El escritor ha encontrado su universo narrativo en la realidad del país; lo hace para que al menos quede constancia
Para Eduardo Antonio Parra, hablar de violencia en México no es una decisión temática, sino una consecuencia inevitable del entorno. No es un episodio aislado ni un recurso argumental: es el aire que se respira, el fondo constante de la vida pública y privada.
Él pertenece a una generación que ha visto cómo los límites entre normalidad y anormalidad se difuminan, cómo lo extraordinario se vuelve cotidiano y cómo esa cotidianidad obliga a replantearse la función de la literatura.
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Desde hace décadas, el autor de libros como El rostro de piedra o Desterrados, ha entendido que la narrativa no puede desentenderse del país que la produce. No busca convertir la violencia en un espectáculo. La crudeza en su obra no es provocación, es una realidad.
Su postura parte de una certeza: la literatura no corrige, no pacifica, no ordena el territorio que la rodea, pero sí deja una huella, se convierte en un archivo.
Escribe desde la distancia de la ficción, pero no desde la comodidad. Aunque parte de episodios reales, evita trabajar directamente con el dolor inmediato.
“Aunque lo que hago es ficción, sí me baso en hechos reales, pero no entrevisto a víctimas, ni nada de eso, solo lo voy recogiendo de los periódicos y lo cuento, pero no lo hago de manera inmediata, dejo que se relaje bastante”, señaló.
“Antes de escribirlo sí puede ser doloroso, pero cuando estás concibiéndolo, ya que te metes en la cuestión de creación, lo que te importa más bien es la forma, las palabras, la musicalidad, el ritmo, todo eso. Yo no denuncio, solo muestro”.
Escribir la realidad
La relación del autor regiomontano con Sinaloa no es nueva. Desde hace varias décadas, encontró lectores fieles en la región. No romantiza ese vínculo ni lo convierte en parte de un discurso de identidad.
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Reconoce que aquí su obra circuló temprano y con fuerza. Esa conexión lo ha traído de vuelta durante años, incluso después de mudarse a Ciudad de México. Cada visita al norte funciona para él como un recordatorio de origen, una forma de tomar aire en un país que cambia de ritmo según la latitud.
Aunque conoce la región y la ha recorrido con frecuencia, también reconoce que convertir a Sinaloa en un personaje literario implicaría una inmersión más profunda, una familiaridad que aún no alcanza.
“Yo vengo a Sinaloa desde el 98 más o menos y siempre me ha ido bastante bien, sí he pensado en narrarlo en mi literatura, pero necesitaría conocerlo mucho más. Como nomás vengo de viaje y es todo. Alguna vez soñé con retirarme e irme a vivir a Topolobampo, me gusta mucho su geografía”, dijo.
“Ahora que vine a Sinaloa, me decían que no lo hiciera, pero claro que estuve aquí, la feria fue una especie de oasis porque vez gente contenta asistiendo con normalidad, yo supongo que esto no se vive todos los días”.
Parra nació en Guanajuato, vive en Ciudad de México, pero el norte, para él, es como tomar aire.
“Sigo extrañando el norte muchísimo y me sigo sintiendo en casa en cualquier estado”, indicó.
Escribir sobre un país herido
En un país herido, señaló que la literatura no es capaz de frenar la violencia ni de consolar a sus víctimas, pero sí puede negarse a borrarla del mapa simbólico. Puede insistir en que lo que pasó, pasa y esa insistencia es un acto de memoria, no de esperanza ingenua.
Cuando Parra pisa Culiacán lo hace con la convicción de que la cultura funciona aun cuando el entorno se deteriora.
No cree que los libros sean refugio absoluto, pero sí que pueden impedir que el silencio se vuelva regla. Y en un país donde la violencia se normaliza con facilidad, esa resistencia mínima importa.
“La literatura sigue siendo una de las únicas vías para hablar de estos temas, al menos sirve para dejar constancia de lo que está ocurriendo”, mencionó.
“Yo aquí tuve mis primeros lectores y me da mucho gusto seguir colaborando con esta ciudad aun con lo que se vive actualmente”.
Artículo publicado en la edición 19 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



