Rostros asoleados: Internos de centros de rehabilitación, una lucha contra las drogas y la violencia

Rostros asoleados: Internos de centros de rehabilitación, una lucha contra las drogas y la violencia

 

“Juan” se levanta la camisa. Muestra los seis impactos de bala que recibió a manos de un amigo. Sobre su estómago se asoman las cicatrices achicadas y redondas. Mientras señala sus heridas, advierte que se juntó con malas personas. Atrae el olor a pólvora que hace ocho años inhaló, lo caliente de las balas alojándose en su estómago, el rechinido copulante de las llantas con el asfalto. De vez en cuando ese sonido lo despierta; no murió y es lo que atormenta.

En sus manos sostiene bonches de papelitos, son sus tarjetas de presentación, en ellos viene el nombre de un centro de rehabilitación para drogadictos y alcohólicos con sede en Culiacán.

Tiene 10 años pisando distintos “anexos”. La última vez que recayó fue cinco días antes de que iniciara la guerra interna del Cártel de Sinaloa. Emite un suspiro; proyecta tranquilidad por estar ahí encerrado. Cuando toca las calles, pelea y consume. Algunos de sus amigos ya no están, los mataron. El cristal y el inevitable contacto con gente que anda mal los pudrió.

Hay espinas de intranquilidad que circundan los centros de rehabilitación. La clínica de rehabilitación “Shaddai” fue atacada por un grupo armado en el sector Colinas de San Miguel durante la madrugada del 7 de abril. Destrozaron los accesos a las cocheras, dispararon y asesinaron a nueve personas. La mayoría de ellos eran trabajadores.  Algunos internos se dispersaron y se escondieron en la bruma.

Esa misma mañana un interno regresó. Con pasos alargados subía la colina, aún cargaba con su uniforme. Dio su relato: hombres armados ingresaron, gritaron, accionaron sus armas, la sangre comenzó a chispear y él salió corriendo.

Horas más tarde, otras dos clínicas ubicadas en la colonia Villa Universidad, en Culiacán fueron visitadas por grupos armados. Más de 100 internos fueron liberados. Otros fueron sometidos y “levantados”, entre ellos el subdirector de la clínica “Rehabilítate”, quien pocas horas después fue encontrado asesinado sobre uno de los accesos del residencial La Primavera, al sur de Culiacán.

Juan dice no tener miedo. Confía en los rondines que hacen los militares, se siente protegido. Los convoyes se estacionan afuera de su anexo, toman una foto del lugar, preguntan que si todo está en orden y se van. Así cada noche.

El comienzo

De esa realidad que vive ahora ante la violencia que los acecha, Juan pasa a sus recuerdos nuevamente, de cuando inició en las drogas. Cuando tenía 11 años probó el tabaco, la nicotina lo calmaba, le gustaba la sensación; colocar la colilla entre sus labios, sentir el calor del fuego en sus dedos, prender y relajarse. Recuerda sus primeras polveadas, a los 12 años una línea de “perico” lo alivianó; pupilas dilatadas, ritmo cardíaco acelerado, sentía bien machín la adrenalina.

Sus primeros dealers fueron los puchadores, esos que se encargan de enviciar a los potenciales consumidores. Acercan la droga, la facilitan. Regalan uno que otro pase de mota o una línea de coca. La primera vez que le regalaron tenía 15 años, se arrimaba con ellos y “sobres prueba esta madre a ver cómo está”, le decían.

Cuando los “amarran”, la venden. “Oye wey ¿no tienes del ‘perico’ aquel?, del rosita”, preguntaba. Tenían un catálogo más exquisito y variado; “perico” sabor fresa, coco y plátano. Se metía el pase por la nariz, bajaba a la garganta y los saborizantes lo endulzaban; Juan gesticula una pequeña sonrisa, rememora la sensación.

Por 10 años estuvo vendiendo drogas en el sector Barrancos, al sur de Culiacán. Su menú era básico pero suficiente, constaba de cocaína y mariguana. Muchas veces no le pagaban, al inició le daban mil 500 pesos a la semana, en efectivo para no tener fallas. Era poco pero bastaba para loquear un rato, andar en el desmadre rodeado de motos, carros y entre la silueta de alguna mujer.

