Llegamos al final del primer cuarto del siglo XXI. Las profecías que anunciaban tiempos inusitados no han quedado arrumbadas. Sin embargo, pierden la carrera ante una realidad que parece desbocarse, ante tiempos, gobiernos y sociedades que peregrinan sin brújula. A Sinaloa, como región, le toca agregar adjetivos, capas atroces de realidad a esta nueva época. La violencia cada vez más extrema, el crimen organizado, los desplazados, las desapariciones, la sistemática e inagotable corrupción de los que asumen los poderes, marcan el itinerario y la resistencia de una ciudadanía en completo desamparo. El paso por este mundo desesperanzador, lo capta de manera excepcional Eduardo Ruiz Sosa en el cuento El dolor los vuelve ciegos, incluido en el libro Cuantos de los tuyos han muerto (2019). Una decena de páginas son suficientes para mostrarnos la cínica e inútil burocracia ante la tristeza, el dolor, el cansancio de los familiares de un desaparecido. La búsqueda es un viaje a los infiernos y el eclipse de toda esperanza. Ruiz Sosa, autor de novelas como Anatomía de la memoria (2014) y El libro de nuestras ausencias (2022), nos muestra el anonimato de los cuerpos intercambiables, el desciframiento de los nombres entre cadáveres indescifrables y el enorme fracaso de las autoridades; se trata del mundo de un horror kafkiano al borde del vacío.
Las desapariciones son la mayor calamidad de nuestro tiempo, un enorme plagio a nuestra vida social que capta también de manera intensa, realista e incluso solidaria con las víctimas, Teresa Díaz del Guante. Con ecos del teatro testimonial de Vicente Leñero, dos generaciones después de la muerte de Óscar Liera (1946-1990), la autora construye el proyecto de dramaturgia más coherente y abarcador en Sinaloa desde entonces. En el Proyecto aroma. Dramaturgias de la búsqueda, como lo afirma la misma autora, “la ficción” le ayuda “a atravesar la realidad y viceversa”. La simbiosis creativa entre teatro, realidad y ficción, tema, investigación y escenificación, permite representar y explorar de manera muy cercana la gran tragedia de nuestro tiempo, otorgando voz a las madres de los desaparecidos. Ante el dolor, la rabia y la profunda tristeza de estas nuevas Antígonas, Díaz del Guante parece viajar al origen de todo: la tierra, la carne, la muerte, la vida y todo lo que se detiene en ella, las emociones y el aroma. “Buscamos cuerpos, / restos, / ropa, / zapatos. / Olemos tierra”, dice uno de sus personajes. Para ampliar estas referencias, no podemos dejar de mencionar a Albaro Sandoval y los mundos violentos abordados en su inolvidable novela Lodo en tierra santa (2007), una polifonía del desencanto y del fracaso, inscrita en la mejor manufactura faulkneriana.
Vemos con estos ejemplos que la literatura no se resiste a ser producto de su tiempo. Se trata de una escritora y dos escritores sinaloenses que abren los ojos ante este presente y que su manera de crear universos literarios en mucho nos recuerda las palabras de Elías Canetti: “Quién no tome conciencia de la situación del mundo que vivimos difícilmente podrá escribir sobre él”.
¿Hasta dónde podemos ampliar nuestra mirada para ver la producción de la literatura actual de Sinaloa? Imposible no partir de algunas obras clave recientemente publicadas, conquistas de espacios en editoriales importantes, reconocimientos literarios de algunos autores, pero también es necesario situar ese anonimato que se construye desde los márgenes de la creación. La descripción de un “sistema literario”, conformado por lectores, autores, circulación y publicación de libros y revistas en diversos formatos, un mercado, lo mismo que espacios de sociabilidad, puede servir para ver lo que ahora tenemos.
