Abrí la puerta del vapor con enormes deseos de relajarme y olvidarme por un instante de las cosas mundanas.
Un buenos días y las voces continuaron su animada charla sobre automóviles. Eran tres figuras hundidas en la niebla. Dos jóvenes hablaban entre sí y otro permanecía callado, con las manos en la cara, rechoncha, calva y la espalda cubierta de vello, como un felpudo. Los dos chicos, o no tan chicos, porque me percaté de que ambos eran hombres de cuando menos 35 años, tenían un modo de hablar que me recordaba algo, hasta que reviví con claridad la imagen de ese personaje de la TV llamado Adal Ramones.
Adal 1 insistía a su interlocutor de comprar placas de minusválido, porque argumentaba que uno se puede estacionar donde le dé la gana y circular aunque haya contingencia. Pero, advertía, hay inconvenientes.
—O sea, güey, hay que ponerle una lana. Pero la neta, cambia tu mentalidad. Es una inversión, güey, no un gasto.
—Sí, caaa, tienes razón, pero no manches, que te vean como a un discapacitado o un viejito, caaa —respondió Adal 2—. Yo prefiero las de auto clásico. Además, yo con mi Mercedes y mi viejo mustang, la armo, güey.
Adal 1 continuó su perorata sobre los automóviles y la pertinencia de comprar un modelo 2018 antes de diciembre porque bajarán muchísimo de precio. Al ver que el ánimo de Adal 2 no tenía el mismo entusiasmo, le preguntó sobre sus amoríos con una arquitecta con la que ambos trabajaban en un desarrollo y en grandes proyectos de construcción al sur de la ciudad.
—No mames, güey, es una supergolosa. Me deja out, cada vez que nos vemos. Y le encantan los restaurantes así…, de superlujo —Adal 2, se notaba excitado ante la pregunta y levantó la voz. Y ambos comenzaron a contar detalles de sus experiencias con la mujer.
—A mí me ha hecho lo mismo. Además, la verdad es que la ñora está muy buena todavía. Y no manches, güey, es una lumbrera para el business. No hay ley o norma que se le resista, ha logrado permisos para construir donde se ve más difícil —dijo con admiración Adal 1.
—O sea güey, la pinche vieja está cabrona —afirmó, Adal 2. —No manches. Los desarrollos se venden muy bien en la preventa, porque cuando se terminen van a valer el doble, y ya hay algunos destinados a los funcionarios de gobierno que emiten los permisos. Nada pendejos eligen los mejores. Están asegurando sus ingresos para ahora que nos va a ir de la chingada con el Peje y la Sheimbaum.
—Sí, no manches, el tráfico en Universidad y Río Churubusco está del nabo, pero los abogados consiguen permisos por encima de cualquier restricción. Usos de suelo apócrifos. La arqui, la última vez que me llevó a cenar, me contó cómo los obtienen. Pero la arqui dice que debemos pensar en irnos a vivir a Estados Unidos porque vamos a perder mucha chamba con la Cuarta Transformación —Y al decir, esto, Adal soltó una carcajada buscando la complicidad de la tercera figura.— O ¿usted qué opina, mi lic?
—Opino que son un par de putos y pendejos —respondió la voz gorda y bronca del tercero. Ante al azoro nebuloso de los otros—. En primer lugar, si tienen amores, eso, a quién chingados le importa. Segunda, se sienten muy chingones porque se los andan cogiendo. Son un par de niñitas a las que esa arquitecta se empina cuándo, cómo y dónde ella quiere. Tercero, además de aflojar las nalgas cuando se las pide la jefa, ustedes no tienen por qué preocuparse, papi los va a seguir protegiendo. Cuarta. Cuarta transformación mis huevos, aquí no va a cambiar nada. Lean los periódicos, vean al gabinete, vean a los personajes que van a dirigir las cámaras. Somos la misma familia. Un poco de crema a los tacos, pero seguiremos siendo lo que somos. Quinta, asuntos de alcoba y de negocios no se vienen a ventilar a lugares públicos porque son privados. Y esa pinche arquitecta de la que hablan al parecer ya nos pasó a todos por las armas.
Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en el suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



