La Comisión de Historia y Cultura A.C. (Comishcu) de Los Mochis recordó a Javier Valdez, periodista fundador de este semanario asesinado en Culiacán, y cuyo crimen está sin castigo integral, retransmitiendo el festival Kétche Alheyya.
Nicolás Antonio Piña Páez, presidente de la Comishcu, recordó que Kétche Alheyya nació como un gesto de resistencia pacífica ante un país herido. Como una respuesta amorosa y poderosa al asesinato del periodista Javier Valdez Cárdenas, cuya labor valiente sigue iluminando a quienes se rehúsan a callar las injusticias. Pero también es un recordatorio de todas las vidas tocadas por la violencia, aquí y en toda América Latina.
“Mis respetos y admiración a quienes se dedican a la peligrosa, incomprendida y a veces mal pagada labor del periodismo, quienes nos informan sobre acontecimientos de actualidad clara y precisa, interpretan los hechos conectando el dato con el conocimiento, vigilan, son un contrapoder que supervisa las acciones del gobierno, empresas y otras instituciones para exponer la corrupción y los abusos, crean un foro público, educan a la ciudadanía para tomar decisiones informadas sobre su presente y futuro; del 2000 a la fecha han caído 174 periodistas, y espero ninguno más”, precisó ante un público reducido, pero selecto, que se reunió en la sala “Silvia Macías de Díaz” del Centro de Innovación y Educación (CIE), ubicado en el área comercial de la ciudad.
El concierto se realizó el 16 de octubre del 2022 en el teatro griego del parque Culiacán 87, siendo un ejemplo de resiliencia pues se concibió gratuito, abierto a las familias, como un acto de cultura, memoria y reconciliación para una sociedad herida que vive con miedo.
La reedición, dijo, retrata una idea profundamente humana que, aunque parezca frágil, es la más poderosa herramienta que se tiene frente a la violencia: la palabra y el arte como caminos hacia la paz.
Recordó que en la cultura yoreme-mayo, los encuentros humanos comienzan con un saludo que no solo reconoce al otro, sino que le desea algo profundamente bueno. Kétche Alheyya es ese saludo. Su traducción literal es “que estés alegre”, pero su sentido más completo es un deseo para el corazón: “que tu alma esté plena, contenta, y que en tu interior haya alegría.”
Es un saludo de paz.
Un recordatorio de que toda convivencia humanamente sana comienza con el deseo sincero de bienestar para el otro. Por eso el concierto lleva este nombre. Porque hablar de paz no es una consigna abstracta. Es un acto cotidiano, un gesto de respeto, una apertura espiritual, expuso Piña Páez en la apertura del evento.
Este aseguró que Sinaloa, como buena parte del país, ha conocido las heridas más hondas de la violencia, pero también ha demostrado que la cultura es un territorio donde todavía se puede respirar, sanar, compartir y construir comunidad.
Rememoró que en el Kétche Alheyya se invitó a tocar al músico colombiano César López, quien concibió la famosa escopetarra, un instrumento de cuerdas creado a partir de un fusil real, transformado en guitarra.
“La escopetarra no es un símbolo bélico ni un grito de guerra. Es exactamente lo contrario: una declaración de principios. Es la renuncia voluntaria a continuar el ciclo de la violencia”, observó Piña Páez.
Es la decisión de utilizar el arte como respuesta pacífica, de quitar un eslabón más a la cadena del miedo y la destrucción, aseguró parafraseando al músico “a la violencia no se le gana enfrentándola; se le gana restándole seguidores”.
En aquella ocasión, recordó, participaron en honor de la vida de Javier Valdez y de su narrativa, los artistas David Aguilar, cantautor sinaloense reconocido internacionalmente; Natalia Aguilar, Marlla, el percusionista Daniel Borrego, Rubén Segovia en la guitarra, y José Carlos Torres Melgem en el bajo; La Banda Sinfónica Juvenil del Estado de Sinaloa, bajo la batuta del maestro Baltazar Hernández, y el Ballet Folklórico del ITESM, integrando movimiento, comunidad y tradición.
El programa, de hora y media, fue un mosaico de géneros y expresiones: canciones emblemáticas de César López como Hasta que amemos la vida y Gratitud; una adaptación del clásico sinaloense El niño perdido, interpretada por El David Aguilar; himnos universales de paz como Imagine de John Lennon. Fue, literalmente, una invitación artística a la esperanza.
Nuestro papel, como Comhiscu, es preservar la memoria histórica, pero también promover la reflexión. Y el mensaje de este concierto es uno que necesitamos volver a mirar con atención: la paz comienza cuando somos capaces de desearle alegría al corazón del otro, concluyó Piña Páez.
Artículo publicado el 23 de noviembre de 2025 en la edición 1191 del semanario Ríodoce.