Cada quien elige su canon reciente. Podemos tomar como base los cuentos de Inés Arredondo (1928), que al contar una historia arman las piezas secretas de la vida de sus personajes, personajes que viven sus “días hacia adentro”, con sus pasiones rebosando entre los límites secretos del cuerpo. También podemos mencionar la siempre descubrible poesía de Norma Bazúa Fitch (1928-2011), o los sesenta años de la poesía de Jaime Labastida (1939), que son una casa abierta al ascenso o al descenso de la vida humana, al contacto entre el animal y el hombre, el bramido y el coro. Se trata de una poesía en la que se muestra el enorme significado del silencio, la tensión del yo poético y la nomenclatura de símbolos universales captados a la luz y a la sombra de nuevos sentidos. De ahí que el lenguaje poético se plantee, al igual que el título de uno de sus poemas, como un escenario de “Diálogo y migraciones”. De igual forma, al armar este mapa, difícilmente podemos eludir las propuestas desde los márgenes que evocan las hoy poco recordadas novelas En el sur de Sinaloa (1965) de Francisco Peregrina o Diario de un narcotraficante (1967) de A. Nacaveva.
Sin embargo, entre el listado de publicaciones más recientes, la obra que marca un nuevo punto de partida en la narrativa de nuestra región es La novela inconclusa de Bernardino Casablanca (1993) de César López Cuadras. En esta novela el tema del narcotráfico es abordado con una osadía y un humor únicos en nuestras letras. La capacidad de López Cuadras para construir una obra bajo los mejores mecanismos de la parodia no tiene límites. En sus páginas destruye todo facilismo moral, y viaja a un mundo en el que todo vuelve a la esencia de lo novelesco y lo imaginario. En la trama hilarante y amena de López Cuadras, Truman Capote se vuelve un personaje que viaja por tierras sinaloenses en medio de los submundos del crimen y el narcotráfico. Solo hasta la publicación de Del famoso y nunca igualado corrido del Quicón Uriate (2023) de Miguel Tapia se logrará una historia con un manejo comparable de estos elementos.

La conformación de una nueva literatura en nuestra región admitió desde años antes, la creación de limitados, pero relevantes espacios de sociabilidad. Pongo como ejemplo los talleres de Renato Prada Oropeza iniciados allá por 1978, la creación de la Escuela de Filosofía y Letras, las conferencias de Vicente Quirarte y Gonzalo Celorio, los talleres de narración y lectura de Élmer Mendoza, la publicación de plaquetas en el viejo Difocur, el taller de poesía de Ricardo Hernández a finales de los ochenta y principios de los noventa, el surgimiento de nuevos autores en el Puerto de Mazatlán o la continuidad de la tradición literaria en Mocorito y en otras ciudades del estado. En este contexto surgen autores con publicaciones bajo el amparo de nuevas influencias poéticas: Felipe Mendoza, Jesús Ramón Ibarra, Emma Campaña, Refugio Salazar, Jesús Hidalgo, Jean Turpy, Juan Esmerio, Rosy Palau, o bien, narradores como Juan José Rodríguez, Pepe Franco, Jesús Manuel Rodelo, Alfonso Orejel, Nino Gallegos, entre otros más. Sin disminuir los logros posteriores de los autores mencionados u omitidos, entre las obras publicadas en ese periodo destaca Piedra Marina (1989) de Gilberto Cabanillas, libro claramente influido por la poesía de Saint John Perse.
Con la llegada de los años noventa, los escritores del estado ven retribuido su trabajo desde diferentes ámbitos. Juan José Rodríguez publica El gran invento del siglo XX (1997) en Joaquín Mortiz, y Élmer Mendoza no sólo despide el siglo con la publicación de su primera novela Un asesino solitario (1999) en Tusquets, sino que en 2007 gana el premio internacional que convoca la misma casa editorial con su obra Balas de Plata. Llegado el siglo XXI, la poesía también es reconocida. Basta señalar que, durante este tiempo, el Premio Nacional de Poesía Aguascalientes, el de mayor reconocimiento al género lírico en nuestro país, lo obtienen cinco escritores sinaloenses. Obras ganadoras como El deseo postergado (2007) de Mario Bojórquez; Cuenta regresiva (2011) de A. E. Quintero; Teoría de las pérdidas (2015) de Jesús Ramón Ibarra; Sendero de suicidas (2017) de Rubén Rivera; Sigo escondiéndome detrás de mis ojos (2019) de César Cañedo, muestran la diversidad de registros poéticos y herencias de la más cercana o lejana tradición. El trabajo de estos poetas, más allá de sus creaciones particulares, permitió generar nuevos espacios de divulgación literaria, impulsando el surgimiento de poetas de una nueva generación. Mario Bojórquez por medio del proyecto Círculo de Poesía; Ibarra por medio de talleres literarios; Rivera a través de la generación de proyectos editoriales independientes; y las aportaciones de Cañedo y A. E. Quintero desde la academia.
