Desde niño escuché a los mayores hablar del Guacho Félix en las sobremesas familiares. Mi padre y mi madre estudiaron en la entonces Universidad de Sinaloa, participaron en aquel teatro local de los cincuenta y fueron parte de los círculos de sociabilidad de aquella incipiente ciudad letrada; esa misma que, paradójicamente, germinaba al parejo del nacimiento de la leyenda negra del narcotráfico en la región.
En las susodichas charlas yo escuchaba una y otra vez alusiones a su brillantez oratoria y narrativa, a su vida bohemia y sus intempestivos arranques de genialidad o de puro y duro desvarío; pero nunca advertí que alguien penetrara la nuez de su pensamiento, es decir, nunca escuché, y más tarde nunca leí, algo más o menos articulado acerca de aquello que lo convirtió en un personaje sui generis y, sobre todo, en un pensador tan original como lo fue no sólo entre sus contemporáneos, sino en el conjunto de las rondas generacionales letradas del noroeste de México.
Este personaje, pues, fue un misterio para mí desde temprano: un culiacanense admirado, pero esencialmente incomprendido por sus compañeros de viaje y sólo requerido para ser citado en piezas oratorias que desvirtuaban sus ideas entre los líderes de la izquierda universitaria setentera, lo mismo que entre los editores y panegiristas (cronistas haciendo el papel de historiadores de la literatura) posteriores a su muerte.
Enrique el Guacho Félix (Culiacán, 1911-Ciudad de México, 1965) fue, ciertamente, un sinaloense, y aún más, un mexicano inusitado. Un misionero secular que, después de su salida del Seminario Conciliar Tridentino de Sonora y Sinaloa, a pocos meses de su ordenamiento, se entregó a la lucha social en las aulas del Colegio Civil Rosales (después Universidad Autónoma de Sinaloa), lo mismo que a la lucha magisterial.
Creador de instituciones como la Universidad Socialista del Noroeste y la Escuela Normal de Sinaloa, El Guacho fue fundador de revistas como Letras de Sinaloa y Resumen. Se autodenominó marxista, pero su perfil fue siempre muy cercano a la figura de Cristo y a la gesta de la Revolución mexicana. Conocedor del psicoanálisis, la antropología de Marcel Mauss, la filosofía de Ortega y Gasset y la obra de autores como James Joyce, al tiempo que, de la poesía de Jesús G. Andrade, Alejandro Hernández Tyler y Alberto Vega Olazábal, Enrique Félix Castro espigó un conjunto de tesis, tan originales como poco comprendidas, acerca de la personalidad cultural del mexicano y, sobre todo, del sinaloense.
Una de ellas alude al romanticismo lírico del sinaloense, representado por la poesía de Chuy Andrade y de “posrománticos” como Alejandro Hernández Tyler; pero al Guacho le interesaba, sobre todo, aquella mentalidad y aquella conducta cristalizadas en lo que él llamaba “romanticismo social”. Por eso, en una entrevista con Roberto Hernández Rodríguez (1949), decía: “La emoción es creadora de grandes ideales, pero es también fuente de profundas aberraciones. Nuestros sentimientos necesitan riendas, Sinaloa necesita una honda educación sentimental. Nuestra emoción debe estar a tono con la realidad económica, política y social. El único romanticismo saludable es aquel que nos permite cantar, pero arriba de los tractores. Es aquel que levanta nuestros sueños sobre la más estricta realidad”.
Ahora mismo, el legado intelectual de Félix Castro está siendo recuperado por investigadores y estudiosos menos dados a la mera erudición o al reseco propósito de dar cuenta de lo ocurrido sin más. Aduciendo la pertinencia de un nuevo punto de partida para el estudio de la realidad de esta provincia, de sus problemas, de las causas y las motivaciones del “drama y sus actores” (Nakayama dixit), algunos ensayistas hemos reformulado las hipótesis del Guacho haciendo una lectura sintomática de ese sujeto que fue, a su vez, el lector sintomático por excelencia. Desde luego que la situación del Sinaloa actual es distinta de la de tiempos de Félix Castro. De antemano, debe repararse en la presencia del narcotráfico, su violencia y su dimensión material y simbólica. Sobre esto, ciertamente, el Guacho hizo alguna observación más bien subsidiaria en su ensayo Evolución tardía de la provincia (1949), cuando intentó ofrecer el diagnóstico y las propuestas para sacar a Sinaloa de su medianía: “La agricultura que es la fuente principalísima de la riqueza regional, camina con una lentitud pasmosa, con poquísimas máquinas, con dificultades de todas clases, con sistemas eventuales que convierten el pesado trabajo de los agricultores en una extraña modalidad del albur y de lotería. Todavía más, hace poco tiempo observamos la amoral derivación agrícola del cultivo de la adormidera, en la intención del fácil enriquecimiento con el más breve esfuerzo”.
