abril 12, 2021 9:56 AM

Instrucciones para vivir en México

Covid-19

Para los tiempos convulsos, el humor. Y para que nadie se ofenda, lo mejor es reírse de nosotros mismos. Jorge Ibargüengoitia recurría a la ironía cruel y despiadada, reunió sus artículos del primer quinquenio de los años 70 en un librillo corto pero indispensable para estos tiempos: Instrucciones para vivir en México.

En uno de los artículos admite que trata de buscar “qué es lo que más me irrita de este país”. Encuentra defectos, pero “el principal de ellos es el estar poblado por mexicanos, muchos de los cuales son acomplejados, metiches, avorazados, desconsiderados e intolerantes. Ah, y muy habladores.” Con esa Lista de composturas, pareciera que no hay remedio. Y no lo tiene: “yo no les veo compostura ni a corto ni a mediano plazo”. Así lo escribió en septiembre de 1974.

Un año antes, había escrito sobre los Pobres pero solemnes. Aseguraba que a pesar de todas nuestras desgracias, “nos arreglamos para vivir como reyes”. En cualquier lugar, dice, “encontraremos una persona que funge como rey y que ejerce poder ilimitado”.

Artículo tras artículo, donde constantemente se apoya en la historia de México, va llegando a una conclusión: “La verdad es que desde hace mucho tiempo tengo la idea de que los mexicanos, como entes comunales, somos un fracaso”, dice.

Una de las instrucciones en los artículos de Jorge Ibargüengoitia es la forma en que los mexicanos damos las malas noticias. Nunca de manera directa. Si alguien está muriendo o si el techo nos va a caer en la cabeza, preferimos el merodeo.

Ahora que el mundo tiembla de miedo, conviene repasar aquellas instrucciones de los años 70 de Jorge Ibargüengoitia.

 

Margen de error

(ciegos) La imagen de la segunda década del siglo XXI será un carrito del supermercado empujado por un acaparador de papel higiénico, cloro y ácido ascórbico. La siguiente imagen será una muchedumbre con cubre-bocas. Da igual el país o la cultura. Eso si logra rescatarse algo del apocalipsis. Si llegara a pasar, solo podríamos esperar que se conserven todos los capítulos de los Simpson, la serie animada que en tres décadas le atribuyen predecir el futuro, incluso de esta pandemia del 2020.

Unas horas después de que en Culiacán, Sinaloa, se anunció la presencia de uno de los dos pacientes con Coronavirus que dieron positivo a las pruebas en México, el viernes 28 de febrero de 2020, los supermercados agotaron en minutos los inventarios de agua embotellada, cualquier sustancia para desinfectar y todos los medicamentos que tuvieran vitamina C. Tres semanas después aun escasean. Y en cuanto llegan se vuelven a agotar.

Un estornudo chino tiene en estos momentos al mundo en vilo. Unas semanas después de la detección del primer caso en la provincia China de Wuhan, al iniciar este año, el virus estaba fuera de las fronteras de Asia. Un par de meses después estaba en América. La facilidad con que cruza fronteras es asombrosa.

Entrando al tercer mes de la contingencia tenemos que el mundo abierto se cierra. Que la conectividad hace corto circuito. Las fronteras, casi inexistentes en la globalidad, se vuelven de hierro. Un planeta interconectado, sin distancias, abierto, busca encapsularse.

 

Mirilla

(Invisible) El mundo tiembla ante lo invisible. Aterra lo desconocido, aquello que no tiene una forma definida, pero hay la certeza de que está ahí. Ese es el mejor truco del cine de terror: da miedo lo que no se puede ver.

Llegados a este punto todo se vuelve nebuloso. Cada vez es más difícil separar información de basura. Lo sustancioso se pierde como una aguja en un pajar.

No es solo la falsedad de los datos y contenidos. Es también la lucha entre crédulos y escépticos. Los amorosos de las conspiraciones contra quienes creen todo a pie juntillas. Los extremosos contra los medias tintas. Y en un renglón aparte los aprovechados, económica y políticamente hablando.

A tres meses de la emergencia, lo que nadie ha visto son los estragos de la enfermedad. Solo hombres con trajes impresionantes y sujetos en cama.

 

Deatrasalante

(Un sinaloense en China) En la segunda semana de febrero, casi 20 días antes que se presentarán los dos primeros casos de Coronavirus en México —uno de ellos en Culiacán— Ríodoce obtuvo un testimonio directo desde el epicentro de la crisis sanitaria mundial por el coronavirus. El joven Cuauhtémoc Cortez Barceló nos narró la vida en Chengdu, una provincia China a un par de horas en vuelo de Wuhan. Desde las calles y dentro de su departamento fue contando lo que sucedía en medio de las celebraciones del año nuevo chino.

Lea: Un sinaloense narra la vida en China, epicentro del coronavirus https://bit.ly/3d6d7uc

El país oculto en sus casas, casi en paro laboral en la mayoría de las empresas y el servicio público. Los únicos negocios abiertos eran los relacionados con la venta de víveres. Estaba agotado el alcohol y los desinfectantes, y era imposible abandonar el país por la vía aérea. Internamente aun era posible moverse, excepto a Wuhan, claro.

Un mes después, otros países viven ahora lo que Cuauhtémoc Cortez Barceló nos narró. Casi como una copia intacta. Cuando él mismo vio lo que sucedía en Culiacán, las compras de pánico y la presencia del primer caso positivo, envió un mensaje diciendo que seguía seguro en su ciudad(PUNTO)

[email protected]

Columna publicada el 15 de marzo de 2020 en la edición 894 del semanario Ríodoce.

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