En estos nuevos territorios poéticos es inevitable la mención de Daniela Camacho. El cuerpo, la danza, el intenso diálogo del lenguaje poético con las artes y la cultura oriental, se ven reflejados en su bello libro Experiencia Butoh (2017). En su poesía: “el cuerpo humano aprende movimientos desesperados cuando sospecha que alguien abre un hueco en la tierra. Se deja lamer, por ejemplo, se decora la boca con piedras. Es una escena desoladora porque se le puede oír suplicando”. De igual manera es necesario mencionar el nombre de Ernestina Yépiz y su obra que se instaura en las formas vivenciales de la cotidianidad, para descubrir desde ahí las reflexiones del trabajo poético, la intensidad de la vida y de todas las grandes pasiones humanas. Para la conformación de este mapa actual, es necesaria también la mención de la obra de Francisco Alcaraz, René Higuera, Mijail Lamas, Francisco Meza y Alfonso Orejel.
En Norte. Una antología (2015), Eduardo Antonio Parra incluye los nombres de Ramón Rubín, Inés Arredondo, César López Cuadras, Élmer Mendoza, Alfonso Orejel, Juan José Rodríguez y Miguel Tapia; casi todos ellos mencionados anteriormente. La valiosa compilación de Parra realizada hace diez años, permite abrir una perspectiva en el terreno de la narrativa actual. Miguel Tapia ha seguido publicando una obra narrativa –Los ríos errantes (2017), Tumbas de agua (2023)–que va en crecimiento cualitativo. Mientras que Rodríguez, Alfonso Orejel y Élmer Mendoza han mantenido su vigencia con la creación de nuevas obras.
El intento por crear una narrativa acorde a nuestros tiempos y problemáticas ha traído consigo la publicación de nuevas obras como Cualquier cadáver (2014), Adiós, Tomasa (2019) y Crónica de lumbre (2024) del crítico Geney Beltrán. Novelas en las que el tema de la violencia, los desplazados, el narcotráfico y el crimen organizado también está presente. Sin embargo, la irrupción de nuevos proyectos y talleres que intentan sociabilizar la lectura y la creación literaria han permitido el surgimiento de una nueva generación de narradoras y narradores que abordan nuevas problemáticas de nuestros tiempos.
En este nuevo contexto cabe mencionar los libros Antes del juego (2020) y Silencio cerca de una pirámide antigua (2022), ganador Premio Bellas Artes de Cuento Hispanoamericano Nellie Campobello 2023, de la autora Viridiana Carrillo. Se trata de obras que permiten ver la herencia de escritoras como Inés Arredondo, Rosario Castellanos y Clarice Lispector. Junto a Viridiana Carrillo, podemos mencionar los nombres de Mariel Iribe, Hernán Ruiz Lindoro, Julio Zatarain, Jorge Avendaño y Sergio Ceyca.
En este siglo XXI, podemos ver que la literatura sinaloense, escrita por los que se quedan, por los que se van, los que regresan o los que llegan desde otras latitudes, configura espacios imaginarios con diversos niveles de referencialidad a nuestra región; crea universos íntimos que exploran bajo nuevas miradas y expresiones poéticas las pasiones humanas y los temas universales de siempre. Podemos ver, que la literatura sinaloense, hoy en día, sigue acumulando páginas en su historia, una historia que aún tiene mucho por decir.
Artículo publicado el 16 de febrero de 2025 en la edición 9 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.






