Al iniciar los años 40, Sinaloa seguía siendo gobernado por coroneles que con su arribo al poder cobraban su cuota de participación en la revolución, mas, a estas alturas la vida, ya les pesaba en su espalda, se habían hecho viejos fomentando rencillas, así que el asesinato del gobernador Rodolfo T. Loaiza en el carnaval mazatleco de 1944 acabó con los resabios del cardenismo y el ávilacamachismo se impuso en Sinaloa a través del Gral. Pablo Macías Valenzuela.
Don Pablo, en un gesto que sería inexplicable dada su formación militar, pero así fue la historia, en una comida de precampaña, su imaginación se extasió al escuchar hablar sobre la educación a Enrique Félix Castro, quien vivía en la Ciudad de México después de haber sido expulsado de Sinaloa por su participación en las jornadas de 1938 contra el gobernador Alfredo Delgado; don Pablo lo repatrió y en 1945 lo designó director de Educación. Félix Castro convenció al general de que su gobierno se distinguiría del resto de las administraciones por poner en marcha el más ambicioso programa escolar a lo largo y ancho del territorio estatal, bautizándolo como “el sembrador de escuelas”, lisonja que lo halagó y con ello logró la apertura de 240 espacios educativos que, a pesar del raquítico sueldo que recibían los maestros, implicó una carga de considerable magnitud en el presupuesto estatal, ya que cada escuela que se abría era registrada en un renglón de las erogaciones como una obligación a cumplir.
Estas semillas que se sembraban eran, hay que decirlo, escuelas de primeras letras que cabían en un aula construida por los padres de familia, quienes en solidaridad cobijaban a los maestros en sus casas, en muchos casos proporcionándoles su alimentación. Estas escuelas, consideradas en la sencillez de su magnitud, fueron el germen de cambios, primero en el núcleo familiar y luego social, porque los maestros, muchos de ellos egresados de la educación primaria superior, así como otros lo eran de las aulas del Colegio Civil Rosales, desde luego más calificados que los primeros, eran portadores de nuevas conductas y valores, como fueron la disciplina escolar, el respeto, normas higiénicas, información política, formas de recreación, conocimientos y posibilidad de hacer gestiones para organizar un sindicato, solicitar tierras, en fin, hasta cuestiones de gastronomía se llevaron a las comunidades.
Con el maestro o maestra, había arribado a la comunidad el portador de un nuevo modelo de vida, pero el proyecto de Félix Castro iba más allá y cuando el Estado mexicano reformó la Constitución y decidió apropiarse de la educación disponiendo que la formación de los maestros era materia de su exclusividad, entonces se le abrió la posibilidad jurídica de crear una escuela para formar a los profesores que la revolución mexicana necesitaba, cerrando el ciclo que había iniciado al dirigir la misión cultural creada en los años veinte, para orientar ideológica y técnicamente a los maestros en servicio.
Con ese antecedente, puso en marcha un proyecto educativo tan ambicioso como necesario, empezando por retirar la carrera de preceptor de primeras letras de la vieja casona de estudios creada por don Eustaquio Buelna que se habían mantenido durante 75 años cambiando de nombre, pero no de objetivos. Emilia Obeso López, Agustina Achoy Guzmán, Isidro Salas Barrón, Inocencio Cervantes Briseño, Claudio Meza Vidales, Josefina Pina León y un conjunto de jóvenes habían egresado de las aulas rosalinas con una formación orientada al servicio de la comunidad; eran maestros y conductores sociales distinguiéndose algunos como organizadores ejidales y otros del sindicato magisterial.
Con los aires de una revolución cuarentona, todavía muy esperanzadora, era necesario que el maestro recibiera una formación diferente ya que habría de convertirse en el agente de cambio social que requerían los nuevos tiempos del nacionalismo revolucionario, sobre todo, tenía que saber más para transmitirlo mejor a sus alumnos: había que dotarlo de más técnica de la enseñanza, más saber, pero y sobre todo, tenía que conocer la historia de Sinaloa para que infundiera en sus pupilos el amor al terruño que afincara un sólido sentimiento de sinaloidad, había que cimentar con firmeza la identidad del sinaloense, y ahí se encontraba don Antonio Nakayama, con sus primeros apuntes que se convertirían en los libros, ahora clásicos, de historia regional.
Ochenta años después de iniciada esa aventura académica, hemos hecho de la historia regional una materia de estudio elevada a la categoría de carrera profesional, lo que denota su vertiginosa transformación y el valor que los sinaloenses le hemos conferido a la investigación y conocimiento de nuestro pasado.
