agosto 19, 2019 11:06 am

Mujeres polacas

el tambor de hojalata

En el momento en que llego a Varsovia me vienen a mi mente dos imágenes profundamente eróticas que me recuerdan a la mujer polaca: Una, aquella estampa bucólica con que inicia la novela, y luego la película El Tambor de Hojalata, escrita por el alemán Günter Grass y donde una campesina solitaria en medio de la llanura de un cultivo de papas, con un vestido ampuloso, sirve de refugio momentáneo a un hombre perseguido por los policías en medio de la bruma matutina.

De ese refugio momentáneo, sexual, a los nueve meses nacería un niño que al ver la corrupción del mundo decide a los años no crecer más, ni hablar. Sí, no crecer ni hablar más. Y así, convertido en tamborilero va con su toque pertinaz por la Polonia de la Segunda Guerra Mundial, llamando la atención sobre los crímenes que estaban cometiéndose contra su pueblo.

La otra imagen, más cercana e íntima es la de María, la estudiante de Miguel de Cervantes, que un día tocó la puerta de mi departamento en Alcalá de Henares preguntando por una habitación que puse en renta. María era una mujer treintona, robusta, de mandíbula fuerte y una sonrisa fresca que adornaban sus grandes ojos verdes.

Me impresionaron sus pantorrillas macizas y la fortaleza de su cuerpo. Su ropa formal negra con toques de rojos resaltaba una figura rolliza de un gran encanto. Era una de esas mujeres que inmediatamente invitan a fantasear figuras elípticas.

Luego de algunas preguntas le renté la habitación y me preguntó si la esperaba para dejar la que estaba rentando en otra zona de la ciudad.

Respondí con un sí decidido. En esos días era mi cumpleaños y en un gesto de cortesía de buen vecino le invité a un convivio con amigos mexicanos y españoles. Llegó ese día puntualmente al departamento con cuatro latas de cerveza Guinness y su ropa completamente negra que le daba un encanto mayor. Su rostro ampuloso y sonrosado resaltaba en medio de una cabellera negra con notas rojizas. Luego empezó a socializar con los amigos y explicar que estaba en Alcalá por su pasión literaria, por Cervantes y El Quijote. Ella vivía en Londres y había aprovechado unas  vacaciones largas para venir a estudiar a la Universidad, donde cada año se imparte un curso sobre la obra de este escritor alcalaíno.

A los días llegó al departamento y le asigné la habitación que tenía una cama, una mesa y un perchero con una ventana que daba a la torre donde anidan cada año unas cigüeñas. Todos los días se levantaba antes que nadie para preparar su desayuno y un día me sorprendió ver que sus alimentos estaban hechos solo de aceite de oliva, ajo, verduras frescas y unas rebanadas de pan negro. Se iba temprano y no volvía hasta caer la tarde. Socializaba un poco y se encerraba en su cuarto. Seguramente para preparar la clase del día siguiente o no interferir en la vida de la casa.

Un día salí a hacer una caminata y la vi rondando la Plaza Cervantes, la abordé con unas buenas tardes, ella me respondió con una sonrisa y una luz especial en sus ojos. Entre sorpresa y gusto de encontrarse con alguien de fuera de casa. Le invité un café y aceptó. Nos metimos en uno de los cafetines donde se respiraban palabras, un fuerte olor a expreso y tabaco negro. Ahí en un apartado conversamos cómo no lo habíamos hecho por el freno extraño que provoca la relación entre rentista e inquilino. Me confió que había salido de un pueblo cercano a Gdansk durante la época comunista. Me platicó la vida miserable que se llevaba durante la época de Jaruselski y que ella era católica que deseaba un país en libertad. Que hubiera una prensa libre, libertad de credos y tránsito. Por eso vio con buenos ojos cuando los obreros de Gdansk organizados en el sindicato de Solidarisnoc tomaron las calles y sus centros de trabajo para pronunciarse en contra del autoritarismo en boga. Yo en aquel tiempo simpatizaba con el comunismo trotskista y me pareció alucinante su narración. Mientras ella gesticulaba con mucha pasión yo me perdía en la órbita de sus enormes ojos verdes.

En un receso verbal se levantó al baño y disfrute la cadencia suave de sus caderas y sus piernas que eran un portento. Volvió con la misma sonrisa con aire de satisfacción. Recordé la imagen de la madre del niño del tambor y sus enaguas que habían servido de refugio sexual.

Contrastaba sin duda alguna. Aquella en la llanura invernal y María entre el murmullo de la clientela del café. Una ficticia y otra real. Pero había algo en común en ese sentimiento de melancolía que parece perseguir a los y las polacas. ¿Será producto de su religiosidad, su talante, su espíritu?

No lo sé, ni me interesa investigarlo, lo que sí me queda claro es que esas imágenes de mujeres quedaron grabadas en mi mente. Y cómo es fácil desprender, más la de esa mujer de grandes ojos verdes, cadera firme, pantorrillas de desmayo y un anticomunismo que se ha convertido en ultraderecha en su país.

Artículo publicado el 9 de junio de 2019 en la edición 854 del semanario Ríodoce.

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