jueves, junio 30, 2022
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  • Dias de Impunidad

El último año siempre es más violento

 
 
 
malova
Era previsible, siempre, o casi siempre, el último año de una administración sexenal suele ser el más complicado para todos. Y el más violento. Muchas amarras se sueltan porque no tiene todo el poder ni el que se va ni el que llegará al cargo. Y en medio de estos vacíos, atrapados, expuestos, quedan la gente, el pueblo, los ciudadanos.
En una entidad como Sinaloa, una de las estructuras de gobierno más complejas y más delicadas, es la de seguridad.
Más de 7 mil homicidios no se cometen en cualquier estado durante un sexenio y Sinaloa llegará a esa cifra, siendo uno de los más violentos. El segundo después de Guerrero. Mario López Valdez, cuando se vaya, dejará este record para la historia. Ninguna administración habrá acumulado más muertes violentas que la suya, así que su discurso sobre los saldos positivos de su gobierno queda sepultado junto con cada una de estas muertes, la inmensa mayoría impunes.
Malova se ha ufanado durante mucho tiempo que redujo los índices criminales, sobre todo que bajó el número de homicidios. Pero ha utilizado para ello, de manera tramposa, la cifra de homicidios de 2010, el último año del gobierno de Jesús Aguilar Padilla, cundo se cometieron poco más de 2 mil 200 homicidios dolosos. De ahí parte, cuando la regla estadística dice que hay que medir año con año, es decir, en este caso, confrontar los números del primer año de Aguilar Padilla con el primero de López Valdez.
Si este ejercicio se hiciera, encontraríamos que las cifras más o menos coincidirían a mitad de cada administración, pues mientras con Aguilar el número de asesinatos fue subiendo año con año, con López Valdez fue bajando. Sin embargo, al final —y eso es lo que no quiere ver el gobernador— los homicidios dolosos cometidos en el actual gobierno sobrepasan ya los que se cometieron en el sexenio anterior.
¿Qué dice el gobernador de esta realidad? Nada, trata de seguir engañando a la población con el falacia de que a partir de 2011 se redujo el número de homicidios cuando en realidad ya trae más muertes violentas que todos los gobiernos en la historia de Sinaloa.
De esta parte del balance que ya hay que hacer de su administración, Malova sale muy mal calificado. Combatir la violencia y la criminalidad fue una de sus principales promesas de campaña. Y no cumplió, aunque ande repitiendo por ahí que le ha cumplido a los sinaloenses.
Otro de los ejes discursivos de su campaña fue la corrupción. Sensible como estaba la sociedad ante este problema que lacera los presupuestos, la promesa de Malova de combatirla prendió en los electores, muchos de ellos hambrientos de justicia. Pero el gobernador falló de nuevo. No solo no enderezó acciones en contra de los funcionarios que se iban —salvo algunas excepciones— sino que él mismo cayó en lo que había dicho iba a combatir. No había pasado una semana de su gobierno, cuando se destapó la compra torcida de 150 camionetas a su “padre empresarial”, Leonardo Félix, y otras compras proyectadas fueron detenidas gracias a que públicamente se ventiló que pretendían hacerse a precios inflados.
Nunca una administración de gobierno en Sinaloa había sido tan observada por instancias auditoras como ha estado ocurriendo con la de López Valdez. Y ninguna dependencia estatal escapa a los números turbios, a las compras infladas, a las obra sin licitar, a las obras que se hacen fuera, incluso, de estar programadas y presupuestadas, al desvíos de recursos, al manejo sucio de los recursos.
Y si se considera que el de Malova fue un gobierno que se propuso el cambio, el agravio a la sociedad se redimensiona. Jesús Aguilar Padilla dijo en su campaña “Vamos por más”. Y efectivamente, vinieron por más pues su gobierno fue la continuidad de lo que había hecho la corrupta administración de un cetemista, Juan Millán Lizárraga, tratando de ser  burgués. Pero López Valdez llegó con la bandera del cambio. Por eso es imperdonable que haya jugado con los sentimientos de la gente, que haya traicionado su palabra, a los que lo siguieron, a los que depositaron en él su confianza.
 
Bola y cadena
UNO DE LOS GRANDES RIESGOS DE UNA elección como la que ya está en puerta en Sinaloa es que se crucen, como seguramente ocurrirá, los intereses de la política y de los políticos, con aquellos que tienen que ver con el crimen organizado. Hace cinco años ocurrió. La mafia decidió que Jesús Vizcarra no fuera gobernador y lo logró. Para ello usaron muchos recursos, entre ellos el dinero. Pero también la operación. “Dice el señor que hay que votar por Malova”, decían a la gente los comisariados ejidales y los síndicos en la región de El Salado. Y no faltaron los muertitos. Enrique Mendívil Flores fue uno de ellos, asesinado una semana antes de la elección.
 
 
Sentido contrario
DESPUÉS DEL ATAQUE AL ENTONCES director de Seguridad Pública de Rosario, el militar retirado Miguel España (siempre nos preguntamos por qué enviaron a España a un municipio así y el ataque sufrido fue la respuesta), fue sustituido por Jorge Constantino Sajarópulos Corona, un hombre plenamente identificado con el mando único de facto, Jesús Antonio Aguilar Iñiguez. Llegó con todo el apoyo, seis camionetas de la Policía Ministerial repletas de agentes y la consigna de rescatar el municipio, quién sabe para quién. El caso es que, en lugar que la violencia cesara, se disparó. La consigna del mando fue la misma que en su momento se le encomendó al comandante Jesús Carrasco para el norte: limpiar la plaza. ¿De qué? ¿De quiénes? Por lo pronto, la guerra se ha desatado en el sur.
 
Humo negro
A NUESTROS LECTORES EN LA WEB, mil disculpas por las deficiencias técnicas, los ataques de los sin oficio y de los que, por oficio, nos hacen la vida más pesada.
 
 

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