En Tacuichamona, fue una masacre, dicen pobladores

En Tacuichamona, fue una masacre, dicen pobladores

Habitantes señalan que policías estatales entraron por primera vez y fueron los perpetradores; en la refriega murió Jesús Norberto Larrañaga Herrera, el 30

El gobierno entró chicoteado por los caminos de terracería. Venían correteando a los plebes. En el rancho, algunos todavía estaban dormidos; otros apenas se despabilaban. Los que andaban de pie ya habían visto circular las dos camionetas: eran los plebes que andaban amanecidos.

Desde muy temprano — el sábado, a eso de las 6:00 de la mañana—, el camino lodoso de la comunidad Estancia de los García, perteneciente a la sindicatura San Francisco de Tacuichamona, al sur de Culiacán, hundió los casquillos que presuntamente dispararon agentes de la Policía Estatal. Las ráfagas sonaron y el rancho terminó por levantarse.

Las dos camionetas donde viajaban los plebes —una Mitsubishi L200 y una Jeep Rubicon, ambas de color gris— quedaron perforadas por los calibres de los elementos sobre el camino que conduce a Estancia de Abajo. En la Jeep viajaba Jesús Norberto Larrañaga Herrera, alias el 30, y Jesús Alexis Lizárraga Alvarado, quien presuntamente era empleado en la sindicatura, la cuatro por cuatro quedó varada arriba de un cerco de palos; extraoficialmente, se señalaron dos cuerpos al interior de la Mitsubishi.

Desde septiembre de 2024, la Oficina de Control de Activos Extranjeros (OFAC) del Departamento del Tesoro de Estados Unidos tiene fichado al 30, identificado como operador de Ismael el Mayo Zambada y señalado por obtener ganancias ilícitas vinculadas al Cártel de Sinaloa.

“Mi clave es el 30, Chuy pa’ mi familia / Aquí sigo al tiro, para toda mi clica”.

Lea: Confirman muerte del ‘30’ en Tacuichamona, identificado por EU como operador del ‘Mayo’

Supuesta ‘masacre’

La mañana del domingo, decenas de familias se amontonaron en el pórtico de una casa, a unos cuantos metros de los abatidos. Tenían los pies llenos de lodo; el día anterior había llovido a cántaros. La congregación esperaba a los visitadores de la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH), quienes atendieron la denuncia de un supuesto uso exacerbado de la fuerza por parte de las autoridades: fue una “masacre”, dijeron.

Miraban con desconfianza al grupo de policías que resguardaban el área, los cuerpos llevaban ya 28 horas en el lugar y aún nadie había podido reconocerlos. Habían pasado toda la noche ahí, señalando que permanecían los mismos que habían disparado contra los vehículos.

Las familias se cuchicheaban entre sí, los acusaban. Decían que era la primera vez que los Estatales entraban al rancho; nunca habían estado. Ejército y Marina hacían sus recorridos, de vez en cuando, pero ¿policías? Jamás.

En el enfrentamiento, participaron cuatro unidades de agentes estatales. Simultáneamente un helicóptero artillado de las Fuerzas Armadas sobrevoló las comunidades de Las Habas, San Miguel de las Mesas y Chapala. Vecinos señalaron que este disparó sin consideración a vehículos e inmuebles. Dejando un rastro de cinco camionetas floreadas con impactos de balas en una vereda que conduce a Las Mesas.

“Para el lado de Las Habas hay mucha gente muerta. Para acá, para Las Mesas también hay mucha gente muerta. El boludo se agarró y a puro tirarle y tirarle. Ellos no dispararon, oiga. Dicen ellos que se agarraron con los civiles”, denunció una de ellas.

La llegada de la CEDH permitió que el entorno hostil entre pobladores y elementos se apaciguara. Los policías se cubrieron los rostros y entonaron sus armas. Señalaban sus pies, ¡mírenlos traen tenis!, sentenciaban.

Versiones

“Pasaron por las casas de aquí de muchas vecinas y todos escuchaban la música. Pensaban que era gente del rancho, pero no, era el gobierno. La gente aquí no pudo circular porque teníamos miedo de que el gobierno nos tirara y no pudimos salir”, cuentan.

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Horas después, cuatro unidades del Ejército Mexicano ingresaron hasta el lugar de los hechos. Al divisar la presencia de los elementos policiacos —a quienes desconocieron—, cuatro soldados descendieron y apuntaron con sus armas a los policías.

“¡Somos Ejército, somos Ejército!”, les gritaban.

Los policías bajaron sus armas y alzaron las manos. “¡Somos gobierno, somos gobierno del estado, policías del estado!”, les respondían.

Pasaron 15 minutos y los elementos se retiraron, junto con una patrulla estatal.

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En Las Habas, las familias estaban “presas”, no dejaban salir ni entrar a nadie. Familias reportaron la desaparición de personas que salieron desde muy temprano y desde entonces no sabían nada de ellos.

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“Son dos personas las que están en los vehículos”, dijo un elemento de la policía. “¿Están en el Jeep?”, preguntaba un familiar. El silencio envolvió nuevamente la escena.

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Durante la noche del sábado cheyennes blancas, entraban y salían de la comunidad, estas fueron atribuidas a la Fiscalía General del Estado; sin embargo, todo se mantuvo en silencio. No se precisaron datos de personas fallecidas ni la localización de desaparecidos.

El Servicio Médico Forense (SEMEFO) no ingresó hasta la tarde del domingo.

Cintas

Habían pasado más de 30 horas. Los cuerpos seguían sin ser identificados, y las autoridades se mostraban renuentes a responder. La Fiscalía ya había ingresado y la presencia de militares generó más confianza.

“¡Vámonos!”, gritó una mujer.

Los pobladores rompieron la línea de seguridad. Algunos corrieron, y los policías les siguieron el trote.

Por la fuerza, familiares de Jesús Norberto cruzaron el bloqueo de policías y su mamá corrió hasta la Jeep, donde los peritos ya realizaban labores de recolección.

Dos segundos de silencio. Su madre gritó.

Luego de 30 horas, confirmaron que el cuerpo correspondía a Norberto.

“¡Se lo están tragando las moscas!”, gritaba su madre, mientras caía al piso.

Los policías volvieron a acordonar el área.

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