron, lo desarmaron.
Su familia llamó a la ambulancia. Aquí nadie entra, gritó el comandante a los paramédicos. Él desangrándose, en el piso. Y el comandante viéndolo fijamente. Insistiendo en hacerle preguntas que nunca fueron contestadas.

Pero Inés siguió ahí, inerme. El nublado de su mirada lo copó todo. Estaba anocheciendo en su vida y no habría amanecer. No lo hubo para él. Nunca más.

Tenía razón aquel mensajero de la federal que les fue a advertir la noche anterior: están duros los chingazos.

Artículo publicado el 12 de febrero de 2023 en la edición 1046 del semanario Ríodoce.

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