Y así fue que, por decreto, el 18 de abril de 1947 empezó a funcionar la escuela normal vespertina, escribió Artidoro Cámez, testigo presencial, en su libro Historia de Vida. Una vez reconocida su capacidad jurídica y asignado el presupuesto para su operación, el Guacho alzó el vuelo, se fue a la Ciudad de México y el general gobernador se vio obligado a cesarlo y designar otro director de educación.
Así que, a estas alturas de la vida, a trasmano en este trajinar por el tiempo, podemos preguntarnos:
¿A qué vino Enrique Félix Castro a Sinaloa, invitado por don Pablo?
¿Vino a sembrar escuelas? ¿Traía un proyecto educativo escondido bajo la manga o las circunstancias obraron a su favor?
¿Qué ha pasado con aquella visión romántica del Sinaloa que tanto describió Félix Castro?
Ochenta años después, mucho se puede especular sobre lo que Félix Castro quería hacer, pero lo que sí podemos afirmar es que las consecuencias de aquella firme decisión de sembrar escuelas son notorias, porque las energías multidimensionales de la irradiación del quehacer educativo han contribuido a desarrollar un estado totalmente diferente al que existía en aquel entonces, consecuencias generadas por el empuje constante y permanente, casi invisible a nuestros ojos, porque la educación, como la vida, va abriendo diariamente otras posibilidades de existencia a las nuevas generaciones, sumándose a su favor los avances tecnológicos, la agilidad de las comunicaciones, la consolidación de un cierto grado de conciencia política y el deseo de ser mejor familiar y socialmente.
Con el permiso de la brevedad, voy a ejemplificarlo con lo siguiente:
En 1940, hace 80 años un padre de familia, deseaba con todo su corazón, pero veía como imposible, que su hijo pisara las puertas de la universidad; hace 60 años, nuestros padres sabían que tenían que hacer un gran esfuerzo familiar para que su retoño se inscribiera en una carrera profesional, —y si no que lo digan los angosturenses, que mandaron sus hijos al politécnico— pero sabía que podía lograrlo; hace 60 años, con la autonomía otorgada por Leopoldo Sánchez Celis, la Universidad inició un proceso de desarrollo que detonó las posibilidades de acceso a sus carreras y en nuestros días bien podemos decir que no estudia una carrera profesional quien no quiere hacerlo.
Volviendo al caso de Enrique Félix Castro y las escuelitas-semilla sembradas en tierra fértil en 1945-48, al siguiente año, aquella comunidad escolar que había aprendido a leer y a escribir ya tenía necesidad de avanzar en el proceso educativo, tenía que construirse otra aula para los alumnos que pasaron a segundo grado y darle vía libre a la fuerza del saber más; al avanzar al tercer grado requería otro maestro, aunque muchas veces con uno se sostuvo, y así se fue abriendo el camino combatiendo el muro de la ignorancia y promoviendo la expansión del conocimiento, pasando de la educación básica a la primaria superior, imponiendo sus requerimientos a tal grado que en los años 60 del siglo anterior, en algunas cabeceras municipales se pensó en la organización de una escuela secundaria, por lo cual el gobernador Sánchez Celis les dijo a los maestros: “Mi compromiso con el presidente López Mateos es impulsar la educación primaria, ustedes creen la secundarias, el gobierno les reconocerá la validez oficial de los estudios y con el apoyo de los padres de familia cubran la nómina”.
Así quedó atrás la escuela secundaria de la universidad y se sembraron las escuelas secundarias SNTE 53 por cooperación que en los años 80 el gobernador Toledo Corro estatizó presupuestalmente, con apoyo económico del gobierno federal, para garantizar el acceso de sus egresados a los nacientes Cobaes.
En tres generaciones, o sea en el tránsito de 80 años, aquellas semillas sembradas durante el gobierno del Gral. Macías Valenzuela —por influjo o buen consejo de Enrique Félix Castro, el Guacho para sus amigos—, se habían convertido en un árbol frondoso, y entre todas, en un bosque vivificante en materia cultural, que daba cobijo a miles de jóvenes que tocaban las puertas en el bachillerato y pronto empezarían a patear las puertas de la educación superior, un estallido de masificación que para nosotros es imposible olvidar. Así como hubo secundarias por cooperación, también abrieron sus puertas escuelas preparatorias que se incorporaron a la máxima casa de estudios o a la SEP, otras se definieron por su carácter privado, sin faltar las oficiales, que sufrían las presiones derivadas de las infaltables recomendaciones oficiales.
Artículo publicado el 24 de agosto de 2025 en la edición 15 del suplemento cultural Barco de Papel.