En aquellos años de la posguerra, Enrique Félix veía en esa “amoral derivación agrícola” una especie de tentador atajo al que sucumbía, tomándolo una y otra vez, el temperamento lírico (mezclado, ¿es necesario decirlo?, con la “intención del fácil enriquecimiento”). Una actitud ante la vida que, antes como hoy, no paraba mientes en la puesta en acto de la transgresión; atajo tramposo —pensaba Félix Castro—, contrario a la disciplina con que deben acometerse las actividades orientadas a la realización de la modernidad y el progreso. El Guacho no intuyó la tormenta que se avecinaba “en lo inmediato”; no obstante, en sus ideas se localiza una explicación y una hermenéutica de “mayor aliento” para calibrar las causas culturales y los alcances sociales del fenómeno de la producción y trasiego de drogas.
Por cierto, la última ruptura de una oportunidad modernizadora en la región empezaba a fraguarse apenas cuando Enrique Félix Castro sufrió el derrumbe que lo condujo a la muerte (ya a inicios de los cincuenta). Quizá otorgando razón a sus últimas y más pesimistas previsiones, lo que aconteció en la segunda mitad del siglo XX en Sinaloa fue, y sigue siendo, determinante de lo que ha ocurrido posteriormente. No se trata en este punto de una digresión tout court, sino de asuntos muy concretos, de hechos que sucedieron entonces y que, en mi opinión, dieron un apretón fuerte a la tuerca de la historia en Sinaloa.
El vuelco demográfico, el crecimiento inusitado de ciudades como Culiacán, la patología de expectativas sociales desbordadas, el estrés decisional de las instancias públicas al hacer frente al alud de demandas de la gente que bajaba de los Altos, el modelo de desarrollo agroexportador y su irracional proceso de acumulación, la infraestructura hidráulica y las primeras generaciones de desplazados, el abandono de los sistemas productivos locales, las revoluciones moleculares en la familia y la escuela, los movimientos sociales (universitarios, populares y campesinos), a todo lo cual se sumó el narcotráfico —que dio rasgos singulares al caso sinaloense en todo el país, y ello por ser el lugar en que, por así decirlo, germinó la semilla—, este abigarrado conjunto de situaciones se conjuraron para dar al traste con la promesa del Milagro Agrícola simbólicamente armonizado alrededor de la fallida (y ya para los sesenta del siglo pasado, inducida) proclama romántica de la “orgullosa sinaloidad”.
Siguiendo las pistas dejadas por Enrique Félix Castro, podría ensayarse una lectura distinta del pasado regional; una lectura potencialmente concitadora de un hecho social de conciencia. Acaso deba ensancharse un poco la mirada: dar al escenario entretelones históricos singulares. Vale la pena volver los ojos al secular carácter demediado de Sinaloa y, junto con ello, a la manera en que se ha configurado una personalidad colectiva alejada de los arquetipos clásicos de la modernización, una(s) identidad(es) más bien básica(s) y ajustada(s) a una relación muy elemental con el entorno físico y humano.
En el esfuerzo por forjar un renovado crisol de interpretación, Sinaloa puede concebirse de otra manera: el enclaustrado romanticismo tropical de sus moradores, su escaso apego a las convenciones normativas, su proximidad con el ilegalismo —en otros tiempos el contrabando de los arrieros, el bandolerismo social y el bandolerismo a secas, después la fayuca, hoy el narcotráfico—, sus agravios pendientes con las fuerzas del orden (¡dos mil pequeños caseríos y comunidades serranas desaparecidas durante la Operación Cóndor en los setenta! ), el arraigo de una subcultura gestada en el lirismo romántico (la poesía romántica, el corrido, la tambora y, ahora, el narcocorrido y sus mil derivaciones) y en una matriz regional interpeladora de los poderes formales, pueden servir de referencia a las indagaciones que den paso a una mínima y necesaria hermenéutica de la violencia, así como del déficit de cohesión y propósito civilizatorio que padecen las gentes de esta parte del noroeste mexicano.
Por este rumbo puede avanzar una nueva indagación sobre el legado del Guacho Félix, un pensador del que hay que recobrar su tiempo y, especialmente, su perspectiva.
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Ronaldo González Valdés. Culiacán, Sinaloa (1960). Sociólogo, historiador y ensayista. Sus últimos libros publicados son George Steiner: entrar en sentido (Prensas de la Universidad de Zaragoza, España, 2021), Culiacán, culiacanes, culiacanazos (Ediciones del Lirio, México, 2023) y Tiempo y perspectiva: El Guacho Félix, misionero secular (UPES, México, 2024).
Artículo publicado el 24 de agosto de 2025 en la edición 15 del suplemento cultural Barco de Papel.



