La sirenita

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Una de las animaciones de Disney más queridas y exitosas es La Sirenita (1989), dirigida por John Musker y Ron Clements: una cinta creativa, divertida, con una historia capaz de encantar a cualquiera, con personajes entrañables y música merecedora de premios —mejor banda sonora original y canción en los Oscar. La producción es tan buena que no necesita precuelas ni secuelas, mucho menos versiones en live action que no estén a la altura, como resultó La sirenita (The Little Mermaid/EU/2018), realizada por Chris Bouchard y Blake Harris.

Lo mismo sucedió con el clásico de La bella y la bestia (1991), otra de las películas preferidas del público, de la que el año pasado también se hizo una versión con humanos. La cinta no fue lo que se esperaba, aunque estuvo mejor lograda que la versión de ahora de La sirenita. Entonces, ¿cuál es la intención de hacer estos filmes si ya están los originales y muy exitosos? Es cierto que es muy tentador ver la ambientación más acorde con la realidad, pero el objetivo es otro: lograr una abundante recaudación en taquilla.

Los rumores de un agua curativa son tan fuertes, que el periodista Cam (William Moseley) va hasta Mississippi para documentarlo. En el viaje lo acompaña Elle (Loreto Peralta), su sobrina de la que se hace cargo, porque de ser cierta esa información, el brebaje ayudaría a la niña a curarse de una recurrente tos.

A su llegada se enteran que el líquido milagroso está agotado, pero que en el circo donde la venden hay otros atractivos que merecen ser apreciados, entre ellos, Elizabeth (Poppy Drayton), una bella sirena con la que Cam queda encantado y Elle maravillada.

Tío y sobrina pronto descubren lo que realmente pasa detrás del telón del circo, en lo que Locke (Armando Gutiérrez), el anfitrión y dueño, tiene mucho que ver, por lo que buscan la manera de salvar a quienes puedan, en especial, a la hermosa sirena.

La sirenita tuvo todo para ser una buena película, pero se quedó en el camino, y la percepción de que es mala crece al recordar la versión de 1989. La de 2018 posee la única ventaja de que el diseño de producción logra transmitir, en ciertos momentos, un toque de misterio. Lo malo es que no hay nada más allá de colores, iluminación y puestos que ofrecen “cosas raras”.

La cinta desaprovecha personajes y situaciones que pudieron haberla hecho más interesante, atractiva y dinámica, como más actos en la pista del circo de otros con capacidades extraordinarias y poderosas, además de una sirena en una enorme pecera.

En la película pareciera que las cosas suceden solo porque sí. No se aclaran las razones del comportamiento de algunos personajes: ¿Por qué quienes tienen poderes no los usan para salvarse ellos mismos y sí cuando la sirena lo intenta? ¿Por qué si Locke sabe y ve todo, no se entera que Cam entra a su carpa o que lo espía? ¿Por qué no se da cuenta cuando el periodista intenta salvar a su sobrina? ¿Cuál es el motivo que mueve a los malos?

La cinta no profundiza en las situaciones, no es clara en la verdadera razón o eje de la historia y los actores no ofrecen interpretaciones que valgan la pena, por lo que la versión de 1989 seguirá en su memorable lugar. No se la pierda… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

Artículo publicado el 23 de septiembre de 2018 en la edición 817 del semanario Ríodoce.

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