agosto 23, 2019 2:13 pm

El sobreviviente inaudito: ‘Vamos a fumarnos esta madre, de perdida’ (Parte III)

carton 3

Una vez le dije: loco, hay que tirar esta madre (los paquetes), porque si nos hallan con esto nos van a chingar. No, me decía, porque si llegamos nosotros a la orilla qué vamos a decir, se va a enojar el patrón; no, mejor déjala ahí, es mi primer viaje loco, no se hace. Como quieras, yo porque si la tiramos la lancha va a estar más liviana y podemos llegar más rápido a la orilla. No se hace.

Entonces todo seguía igual. De vez en cuando yo me tiraba al agua a bañarme y a estirarme, pero él nunca lo hizo. Luego con los tacos de chile se empezó a quejar de un dolorcito de estómago; ya no teníamos nada, buscábamos en el piso de la panga pedacitos de tortilla que había, lo que fuera; yo me comí el cinto, lo partí en pedacitos y lo remojaba en el agua y lo mascaba como chicle hasta que me los pasaba; me lo comí todo, la pura hebilla dejé. Recuerdo que tenía una figura de borrego. También me chingué el extensible del Casio. La caguama me la comía despacito, porque es muy pesada, comía un pedazo y me quedaba dormido, me daba miedo, por eso le combinaba.

A él lo veía desesperado; no comía carne de caguama y ya empezaba a verse mal. A la mercancía, donde estaba guardada, le ponen cera para que el agua resbale y no moje los paquetes; entonces él agarraba el agua con cera y la olía, se la restregaba en la cara, y yo le decía: qué ondas loco, vamos a sacar la mota, hay que fumarla de perdida, o comerla la hija de la chingada. No, me decía, porque si fumamos nos va a dar un chingo de hambre y va a ser peor; él ya se había acabado la mota y el perico que llevaba y yo también el cristal; ya andaba limpio. Yo llevaba lo necesario para dos días…

 

Al principio es el delirio

A partir de entonces empezó el sufrimiento; las cosas se empezaron a enrarecer; tuvimos un pleito porque todos los días tirábamos el ancla para tantear la profundidad y saber qué pedo, qué tan lejos andábamos. Tira el ancla, me dijo, para ver qué tan hondo andamos. Y la tiré. Luego me dijo que la subiera, luego como a los quince minutos otra vez, llevábamos 200 brazadas de cabo y no había pedo; yo andaba bien, me sentía fuerte, comíamos poquito pero comíamos… y luego pa´rriba. Y ya a la tercera como que el bato se estaba ondeando; le dije: tírala tú, no que tú la vas a tirar hijo de la chingada si ya me había dicho tu papá que eras un drogadicto y ahora que te encargó conmigo me tienes que hacer caso. Qué caso te voy a hacer cabrón, súbela tú. Pues si no la tiras te voy a echar al agua, te voy a amarrar a la ancla. Y fue por ella, y ahí viene, y me echó el ancla encima y me dio vueltas con el mecate, y me dejé caer pa´bajo y empezamos a luchar hasta que lo dominé. Agarré un cuchillo y me dijo: por piedad Gerardo, no me vayas a hacer nada. No te voy a hacer nada pero cálmate.

Y desde ese día él vivía en la proa y yo en la popa; y desde entonces yo dormía con el remo y con un cuchillo en la mano. Primero dormíamos los dos juntos debajo de la proa y ya con el pleito, como a los diez días, nos separamos, no nos hablábamos ni nada; yo seguía comiendo mi carne y me quedaba dormido, ya después se vino pa’l medio y me pidió que le diera agua salada aunque sea y le dije que no le daba nada. Me dijo que quería orinar y que no podía, que se sentía muy mal. Cómo no vas a poder, le decía yo: lo que pasa es que quieres que me acerque pa’ chingarme pero no me voy a acercar nada. Yo con la desconfianza. Entonces orinaba adentro de la lancha. Ya no podía moverse, pero de todas maneras seguía apuntando los días.

