martes, agosto 9, 2022
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Francisco Bibriesca Alas para tocar

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Francisco Bibriesca dice que no tiene alas en las manos ni siente volar cuando mueve esos dedos y sus largas uñas rasgan, tocan, danzan, soban el diapasón y viajan a través de esas cuerdas, produciendo sonidos, endulzándolo todo y nutriendo las trompas de Eustaquio.

Es el músico sinaloense que más países ha visitado, suma mil 300 conciertos en Europa, Asia, América y por supuesto México. Tiene 40 años, 20 de músico y 15 dando conciertos de guitarra clásica por el mundo. El culichi de cara de niño ahora prepara un nuevo concierto, en Bellas Artes, invitado por autoridades culturales del gobierno federal.

Cada año, una gira: Canadá, Puerto Rico, Estados Unidos, Japón, Corea del Sur, China, Tailandia, Malasia, Indonesia, Australia. Nueva Zelanda, Portugal, Holanda, Bélgica, Bulgaria, Alemania y Egipto. Ahora, está por aterrizar nuevos recorridos por Qatar, Francia, Kuwait y Arabia Saudita.

“Soy uno de los guitarristas de música clásica que más ha tocado en el mundo y he hecho mi carrera solo, sin el apoyo de nadie. Cuando empecé y quería dar conciertos, después de haber concluido mis estudios, no sabía a quién acudir. No conocía a nadie del entorno cultural. Vine a Sinaloa y nunca hubo una oportunidad de tocar, hasta que me dieron una beca del FOECA (Fondo de Estímulos a la Creación Artística) y a partir de ahí pude dar conciertos”, recordó.

Cuando concluyó la beca, agregó, quiso seguir dando conciertos, pero se le cerraron las puertas “no sé por qué, duré un año tocando puertas, de 1998 a 1999, y todas permanecieron cerradas. Ninguna se abrió. Recuerdo que alguien del área cultural del gobierno estatal me dijo ‘tienes que esperar tu turno, déjate llevar por nosotros’. Pero no quise. Nadie es dueño de los tiempos de otro”.

Bibriesca creció en la colonia Nuevo Culiacán, en la capital sinaloense, y estudió en la Escuela Nacional de Música, de 1994 a 2000. Cuando concluyó su carrera, se preguntó de qué iba a vivir, si quería dar conciertos y no podía, y deseaba dar clases, sobre todo si pretendía sobrevivir. Pensó en ese momento que era una u otra.

“No quería supeditar mi carrera a un funcionario o político. Pensé que los puestos de gobierno se acaban y cuando ellos no estuvieran ahí, se iba a acabar mi carrera. Probablemente por eso, porque no participo en cuestiones políticas ni formo parte de grupos, y no es que no me guste, no me daban trabajo ni me invitaban a conciertos, pero tampoco me concebía como funcionario de un instituto de cultura, después de haberme preparado toda la vida para ser músico, artista”, manifestó.

Ahora no pertenece a ningún bando ni le gusta ser sectario: estar en grupos o corrientes o mafias, y actuar de manera “extraña”, apoyando a unos y perjudicando a otros, solo porque son o no del bando.

Luego de algunos meses, empezaron a llegar invitaciones: de autoridades municipales, del Instituto Nacional de Bellas Artes, y de instituciones culturales de otros estados y países. Ahora lo conoce mucha gente, luego de dar tantos conciertos, a veces acompañado por la Camerata Académica de Mérida, la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes, la Orquesta de Cámara de Sydney, y la Orquesta Sinfónica Juvenil de Veracruz, entre otras, o solo, en medio del escenario y con las luces apuntándole, siguiendo esas alas que tiene pero no siente, en manos y dedos.

“Cuando toco solo hay tranquilidad. Disfruto mucho lo que hago, pero sobre todo estar en el escenario. Me he acostumbrado a esa presión, esos nervios. Ahí es cuando siento que disfruto mucho esto, donde dicen que me desdoblo, que soy otro. Yo no sé, solo siento tranquilidad. Mucha”.

Actualmente es catedrático de la Escuela Superior de Música, del Instituto Sinaloense de Cultura (ISIC), donde tiene cinco alumnos que él mismo seleccionó, porque, además de aptitudes, están respaldados por sus familias para que asuman la música no como un hobby o a la escuela como una guardería, sino como una oportunidad de desarrollo y expresión de la que no se pueden sustraer… como esas manos, esas uñas, esos brazos alados, casi invisibles, pero muy sentidos: dulce ótico.

 

 

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