La sindicatura de Navolato está atrapada en una espiral de violencia
Ante la ola de violencia en Villa Juárez, maestros y padres de familia de la primaria Juan de Dios Bátiz, Henry Ford y Sinaloa, han solicitado a la Secretaría de Educación Pública y Cultura (SEPyC) suspender las clases presenciales y migrar a la modalidad virtual. La respuesta oficial, sin embargo, ha sido negativa y, según denuncian los docentes, acompañada de hostigamiento.
Una sindicatura bajo fuego
Desde hace meses, Villa Juárez, en el municipio de Navolato, vive atrapada en una espiral de violencia que no da tregua. Balaceras a cualquier hora del día, enfrentamientos, asesinatos y cuerpos abandonados en parcelas forman parte de la vida cotidiana. En este contexto, la comunidad escolar asegura que la asistencia presencial se ha vuelto insostenible.
“Todos tenemos miedo. Hay mucho ausentismo, los papás no quieren mandar a los niños a la escuela. De 33 alumnos a veces me van 10. Lo mejor es trabajar en línea”, cuenta María, maestra con siete años, quien incluso lleva a sus dos hijas a clases ahí.
Los hechos violentos respaldan la exigencia. El 4 de enero, la base de la Policía Estatal Preventiva en la sindicatura fue atacada; el 13 de febrero un enfrentamiento en la carretera a Costa Rica se extendió por más de 20 kilómetros y dejó cuatro muertos y cuatro heridos.
El 28 de febrero, una menor de 14 años, Regina, murió tras ser alcanzada por las balas en otro ataque. Y apenas el jueves 18 de septiembre, mientras un grupo de docentes protestaba en la SEPyC, seis personas, incluyendo un niño de 3 años, resultaron heridas en un tiroteo cerca del aeródromo “La Luna”.
Traslados bajo amenaza
El trayecto de 30 kilómetros desde Culiacán a Villa Juárez se ha convertido también en un riesgo para los docentes. “Una vez intenté rebasar una camioneta y nos cerraron el paso; los hombres en la parte de atrás nos apuntaron con sus armas. Íbamos tres maestras y mis dos hijas. Sentí que ahí nos quedábamos”, recuerda María.
Jesús Alberto, otro docente con 16 años de experiencia, sostiene que la propuesta de pasar a la virtualidad no vulnera el derecho a la educación: “Lo hicimos en la pandemia. Queremos seguir atendiendo a los niños, pero también necesitamos garantías de seguridad. Antes la violencia era de noche, ahora es a cualquier hora”.
El miedo ha cambiado rutinas enteras. Algunos maestros narran que al escuchar detonaciones durante la jornada escolar deben improvisar refugios para sus alumnos. “Hace unos días hubo una balacera en el centro, muy cerca de la escuela. Tuvimos que resguardar a los niños y no dejarlos salir. ¿Cómo podemos decir que hay condiciones?”, cuestiona Jesús Alberto.
Padres de familia: ‘No voy a arriesgar a mis hijos’
El ausentismo refleja la percepción de los padres de familia, quienes en su mayoría han dejado de mandar a sus hijos. Alejandro, habitante de la sindicatura, respalda la petición de los maestros: “Vimos un video donde en un kínder la maestra tira a todos los niños al piso en medio de una balacera y con la voz quebrada de miedo trata de tranquilizarlos. Es dramático, a mí me da mucha impotencia y mucho coraje. Yo no voy a arriesgar a mis hijos”.
Explica que la situación ya rebasó los límites de lo soportable: “Aquí no sólo me preocupo por mis hijos, es toda una comunidad. Los maestros tienen que hacer trayectos largos para llegar y están en peligro. El gobierno insiste en que todo está bien, pero todos sabemos que no es cierto”.
Nos escuchan, pero nos amenazan
El 18 de septiembre, un grupo de docentes acudió a la SEPyC para exigir formalmente el cambio a clases virtuales. Fueron recibidos por la titular, Gloria Himelda Félix Niebla, y la subsecretaria de Educación Básica, Catalina Esparza Navarrete.
Los maestros aseguran que, lejos de obtener respaldo, se sintieron intimidados. “Nos dicen que somos autónomos para decidir, pero luego a los directores les hablan para regañarlos. A mí me dijeron que me estaba metiendo en un problemón y que me atuviera a las consecuencias”, relató una maestra que pidió proteger su identidad.
Los funcionarios argumentaron que las fuerzas militares reforzarían los retenes en las carreteras La 20 y La 50, y que cada semana se evaluaría la situación. Pero para los docentes, esa promesa no cambia la realidad: “Si hay militares, ¿por qué siguen las balaceras?”, cuestiona uno de ellos.
Otro de los maestros narra que, al compartir sus experiencias en la reunión, incluso con algunas compañeras entre lágrimas, la subsecretaria Catalina Esparza reaccionó con displicencia: “Sentí que hasta se reía de nosotros. Salimos muy decepcionados”.
Silencio obligado y contradicciones
Los testimonios también apuntan al hostigamiento posterior. “Cuando decidimos no asistir un par de días porque no había condiciones, nos hablaron muy molestos. El director me llamó para recriminarme y dijo que desde arriba lo regañaron. Me dio mucho coraje porque ni siquiera podemos hablar”, relató otro maestro.
La contradicción entre el discurso oficial y la realidad es, para ellos, insostenible. “La secretaria dice que tenemos autonomía, pero luego les dice a los directores otra cosa. Entonces, ¿a quién le creemos? Si la orden es ir, aunque estemos arriesgando la vida, eso no es autonomía”, añade.
Educación entre el miedo y la incertidumbre
Gloria Himelda Félix explicó que se evaluará semanalmente si existen condiciones para asistir de manera presencial, y negó de manera categórica que los maestros hayan sido amedrentados.
“No se está forzando a los maestros a asistir, ni a los padres a enviar a sus hijos. Claro que no hay hostigamiento, incluso ayer personalmente los recibí a algunos maestros de primarias federales, reitero que son los únicos que fueron. Nosotros siempre estaremos con apertura con escuchar, esa es la constante de la secretaría, dialogar, escuchar y acompañar”.
Mientras las autoridades insisten en que “hay condiciones” para la educación presencial, la comunidad escolar describe un panorama opuesto: aulas que se vacían, niños que faltan semanas enteras y maestros que viajan con miedo.
“A veces me llegan cinco niños, algunas veces tres o de plano ninguno. Es muy bajo el nivel académico que podemos lograr así. Lo mejor sería trabajar en línea, pero no lo quieren aceptar”, resume una de las maestras.
La exigencia es clara: seguridad primero. “No estamos pidiendo privilegios, estamos pidiendo sobrevivir”, insiste otro profesor.
Las aulas de Villa Juárez se convierten en un reflejo del conflicto: bancas vacías, maestros agotados y una infancia marcada por el miedo.

MAESTROS. Clases virtuales, la exigencia.
Artículo publicado el 21 de septiembre de 2025 en la edición 1182 del semanario Ríodoce.







