Un extranjero llegó a las costas de Mazatlán, venía a instalar el gran negocio del siglo XX. Traía unos extraños baúles que, con dificultad, los estibadores colocaron en el muelle
bajo los mil cuidados que exigía el viajero.
Juan José Rodríguez
“El gran invento del siglo XX”
Digamos que, el cine es distintas cosas. Es polisemia que se desdobla en dos ideas generales: arte e industria, las cuales se entrecruzan infinitamente a través del tiempo, a pesar de que ambas guardan su propia descripción histórica. Existe, además, una historia aparte, casi marginal, la génesis del aparato cinematógrafo, más asociado a la ciencia y con ciertos tintes clasistas. En el caso de Sinaloa, el aparato Lumière y la admiración por este, desembarcaron juntos en 1897 en el puerto de Mazatlán. Las primeras presentaciones fueron exclusivas y a puerta cerrada en uno de los salones del edificio Juárez, frente a la plaza Machado, organizadas por el comerciante Juan Maxemin, quien hizo traer de Francia, tan maravilloso aparato.
A principios de febrero de 1898, la Compañía Artística Mendoza arribó al puerto de Altata, con ellos llegó el aparato Lumière. El 22 de febrero, hizo su primera presentación, la sociedad culichi le abrió un espacio digno de su envergadura, el majestuoso teatro Apolo, inaugurado apenas cuatro años atrás. Ahí se dio cita lo más granado de su sociedad para presenciar la maravilla del siglo. Las damas con vestidos elegantes de cola, encaje y sombreros con detalles de tul, muy afrancesadas. Los caballeros por su parte, de levita negra, mocasines de charol y bombín. Hasta el gran pórtico con su arco de medio punto, llegaban los carruajes jalados por caballos de fina estampa, de donde bajaban las familias y personajes más encumbrados de la región.
Poco tiempo después, durante los primeros años de 1900, la caja de luz que proyectaba fotografía en movimiento había aburrido a los intelectuales y la élite, pero, por otro lado, había cautivado al populacho, quienes asistían felices a los jacalones, como los llama Aurelio de los Reyes, espacios delimitados por unas lonas y palos. Al frente una tabla, pared encalada o lona. Aquella básica infraestructura era suficiente para que la gente se arremolinara en la entrada y pagara la cantidad de 25 centavos.
Las primeras vistas, como se les llamaba a los filmes, tenían una duración de 5 a 10 segundos, escenas cortas de personas realizando alguna actividad cotidiana, el objetivo era realizar una demostración de cómo el cinematógrafo captaba la realidad, para luego reproducirla. Algunas de las primeras filmaciones que dieron la vuelta al mundo, fueron La salida de la fábrica Lumière, en la cual se aprecia al personal salir de las instalaciones; El tren llegando a la estación, La despedida a un barco, entre muchas más. Los espectadores se emocionaban al ver estas imágenes de personas que habitaban otros confines del mundo; aunque, también hubo quienes sospecharon de poderes malévolos relacionados con las demostraciones, por lo que, condenaron dichas tecnologías.
En Culiacán, una de las sedes principales para apreciar el cinematógrafo, fue el teatro Apolo; sin embargo, había otros lugares en la ciudad donde, cada determinado tiempo, se asentaban las compañías artísticas, como el caso de los señores George T. Downie y J. K. Leonard, quienes además de montar un estudio fotográfico, ofrecían funciones de cinematógrafo. El terreno que ahora ocupa el mercado Garmendia, específicamente por la calle Rubí, donde se encuentra la venta de flores, así como el terreno que antes ocupara la Casa de Moneda, hoy Correos de México, fueron espacios para la exhibición de vistas. Ambos predios contaban con cierta elevación que convenía a las carpas, además se ubicaban en el área comercial de la ciudad.
El desarrollo del guion en la historia del cine fue el parteaguas para el despegue de lo que sería la gran industria cinematográfica que conocemos hoy en día. George Meliés, D. W. Griffith, Segundo de Chomón, Chaplin, Alice Guy-Blaché, son algunos de los primeros guionistas, entre ellos la primera mujer en el ramo y Salvador Toscano como el primer mexicano en incursionar en el guionismo, el cual impactó asimismo en el desarrollo de los espacios de exhibición.
Las historias contadas a través de las pantallas pasaron de 10 segundos a 120 minutos de duración, de tal manera que las nacientes audiencias exigieron mejores condiciones del lugar en el que se veían las películas. Fue así como surgieron el teatro-cine Luna, Cine Mundial y el cine Lírico, aunque en ellas se presentó solo cine mudo. Después de 1927, con la incorporación del sonido, la industria se fortaleció aún más y el espectáculo se volvió masivo.
Durante los años treinta y cuarenta, se construyeron en México las primeras salas con capacidad de hasta cinco mil almas. En Culiacán, el cine Avenida se convirtió en el primer cine de lujo, contaba con mil 600 butacas, aire acondicionado, alfombra, modernas luminarias, dulcería, etcétera. Aunque existían otras de tipo tropical, es decir, sin techo, como el cine REX, el Coco’s, el Alcanzar, el Humaya y el Colón. Los asistentes podían disfrutar de una película y al mismo tiempo de una fresca noche estrellada.
Para los años sesenta y setenta se abrieron las salas Reforma y Culiacán Setenta, y durante los ochenta, los Cinemas Gemelos. Espacios en los que se reprodujeron grandes obras cinematográficas como La Guerra de las Galaxias, Terminator, Aliens, Cinema Paradiso y por supuesto el cine mexicano que, aunque se encontraba en una fuerte crisis logró presentar algunas buenas opciones.
El cine es, distintas cosas, para algunos es ya, un espacio de memoria y recuerdos entrañables, para otros, un lugar de encuentro, convivencia y romance. En fin, el cine es, un transportador inagotable de mundos y emociones. ¡Larga vida al cine!
Artículo publicado el 24 de agosto de 2025 en la edición 15 del suplemento cultural Barco de Papel.



