enero 15, 2021 6:38 AM

El contexto inaudito de la muerte de Noé (VII)

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Miraba los enfrentamientos desde el interior de la llantera cuando lo alcanzaron las balas

 

Noé Beltrán tenía cuatro años trabajando en el taller. Era casado y su vida cotidiana navegaba en la media. Murió esa tarde apenas habían empezado los enfrentamientos. Fue herido como a las 3:15, dice, “Manuel”, empleado de la llantera ubicada en la plaza del City Club (la misma donde en mayo de 2008 mataron por equivocación a Edgar Guzmán, hermano de Ovidio).

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Llevaban el día como cualquier otro cuando escucharon los primeros disparos. Vieron pasar un camión lleno de soldados de la Guardia Nacional hacia el oriente, escoltado por dos “rápidas”. Los de las “rápidas” iban armados pero los del camión, no. “Como que era cambio de turno o no sé, pero se me hizo extraño que no fueran armados. Cuando llegan al semáforo les empiezan a disparar. El camión quedó un poco atravesado en la calle y los soldados se bajaron en chinga y se protegieron en las llantas y debajo de la plataforma del camión.

“Nos metimos a la oficina. Los disparos como que venían del lado del puente y luego del Sánchez Alonso. Alcanzamos a ver dos o tres camionetas. Por aquí pasó rumbo a la Obregón una camioneta de cabina roja y redilas; traía empotrada un Barret. Cuando llegó al puente que está enfrente de Coppel se metió en sentido contrario y ya no la vimos”.

Por ese rumbo quedaron varios carros quemados; un camión de la Cocacola, un camión urbano, atacaron a una patrulla y luego la quemaron.

“Nosotros nos asomábamos cuando se calmaba un poco la balacera y luego nos metíamos. Había tres soldados de la Guardia acostados justo al pie del poste del semáforo. A uno de ellos le volaron el casco. Pensábamos que lo habían matado. De hecho fue Noé quien dijo ‘¡Mira, le volaron la cabeza!’ Pero luego vimos que hacía señales con la mano como pidiendo ayuda. No supimos de donde le dispararon, pero del lado del puente, al pie de la estación de gas, estaba el bato del Barret que se ve en el video tirando hacia acá.

“Nosotros empezamos a refugiar gente porque de la plaza salió mucha raza en estampida, de Coppel, del City Club, de todas partes. Llegó una señora con un rozón en la cabeza, una línea y sangraba. Una cosita de nada más abajo y esa señora no la cuenta. Ella venía de Coppel.

“Los balazos se calmaban y salíamos a ver qué pedo. Nos protegíamos con las llanas, todo esto había llantas. Noé estaba más pegado a la puerta pero atrás de unas llantas. De pronto se escucharon balazos y que tronó la puerta. Noé se volteó hacia nosotros y dijo ‘¡Estoy herido, estoy herido!’ Mostró la mano derecha y se le veía sangre. Vente pa’cá, le dije, es un rozón. Se asustó y me volvió a decir que estaba herido. Le dije que nadie se moría por un rozón en la mano. Luego se empezó a poner pálido y se sentó. Cuando se acostó se levantó la camisa y ya un señor que se había metido aquí para protegerse dijo que tenía un balazo en el estómago. Y sí, yo no lo había visto. Era un hoyito como un ombligo en la parte derecha. No le salió y yo creo que por eso se desangró por dentro.

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“Estuvo más de una hora tirado. Había soldados y (policías) estatales afuera y les gritamos que había un herido. Al rato vinieron y los vieron y dijeron que había que pedir una ambulancia. Y la pidieron, yo creo, pero nunca llegó. Entonces se lo llevaron en una unidad de ellos que es como vagoneta, pero en cuando iba saliendo de aquí le poncharon las llantas y se quedó a media calle. Con los dos heridos, porque también habían subido a la señora que tenía el rozón en la cabeza.

“Toda esta zona había disparos. Los batos salieron por todos lados. De lado de la Escuela de Medicina bajaron varios, del lado del canal, por la extensión del Sánchez Alonso. Vimos a una camioneta de la Marina pasar en chinga con las puertas abiertas y disparando hacia el canal. Toda la plaza, la Coppel, los baños del City, quedaron marcados por los disparos.

“Supimos también que estas gentes secuestraron a dos o tres maestros de la Escuela de Medicina y se los llevaron para que atendieran a los heridos.

“Todo esto fue una corredera, los soldados estaban muy alterados y cómo no. Uno de la Guardia, cuando ya se habían llevado a Noé, llegó hasta la puerta, abrió y me dijo que saliera. Traía el rifle en alto ‘¡Sal!’, me dice y le dije ‘yo trabajo aquí’. Y le enseñaba la camisa del uniforme. ‘¿Que salgas, te digo!’ Y no salía porque estaba muy alterado. Yo traía un teléfono en la bolsa de atrás y me dijo que me diera la vuelta. Me di la vuelta poco a poco y le dije que era un teléfono, que lo iba a sacar poco a poco. Ya le estaba pidiendo a otros dos que también salieran y los plebes estaban bien asustados les dijeron que eran albañiles. En eso llegó otro y le dijo que eran civiles, que él les había ayudado a meterse a la llantera”.

“Un grupo de ‘verdes (soldados) estuvo siempre en la placita de enfrente. Al rato vimos que tenían a cuatro batos hincados con las manos en la cabeza; nunca supimos si eran de los gatilleros o no y tampoco supimos qué pasó con ellos, si los detuvieron o no sé…”

—Vino después alguien de la fiscalía?

–Sí, de la FGR. Nos estuvieron interrogando, nos dijeron que no venían por el compañero muerto, sino que estaban haciendo un recuento de todo lo que sucedió. Un compañero mío le preguntó si era cierta la cantidad de muertos de la que se hablaba, porque la verdad habíamos visto que fue muy grande la tronadera.

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No saben si la respuesta del agente fue en broma o en serio:

“Hasta ahorita llevamos contados como cincuenta”.

Artículo publicado el 18 de octubre de 2020 en la edición 925 del semanario Ríodoce.

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