julio 18, 2019 12:02 pm

Lo que AMLO puede y no puede hacer con la 4T

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A dos meses de haber asumido el poder la llamada Cuarta transformación, todavía no sabemos lo que depara al país, aunque en un mundo tan convulsionado esto debiera verse como “normal”. Plantear la 4T sin que medie un proceso violento como las tres referencias históricas que esgrime el presidente Andrés Manuel López Obrador (Independencia, Reforma y Revolución), implica mayores retos. Aquellas se hicieron con base en la fuerza de las armas y ésta busca lograrse con las mismas leyes, la misma constitución, las mismas instituciones, el mismo régimen, el mismo sistema económico, las fuerzas armadas de su lado…

La izquierda y la derecha se diferencian sobre todo en la parte económica. Y Andrés Manuel parece tenerlo claro. Su visión social del país es muy distinta a la que tienen o tuvieron quienes lo antecedieron en el cargo, sobre todo a partir de la presidencia de Miguel de la Madrid, con la cual inició lo que se conoce como neoliberalismo y que arroparon con mucho gusto los dos gobiernos panistas que tuvimos. ¿En qué se diferenciaron los últimos seis gobiernos federales? Sustancialmente en nada. Los panistas se propusieron “sacar al PRI de Los Pinos” y lo lograron, pero el sistema no cambió un ápice y la orientación de la economía menos, pues, al contrario, la brecha de la desigualdad se abrió todavía más.

En realidad, la transformación que plantea el presidente tiene que ver sobre todo con el tema social: qué pasará con los más desprotegidos de este país, cómo reducir los márgenes de pobreza, cómo elevar la calidad de vida de los mexicanos. No está proponiendo un cambio de sistema económico—para eso sí se ocuparían muchos balazos en vez de abrazos— pero sí de formas. Por eso su acento en la lucha contra la corrupción. De hecho, la batalla que ha declarado contra el huachicoleo tiene que ver en el fondo con este tema, ahí aterriza. Su enfoque hacia la moralización de la sociedad va en el mismo sentido, aunque sea muy cuestionable eso de querer dotar a México de una “constitución moral”.

La referencia más cercana del presidente a nuestra aciaga modernidad es Francisco Ignacio Madero y tampoco él se propuso cambiar las relaciones de explotación como sí lo estaban intentando en otras partes del mundo (Rusia, por ejemplo. Y no es porque allá hubiera una vigorosa clase obrera y acá no). Su lema fue el sufragio efectivo y la no reelección y su objetivo principal, derrocar a Porfirio Díaz.

Pero en el camino al edén —para estar a tono con su lenguaje confesional—, López Obrador tiene que matar muchos dragones. Y uno de ellos es la violencia. En el tema de la corrupción se puede avanzar más o menos rápido, pero no en la lucha contra la delincuencia. Y la delincuencia —eso ya lo sabe el presidente—, empieza desde el puntero que avisa si pasa la policía por una calle, hasta los altos funcionarios coludidos con el crimen, incluyendo a muchos hombres de armas que podrían, en un momento dado, ponerse al servicio de los grandes intereses que sus medidas están afectando. Y no pienso en Carlos Romero Deschamps, un pobre enajenado del dinero a punto de clavar el pico por hastío. Sino en los que lo han movido y cobijado toda la vida, igual que a cientos y tal vez a miles de miembros de la clase política que vieron en esta actividad, durante décadas, la gran oportunidad de acumular fortunas.

López Obrador no va a instaurar el socialismo en México y tampoco ha pensado nunca en una revolución; no tiene aspiraciones de perpetuarse en el poder; quiere pasar a la historia, eso sí, como un presidente que vino a cambiar, a regenerar, a “moralizar” las formas de hacer política y conducirse en el gobierno. Sus aspiraciones tienen límites y éstos están impuestos por un sistema que tiene sus propias leyes, ajenas a sueños y diatribas.

Por eso hay que guardar la calma. Unos y otros. Andrés Manuel está poniendo todo, hasta ahora, para que la fiesta vaya en paz…

 

Bola y cadena

HA LLAMADO MUCHO LA ATENCIÓN EL ESTILO que AMLO tiene para gobernar, empezando por sus ruedas de prensa mañaneras. Ningún presidente lo hace en el mundo.  Y no es malo. Durante décadas nos acostumbraron a una relación turbia entre el Gobierno y la prensa. Al “sí, señor presidente”, “como usted diga, señor presidente”. Y a medios postrados al poder presidencial. López Obrador propone una nueva relación, menos ceremonial y más transparente. El problema es que no puede durar mucho tiempo con ese ritmo; porque es cansado para él, para los medios y para la opinión pública. Es necesario, sí, en una primera etapa. Pero nadie apostaría que va a estar así los seis años.

Sentido contrario

LA LUCHA POR LA GUBERNATURA EN Sinaloa ya empezó. Y se aprecia no por lo que ocurre en el PRI o en el PAN. Y menos en el PAS. Sino por lo que está pasando en Morena. Los senadores son los punteros de una probable contienda interna. Imelda Castro Castro y Rubén Rocha Moya. Y de ellos dependerá que las definiciones se den en buenos términos o que aflore lo que tanto vimos en los partidos que hace unos meses fueron derrotados.

Humo negro

SORPRENDIÓ JESÚS AGUILAR AL presentarse en la Universidad Autónoma de Occidente para firmar como maestro de asignatura. No se había visto, hasta ahora, a un exgobernador sinaloense en actividades académicas. El que pisó suelo poco después de haber concluido su mandato fue Renato Vega Alvarado, que, amante del beisbol, presidió la Liga Mexicana del Pacífico. Francisco Labastida, que volaba más alto, después de terminar la gubernatura fue secretario de Agricultura, de Gobernación y luego candidato presidencial en el 2000, perdiendo contra Vicente Fox. Tal vez sean los tiempos. Pero la nota no deja de ser muy buena.

Columna publicada el 3 de febrero de 2019 en la edición 836 del semanario Ríodoce.

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