Una madre acude a una escena del crimen en Culiacán, una ciudad donde la “normalidad” puede romperse de un segundo a otro
Era un convivio como cualquier otro. Eran varios y se habían puesto de acuerdo para hacer una carne asada, algo sencillo para pasar la tarde. Algunos jóvenes convivían en la parte de enfrente de la casa, platicaban, reían, movían las sillas para acomodarse mejor, cuando de repente: disparos.
Raymundo acababa de llegar. Él los invitó a la fiesta, relata uno de los tres jóvenes retenidos por la policía para responder una serie de preguntas. Aún habla entrecortado, como si repitiera la escena una y otra vez en la cabeza, tratando de darle un orden que no tiene.
En la parte de arriba de la casa se observa a algunos de los invitados. Unos hablan por teléfono, otros parecen estar enviando mensajes apresurados, tal vez tratando de hacerles saber a sus seres queridos que sí, que lo que se escucha en redes es verdad, que en ese lugar la pesadilla de la violencia cobró una víctima más, pero que ellos están bien. En Sinaloa, la tragedia se transmite en vivo.
La vida como la conocíamos se ha visto fracturada por una guerra entre dos facciones del Cártel de Sinaloa, que en 14 meses ha cobrado la vida de más de 2 mil personas, de acuerdo a los datos oficiales. Aquí la normalidad puede romperse de un segundo a otro, sin previo aviso, sin lógica, sin sentido.
Un teléfono que no para de sonar
Uno de los jóvenes sostiene una botella de agua con más de la mitad del líquido. El agua se mueve al ritmo del temblor de su mano. Lleva una playera blanca tipo polo, con unos detalles rojos en el cuello. Su cara es una mueca de incomprensión; sus ojos divagan hacia la pantalla del teléfono mientras uno de los oficiales repite una y otra vez las mismas preguntas con la misma entonación cansada de quien ya no distingue casos, sólo protocolos. En la pantalla del joven se lee la palabra papá.
—Me permite contestar —dice con una voz temblorosa—. Bueno, papá… estoy bien, sí estoy bien, no me pasó nada. No… no puedo irme todavía, estoy con la policía… sí, ven por mí.
El alivio del otro lado de la línea se siente incluso a distancia. El resto de los jóvenes también revisa sus teléfonos; llaman, responden mensajes, miran sus pantallas con ansiedad. Sus caras denotan un gesto que parece de culpa, pero tal vez sea sólo el agridulce sentimiento de no ser ellos las víctimas, de no ser sus padres quienes lloren.
Sin embargo, hay un teléfono que tiene más de media hora sonando sin parar, vibrando sobre una superficie dura. Nadie lo responde. Nadie puede.
¿Ya le avisaron a su mamá?
Uno de los jóvenes trata de explicar hasta donde entiende lo que acaba de vivir. Raymundo había ido a una tienda, venía caminando por la calle y, a unos metros de la casa, sobre la esquina, un grupo armado disparó desde la intersección de las calles en dirección del frente, justo donde estaban ellos, desatando un pandemonio.
—Yo corrí para adentro cuando escuché los balazos, me trepé en un muro y me pegué un putazo aquí en la mano cuando caí —le dice al oficial, mientras le muestra la mano derecha enrojecida a la altura de la muñeca.
—Nada más escuché a mi compa que gritaba: “ayuda, ayuda”; pero no podíamos hacer nada. Nosotros pasamos por él a su casa. Él nos invitó a esta fiesta; aquí no conocemos a nadie, son del Cobaes 22.
Otro joven no puede contener las lágrimas. Se recarga en uno de los coches estacionados y responde a los oficiales con una voz apenas audible:
—Mi compita… yo lo conocía desde la secundaria. Neta que no me cae el veinte, no lo puedo creer. Ahorita venía con nosotros en la camioneta.
Tras el interrogatorio, el joven revisa su teléfono y responde algunos mensajes. Después, voltea con la cara descompuesta y le pregunta a uno de sus amigos:
—¿Ya le habrán avisado a su mamá?
—Sí —responde el tercero—, creo que le dijeron a un tío.
Todos callan. Incluso parece que los teléfonos, por un momento, han dejado de sonar.
Sólo quiero saber si es mi hijo
Lleva una blusa negra y un pantalón de mezclilla azul. La acompaña una amiga que camina medio paso detrás de ella, como intentando sostenerla sin tocarla. El ritmo de sus pasos denota la prisa, el aliento contenido. Sus manos tiemblan aferradas al teléfono que pudo darle toda la calma del mundo, si tan sólo, como todos los demás, él también hubiera respondido.
La cinta amarilla que las autoridades han colocado para trazar un perímetro, y los conos de plástico numerados donde se localizaron los casquillos, no detienen su marcha. La mujer sigue avanzando.
—No puede pasar, señora, no puede… están trabajando —dice un elemento de la policía de investigación, interceptándola.
Con la respiración agitada y las manos moviéndose de manera compulsiva, suelta una frase que congela la sangre:
—Sólo quiero saber si es mi hijo.
—Entendemos, pero no puede pasar —responde la oficial, iniciando las frías palabras protocolarias—. Le tomamos una foto al cuerpo, mi compañera se la va a mostrar, pero no puede pasar porque los oficiales están haciendo su trabajo. ¿Cómo se llama su hijo?
—Raymundo… Raymundo (…)
La oficial le muestra la imagen en el teléfono. Cae de golpe, como si algo le hubiera sacado todos los huesos del cuerpo. El registro del lamento es imposible de describir. Su amiga intenta tranquilizarla, levantarla jalándola de los brazos, pero parece que se le ha ido el alma.
—Sí era, amiga… sí era…—alarga las vocales en un lamento que desgarra—. El muerto era mi hijo.
Frente a la madre derrumbada, la oficial guarda el teléfono. Mira un punto fijo en el horizonte tratando de mantener la calma; su rostro serio y sus facciones inmutables esconden el peso de lo que acaba de confirmar. Ahora debe vigilar el perímetro de la escena del crimen, mientras dos gruesas lágrimas le recorren las mejillas.
Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en la edición 1191 del semanario Ríodoce.