De tanto que consumía cocaína ya no le pegaba. Una noche entre la pisteadera un camarada sacó cristal, pero bien molidito, de tan molido que parecía “perico”. Juan estaba morro y borracho, no distinguió. Inauguró su primer pase: un “pericón de hielo”. Estaba más perra la sensación, ya le duraba más. Lo alivianó; 12 horas le duró el efecto, se sentía Superman.

Juan, es un hombre flaco, de piel morena y quemado por el sol. Tiene la peculiaridad de achicar las palabras: compita, personita, cositas, pastillitas, cepilladitos, moneditas, bolsitas, bañaditos, amiguillos. De barba perfilada y rostro correteado. Mirada siempre sujeta a un punto, no comparte pupilas porque se le va el rollo; lo desconcentra al hablar. Voz delgada, expresa con rapidez, pero no se traba. Trae su cachucha plana y la mochila desgastada.

Es vanidoso, le gusta tener buena presentación. De dentadura intacta, cuando consumía cristal prefería hacerlo por la nariz, cuando se fuma el ácido que suelta pudre los dientes y andar con los dientes carcomidos enfrente de las morras, ni pensarlo.

En su mochila carga con 62 bolsas negras y una alcancía larga. Desde los 11 años encaminó su actividad actual: vender bolsas para la basura, dos por 10. Ese día cargaba con mil 200 pesos en puras moneditas. Esa feria es para su centro.

El padrino

Se ganó la confianza del padrino para poder salir a las calles a vender. Ríe al recordar la primera prueba que le puso. Le dio un billete de 500 pesos y lo mandó al OXXO. ‘Cómprame unos Marlboro rojos’, le dijo. Se paró en el umbral de la puerta y lo miró caminar. Juan ya se la sabía, lo había hecho con otros internos. Fue, compró los cigarros y regresó corriendo, con ticket y feria en la mano se ganó su confianza.

El padrino es una figura de respeto, intachable: los cuida, los alienta, les da de comer, y sobre todo, les brinda un espacio; no se sienten excluidos, vuelven a formar parte de una comunidad. Para él es bonito ganarse su confianza, se siente bien “machín”.

La primera vez que ingresó a un anexo tenía 17 años, andaba bien crudo en su cuarto. Los “monosonsos” lo despertaron, eran cuatro hombres altos y robustos. Juan no se puso al tiro, no valía la pena. “Camina o te levantamos”, le dieron a elegir. Se levantó y caminó por su voluntad; tampoco lo esposaron, no había necesidad.

En una ocasión a su compa Toño le dieron un navajazo. La persona traía escondida un filo entre los tenis y sobres, se la encajó en la garganta. Toño sobrevivió, pero cambiaron los protocolos de seguridad, desde entonces los esposan. “Son servicios peligrosos”, dice. No saben si en una de esas la persona en un estado alterado saca una pistola, machete o navaja.

Juan tiene que sacar 500 pesos con la venta de las bolsas, de esa forma da su apoyo. Él no paga ningún pesito cuando decide internarse. Son 2 mil 500 pesos de ingreso y otros 550 semanales para la comida. Él, se libra del gasto con ese servicio al centro.

Con todos los años que lleva pisando los anexos ya formó a su familia. Se siente a “todisisísimamadre”, como suele decir cada mañana en el pase de lista. Tiene siete meses limpio. Sonríe al recordar la vez que donó sangre para uno de los internos, se siente bien “machín” traer todo en orden, sin fallas.

Ahí todos son amigos, todos se entienden; son adictos y reconocen las peripecias por las que transitan. Juan se queda callado unos segundos. Se entristece al recordar algunas voces que ha escuchado ahí adentro, historias que no se atreven a contarle a nadie más. Hablan de abusos sexuales sufridos en la calle, son fondos de sufrimiento para algunos de ellos. El tema se abraza. Todos han pasado por un chingo de cosas, y ya no les da pena decirlo.

Artículo publicado el 13 de abril de 2025 en la edición 1159 del semanario Ríodoce.

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