mayo 8, 2021 11:10 AM

De la risa como distractor del miedo

PARQUE REVOLUCIÓN. Hoy Juan S. Millán.
PARQUE REVOLUCIÓN. Hoy Juan S. Millán.

Una calle cambia de nombre, un viejo amigo regresa después de año y medio ausente, unos hospitales que nacen enfermos tercamente se niegan a morir y al Ejecutivo le celebra el cumpleaños el Legislativo.

Si no fuera porque todo pasó, parecería una broma. Macabra, de escarnio, pero broma al fin y siempre será mejor reír que llorar.

 

MARGEN DE ERROR

(La calle) Tengo un amigo que atravesó una etapa en la vida en que para todo repetía “es lo mismo”. Comer sano y chucherías, “es lo mismo”. Beber mucho o poco, “es lo mismo”. Escuela cercana, privada o pública para el hijo, “es lo mismo”.

Lo peor es que la mayoría de las veces terminabas aceptando que tenía razón. Él mismo ahora acuñó que la única solución para el problema de bautizar y rebautizar calles puede ser recurrir a nombres de frutas: Naranja, Toronja, Manzana…

¿Acaso Álvaro Obregón se merece la calle principal en Culiacán? Peor, hace esquina con Francisco Villa —lo mandó matar—. ¿Díaz Ordaz merece el nombre de una colonia?

Nuestra tendencia es a rebautizar y a veces ni siquiera sabemos los nombres de lo que nos rodea: el amigo es el Negro o el Cerillo, el monumento son “los monos bichis”. Por eso en Culiacán a la calle de Fórum le decimos El Malecón Nuevo, no Diego Valadés ni antes Carlos Salinas de Gortari, quizás después tampoco Francisco Labastida Ochoa.

Rebautizar, sin embargo, es también apropiarse. Por eso cuando conquistas le llamas La Nueva España. Ante la falta de qué bautizar ahora se opta por rebautizar, por eso antes al Parque Revolución le pusieron a la cancha Juan S. Millán y ahora al bulevar Diego Valadés —el prestigiado constitucionalista sinaloense, de amplios méritos académicos— se le bautiza como Francisco Labastida.

Podría llamarse como sea, Pepino por ejemplo o Manzana Podrida, el punto no es Labastida y sus méritos, el punto es siempre el intento de borrar el pasado —como el PRI cuando retiró de sus galerías a Ernesto Zedillo en el 2000 y a los posteriores dirigentes que renunciaban y se cambiaban de partido—. O Vicente Fox exiliando el retrato de Benito Juárez de Los Pinos.

 

MIRILLA

(El amigo) La política necesita hígado de Prometeo y piel de elefante. Es más, cerebro de Maquiavelo para explicarse sus pasajes. Hace año y medio en Ahome se enfrentaron El Amigo y El Hijo del gobernador. Ernesto García y Arturo Duarte iban por partidos diferentes pero ambos eran cercanos a Mario López Valdez, uno con el PRI y otro con el PAN.

Los resultados fueron un encontronazo con Acción Nacional que acusaba que el gobernador Malova, apenas tres años atrás su abanderado en la contienda, los había traicionado y apoyó de lleno a su hijo y no al amigo —la vida igualmente siempre es así, se opta por el hijo antes que por el hermano—.

Hoy, Ernesto García Cota regresa como el hijo pródigo aunque no le mataron ningún becerro. Dice algunas verdades, que él no es panista, que él nunca arremetió contra el gobernador, pues es su amigo.

Ernesto García Cota aguantó, al fin que juego que tenga desquite ni quién se agüite.

 

PRIMERA CITA

(Los Hospitales) Los dos nuevos Hospitales ya son una mala telenovela: los protagonistas cada vez actúan peor, y los escritores alargan y alargan capítulos aunque no hay mucho que contar. El Galán y La Dama se enamoraron, pero las clases sociales los separaban. La Mala, siempre Güera, Bella y Delgada, sigue imponiéndose entre el amor.

Debe tener mucho “raiting” la telenovela que es necesario alargarla de nuevo.

Ya en Cuna de Lobos se desenmascaró un embarazo falso. Ya en El Maleficio, unos hombres han lanzado fuego y palabras en lenguas muertas. Fue Nada personal, Dulce desafío, y hasta Yo compro esa mujer.

 

DEATRASALANTE

(El regalo) Hubo un tiempo, en la España del siglo XVI, que a los estudiantes de la Universidad de Salamanca se les prohibía apadrinar: “que ninguno sea padrino de boda, ni bautizo, so pena de veinte días de cárcel tras la red…” los estatutos de la institución prohibían comportamientos como pedir limosna en las calles, casas o iglesias. El ordenamiento de autor anónimo, firmado en 1594 —apenas unos años después de la conquista de la Nueva España— entre muchas otras obligaciones que hoy parecerían absurdas, como andar con máscara por la ciudad o jugar a la pelota en las calles, señala que no se venderá nada fiado a los estudiantes para evitar los gastos que hacen contra la voluntad de sus padres.

Cinco siglos después, bien valdría la pena rebautizar alguna ley para prohibirle a regidores y Alcaldes rebautizar calles y monumentos, pero sobre todo, siempre, por los siglos de los siglos, pedir prestado(PUNTO)

 

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