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Cine: Solteras

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El único propósito de Ana (Cassandra Ciangherotti) es casarse, lo cual desea con más ganas cuando se entera de que su exnovio, quien no quería boda, se compromete con esa compañera de trabajo que, según, le desagradaba. La urgencia de la chica es tal, que se inscribe a un curso para aprender a conquistar hombres, al que también acuden las desesperadas Ema (Mariana Cabrera), Sandra (Sophie Alexander-Katz), Ilse (Irán Castillo) y Lola (Flor Eduarda Gurrola), dispuestas a seguir los consejos de la estricta Lucila (Gabriela de la Garza). Muy pronto, Ana consigue citas con algunos chicos, aunque todo indica que solo Diego (Juan Pablo Medina) tiene posibilidades de enamorarla.

Como una reproducción del estereotipo acerca del significado del matrimonio para hombres y mujeres —a ellos no les interesa el compromiso; para ellas casarse es lo más importante—, en Tiempos felices (2014, en Netflix) su primer largometraje, Luis Javier M. Henaine lleva a Max (Luis Arrieta), su protagonista, un hombre, a buscar una agencia que le ayude a dejar a su novia (la misma Ciangherotti). Curiosamente, en Solteras (México/2019), que escribió junto a Alejandra Olvera Ávila, como en su opera prima, el director expone lo contrario: Ana (Ciangherotti, de nuevo), su personaje principal, una mujer, recurre a asesorías similares para encontrar un novio y casarse —interesante cameo de Arrieta como uno de los prospectos.

La constante presencia de Cassandra Ciangherotti en el cine no es casualidad —recién se le vio en Las niñas bien (2018). Ya se dijo en este espacio que, si no la más, es una de las mejores actrices de su generación, y la cinta de Henaine es otra muestra de su talento. No es su papel más logrado —quizás el de El club de los insomnes (2016) y/o Tiempo compartido (2018)—, aunque soporta hábilmente todo el peso de la historia, tanto en los momentos más dramáticos, como en los cómicos.

En general, el elenco hizo un buen trabajo. Si bien todas las chicas desesperadas por casarse destacan, también estuvieron desaprovechadas: faltaron más situaciones de ellas juntas y por separado explotando sus personajes al máximo, en su afán de encontrar esposo: la obsesión de Ana, la mojigatería de Ema, las perversiones de Sandra, la ligereza de Ilse, la extravagancia de Lola y la tiranía de Lucila.

Los finales abiertos son más provechosos y gratificantes que una resolución “dada en la boca”, con la que se limita al público de imaginar. Además de su discurso de empoderamiento de las mujeres, Solteras tiene el acierto de no ofrecer todo al espectador e inducirlo a idear desenlaces, pero no lo hace en el momento preciso. Su sorpresivo y brusco final, más que invitar a crear posibilidades de lo que pasó, deja una sensación de insuficiencia y escasez. Algo no se dijo o no se contó de manera adecuada, por lo que, tal vez, la trama no terminó.

En base a historias atrayentes, mayormente logradas y enfocadas a las relaciones de pareja; con algunos clichés, buen elenco y cierto equipo base, recurrente, lo interesante del cine de Henaine es que lo distinguen características propias, porque es un realizador que sabe lo que quiere y busca conseguirlo: con aciertos y fallas, lo intenta. En Solteras se queda ante un ejercicio decente, superior a varios filmes que alardean creatividad y originalidad, pero es de lo que más carecen. Véala… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 16 de junio de 2019 en la edición 855 del semanario Ríodoce.

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