Llegó un momento en que ya no pudo pasar nada y yo seguía comiendo; ya no lamía la lancha. Yo me levantaba y él ya no, ya nomás decía: tengo hambre, tengo hambre, y le decía: pues yo también, y empezó a delirar; me decía que a mí me traían comida. Dame comida, me decía, ten piedad de mí; de dónde te voy a dar; yo miro que te traen comida, veo la panguita donde te traen, dame algo, una naranja, un “jotquey”, algo; dame un taco, un vaso de agua. Jorge, estás mal, le decía, y ya vi que estaba muy mal. Entonces ya me acerqué y me lo llevé a donde dormía yo, al camarote, porque ya me había ido para allá, porque a él le pegaba el solazo.

Y deliraba, hablaba de su mamá, le hablaba a su papá y seguía delirando: dame comida, ya llegó la panguita, no seas malo Gerardo. Deliraba mucho; le hablaba a un compadre que quería mucho, siempre hablaba de su compadre; yo le decía: cómo crees que si hubiera comida no te iba a dar, malíciala. Me acostaba, y de tanto que hablaba no me dejaba dormir: eres malo, eres muy malo, dame algo aunque sea. Me salía aturdido porque no lo aguantaba.

Como a los 13 días nos agarró un aguacero. Nosotros esperábamos la lluvia el día de San Juan, porque dicen que ese día llueve. Y sí, llovió, pero una cosa extraña es que donde andábamos nosotros no llovió nada; teníamos el agua a todo nuestro alrededor, la mirábamos cerquita por un lado y otro, pero a nosotros no nos cayó ni una gota. Chale, decíamos, ¿cómo puede pasar esto?, lo que es la naturaleza.

El caso es que ese día que lo metí pa’dentro, esa noche llovió y cachaba agua con la concha de la caguama, y le daba agua en la boca; primero cachaba agua con la hielera, pero una vez se me cayó y ya no quise, la dejé un rato para que agarrara más y se me cayó y se me vació toda. Chingada madre, decía, por qué no me la tomé ahorita que había, y dejaba de llover y luego otra vez; entonces usé la concha de la caguama, la puse recargada en el banco que estaba frente al camarote, le hice un hoyo con el cuchillo y así la cachábamos adentro.

Ese día descansó. Al otro día yo me levanté y miré una isla de pura piedra blanca y miré otra isla grande pero lejos, lejos la isla. Jorge, qué ondas, le dije, aliviánate porque ahí está una isla, para remarle para allá, y ahí vamos cada vez más hacia la isla; le tiraba las tambulacas amarradas para ver qué onda y la corriente se las llevaba en chinga hacia la isla; no pos ya la vamos a hacer; llevábamos cuatro tambulacas arriba porque pensábamos que la íbamos a hacer, que íbamos a llegar a un lugar y que llenaríamos de gasolina para seguir pa’ delante.

Y ese día, cuando le dije que había visto una isla, ya no coordinaba nada, nomás decía: hambre, comida, hambre, comida; y para eso había sacado 90 pesos que traía en la cartera y me dijo que le trajera del pueblo un “jotquey”, naranjas, plátanos, un “confleis”, mangos, manzanas; toda una lista de cosas. ¿Y a dónde voy a ir Jorge? Ve, yo sé que tú vas para allá o encárgale a los batos para comer, tengo mucha hambre.

