Acusan de traidor a Crescencio Ramírez Sánchez, el indígena triqui, comisionado del gobierno estatal
La comunidad mayo-yoreme del sur de Ahome aguantó a pie firme cuanto intento de despojo de su espíritu hizo el gobierno local a través de falsos profetas étnicos y de yoris de rala conciencia.
Incluso, dijeron que soportaron los pretendidos despojos de sus tierras y lugares sagrados por empresarios que tenían la venia oficial, y la complicidad de aquellos que protestaron protegerlos.
Muchas veces los llamaron pidiendo explicaciones, y muchas veces recibieron un portazo o les colgaron el celular, o simplemente, dejaban en visto los mensajes de texto.
Y ellos silenciosos, soportaron aquellos agravios que iban sumando en la cabeza, en sus espíritus.
Felipe Montaño Valenzuela, cobanaro de Ohuira, resume: “Nos han agraviado tantas veces, nos han insultado e ignorado tanto que una vez más no hace mella. …Pero no olvidamos. Allí se quedan, en espera… No nos van a doblar… sabemos esperar.”
El líder étnico ganó fuerza social por su oposición a la petroquímica y a la destrucción de su entorno, en donde están sus lugares sagrados, como el Mapahui, una zona de pesca, de reproducción de especies marinas, en donde cada año construyen sus lugares de adoración. Allí, meses atrás, su enramada sagrada fue incendiada por desconocidos. Ellos a su manera, desagraviaron el lugar y se aferraron a su lucha.
Aquel aferramiento les generó amenazas, y ahora, Montaño y dos lideresas más del colectivo ¡Aquí No! usan chalecos blindados y portan botones de pánico. Tienen protección policial y de la Guardia Nacional. Y aunque temen por sus vidas e integridad física, no han dejado de ser oposición.
El último agravio a su identidad y etnia es el pretendido despojo de sus territorios por un ordenamiento estatal y municipal, que los cede, sin consulta previa, a la industria petroquímica, y hasta les quita el derecho a heredarlos a sus hijos para que allí edifiquen sus viviendas, porque eso ya está prohibido.
“Siguen, y siguen diciendo, gritando que nos defienden, que nos protegen, que tenemos muchos derechos y que van a legislar por más, pero en realidad quieren nuestros territorios, nuestras vidas les estorban, nuestra presencia les molesta, pero antes que sus orígenes, nuestros ancestros estuvieron aquí, cuidaron el territorio y mantuvieron sano el mar. Ahora, ellos lo contaminan y se quieren servir de esta bahía que nos quita el hambre, que alimenta a muchos y da sustento a más”, reflexiona el hombre que ha llevado hasta la Organización de las Naciones Unides la voz de la inconformidad contra las políticas gubernamentales de despojo simulado.
Pero ese domingo 16 de febrero, justo en su territorio sagrado llegó uno de los responsables del agravio. Este, sin empacho se acomodó entre los hombres con cargos importantes, y miró con cierto desdén a sus iguales, pero de la tribu mayo-yoreme del norte de Sinaloa.

Allí estuvo, durante casi dos horas. A veces aburrido, a veces soberbio. Escuchó argumentos y contrarréplicas. Vio como los ánimos a veces se encendían y en ocasiones se apaciguaban, escuchó cuando preguntas incómodas ponían nerviosos a los oradores y a sus defensores. E inesperadamente, le tocó el turno.
“Tu Crescencio (Ramírez), nos traicionaste. Debiste habernos defendido, debiste habernos informado de lo que el gobierno tramaba en contra de nosotros, de todos nosotros, pero no lo hiciste. Te fuiste de su lado y no con los tuyos. Te llamamos muchas veces y nunca nos respondiste. Te pedimos que comparecieras bajo una enramada, como los usos y costumbres, pero lo ignoraste. Ahora vienes aquí como si nada. ¡Que explicación nos das, nos vas a dar, de lo que ya se consumó, con ese reordenamiento territorial que se mete hasta nuestras casas!”
El hombre inclinó la cabeza, cuando otros mayos-yoremes secundaron a su lideresa. Todos hablaban de traición y lo culpaban a él. A él, que había favorecido la dualidad de cobanaros, a él que había desviado a yoris los alimentos que les tocaban a las tribus, a él que había escamoteado los subsidios para Semana Santa, a él que había favorecido la segregación sobre las libertades, a él que silenció sus labios cuando indígenas atacaban a otros indígenas. De todo eso fue acusado.
Y cuando dieron un silencio aguardando la respuesta, Crescencio Ramírez Sánchez, el indígena triqui, comisionado indígena del Gobierno de Rubén Rocha Moya sólo atinó a decir: “Eso es responsabilidad de Sebides. No tengo nada qué ver. Ellos tienen gente para eso”. Y después, como lo había hecho, entró en mutismo.
En la asamblea comunitaria, el silencio llenó todos los huecos.
Y sentada, en una esquina, aquella mujer se llenó de rabia igual que otras lideresas, Ella que había llegado del mar, no pudo hablar. Ella no dijo nada, solo hundió su cabeza en sus brazos que tenía recargados en el respaldo de una silla metálica y sollozó. “Nos quieren muertos, nos están acabando desde el gobierno”, masculló en silencio.
Las mujeres la arroparon. Y tras esa nueva comunión, ella se recuperó, fortaleció sus hombros, enderezó la cabeza, y sus ojos ya sin lágrimas, brillaron de nuevo. Ese acto público la había vencido, pero también, la fortaleció.
Artículo publicado el 23 de febrero de 2025 en la edición 1152 del semanario Ríodoce.







