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París puede esperar

 

 

Diane Lane as Anne Lockwood. Photo by Eric Caro, Courtesy of Sony Pictures Classics.
Diane Lane as Anne Lockwood. Photo by Eric Caro, Courtesy of Sony Pictures Classics.

La carrera de Eleanor Coppola no es nada improvisada, no sólo porque es esposa del director Francis Ford Coppola (trilogía de El padrino, 1972, 1974, 1990; Apocalipsis ahora, 1979) y mamá de Sofía Coppola (Las vírgenes suicidas, 1999; Perdidos en Tokio, 2003), sino por su propia carrera como documentalista y escritora, principalmente. París puede esperar (Paris Can Wait/EU/JP/2016) es su primera película de ficción, por cierto, inspirada en una vivencia personal.

El dolor intenso en los oídos no le permite a Anne (Diane Lane) abordar en Cannes el avión en el que viajaría a Budapest para acompañar a su esposo Michael (Alec Baldwin), por lo que Jacques (Arnaud Viard), el socio francés solterón de éste, se ofrece a llevarla a París por carretera. Como buen anfitrión, no desaprovechará la oportunidad de mostrarle a la guapa dama los atractivos que hay en el trayecto y, si es necesario salirse del camino para apreciarlos, no dudará en hacerlo.

Al principio, más que molestarle, a Anne le agradan las atenciones de Jacques, quien, además de explicarle a fondo la historia de los lugares, cada que detiene su Peugeot es una posibilidad para saborear exquisitos manjares, degustar los mejores vinos y buscar una digestión adecuada con apetitosos chocolates.

Como el deseo de Jacques es que Anne lo vea todo, para el desespero de ella, el viaje de pocas horas se prolonga, al grado de que tienen que detenerse a dormir, con el riesgo de que Michael piense que esté sucediendo algo más que amistad entre ellos.

Buena comida, vino, postres, flores, chocolates, la capacidad de Jacques para tomar los problemas como insignificantes, el aprovechar cualquier detalle y situación para sacarle lo máximo, en contraste con el poco cuidado que Michael le pone a su esposa, harán que al final del viaje, Anne no vea de la misma manera a ninguno de los dos.

Es cierto que la historia transcurre lenta, es muy repetitiva la idea de llegar a un lugar, comer, beber y apreciar. En apariencia no sucede nada e incluso las insistentes y respetuosas atenciones del anfitrión pueden llegar a enfadar, pero ahí es donde está lo más sobresaliente de la anécdota hecha película y destacable del guion: si bien conocemos su verdadero propósito desde el principio, Jacques sabe disfrazarlo muy bien, y hasta el final se mantiene como un caballero, a pesar de su atrevimiento.

Si algo se le agradece a París puede esperar es el viaje de los protagonistas por los campos franceses, rodeados de una naturaleza que invita, como lo hacen Anne y Jacques, a disfrutarla, ya sea en un picnic, viendo a los lejos las montañas, mojándose en el río, oliendo las flores o probando las hiervas silvestres que serían un buen sazón en cualquier alimento.

Lo otro que no puede ignorarse y es un deleite en la cinta es cada uno de los platillos, postres, quesos, vinos, que se suponen deliciosos, sobre todo por la forma en que se les presenta y acomoda en los platos.

Las actuaciones de los tres son muy buenas, y si bien no se trata de la gran película, la disfrutará mucho y pensará que, en realidad, visitó buena parte de Francia en hora y media. No se la pierda… bajo su propia responsabilidad, como siempre.

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