 

Luego ya no se movió

Para mí fue una muerte muy dolorosa. Uno de esos días quiso tomar aceite; yo llevaba siempre uno o dos litros para la gasolina. Un día lo sorprendí abriendo el bote para empinárselo y cuando lo llevaba a la boca se lo arrebaté. ¿Qué estás haciendo loco? ¡Te vas a morir! Le quedó la boca manchada, ya casi no hablaba, ni se movía, y al otro día, cosa increíble, por eso yo creo en Dios y sé que existe, al otro día cayó una gaviota en el puro banco del medio con un atún, un atuncito chiquito y lo puso en el banco y se fue caminando por la falca; se me hizo tan extraño, la gaviota ahí, se quedó en la lancha y nunca se fue, por el contrario, con los días fueron llegando más. Cuando me rescataron había un montón de gaviotas en la panga…

Destacé el pescado y le di de comer a Jorge, le partí pedacitos chiquitos y se los di en la boca y comió; y ya después le eché agua y se quedó dormido ahí donde estaba; desde entonces ya no volvió a hablar, ahí se quedó, y ya no se movió para ningún lado, nomás pa’ donde lo movía el vaivén de la panga.

Era el día quince cuando murió; lo sé porque él marcaba cada día en la falda de la falca; todos los días ponía una rayita y llegó hasta el día 13, y cuando lo metí al camarote, que ya estaba muy malo, yo rayé otras dos nada más, y ya no rayé. Se murió cuando le di de comer, pero no lo quise aceptar, lo trataba igual, como si estuviera vivo. Me puse a secar el hueso y la cabeza del atuncito; ya en la noche cayeron dos pajaritos e igual, los destacé y me los comí y ya a él no le ofrecía porque según yo estaba dormido. Y así como estaba, todavía dormí dos días con él. Y como hacía mucho frío, lo abrazaba; él tenía la cabeza hacia la punta de la lancha, metido el cuerpo en el camarote y yo al revés, con los pies hacia su cara. Y cuando me daba frío, me agarraba de sus piernas.

Al otro día volvieron a caer pajaritos y desde entonces casi nunca fallaban, caían dos o tres y era lo que comía, y carne seca de caguama, agarré la que él traía en una bolsa y que nunca se comió.

Todos los días me levantaba y me lavaba la cara, y fue cuando empezó a darme miedo porque no veía nada, nada, más que el agua por todos lados. Empezaba a soñar cosas: que comía, que tomaba agua, que estaba en la casa; ahí empezó lo mío.

Dos días después de que Jorge se durmió vi otra isla, la isla grande que había visto antes; creo que era la Isla Socorro, era inmensa, me levanté en chinga y le dije a Jorge: Jorge, aliviánate, ya la hicimos, ahí está una isla. Fue el día 17 ó 18. Fui a moverlo para decirle que se alivianara, pero ya me di cuenta que estaba duro, que no se movía, que tenía los ojos abiertos; entonces me acerqué despacito y se los cerré con la mano, despacito, como para no molestarlo; entonces fue cuando me di cuenta que yo ya sabía que estaba muerto desde que le di de comer pescado y se quedó dormido, porque yo ya había visto que tenía los ojos abiertos y que no se movía. Y en las noche, cuando me abrazaba a sus piernas, me daba cuenta que estaba frío, frío, pero nunca pensaba que estaba muerto, aunque ya lo sabía, porque en mi mente me metí que estaba vivo.

Luego de cerrarle los ojos amarré dos tambulacas con el cabo para dejarlas ir, para ver qué onda con la corriente, y ya miré que las tambulacas se iban en chinga; entonces las recogí otra vez, y me amarré, me amarré a dos tambulacas, para flotar hasta la orilla; logré avanzar unos metros pero la misma marejada me volteó y ya me andaba ahogando. Tragué mucha agua. Entonces saque el cuchillo y trocé el mecate del que me había amarrado y me pesqué del mecate que sostenía la tambulaca, porque ese nunca lo solté, porque no sabía qué onda. Y ay te voy pa’ arriba otra vez. Luego de eso, ya por la tarde, me agarró una tormenta. Me volví a meter al camarote con Jorge, ya sabiendo que estaba muerto. Y me volví a agarrar de sus pies fríos…

Y cuando amaneció, chin: la isla había desaparecido.

Reportaje publicado el 9 de abril de 2017 en la edición 741 del semanario Ríodoce.

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