El autor expone en su nueva novela cómo la violencia transforma no solo los territorios, sino también los cuerpos y la memoria de quienes viven entre dos mundos
Hay lugares que uno abandona físicamente, pero que nunca dejan de habitarse. Para Eduardo Ruiz Sosa, Culiacán sigue siendo ese territorio emocional al que regresa una y otra vez a través de la escritura, incluso después de dos décadas viviendo en Barcelona.
Desde la distancia, el autor ha construido una obra marcada por la memoria, la violencia y las fracturas sociales del norte de México, temas que reaparecen en su nueva novela El paisaje es un grito.
La historia transita por la frontera entre México y Estados Unidos, entre Tijuana, el desierto y el camino hacia Sinaloa, para retratar a migrantes y desplazados que cargan con la pérdida de su hogar y la incertidumbre del exilio.
Inspirado en un verso del poeta Francisco Meza: “Para un ave ciega, el paisaje es un grito, convierte el territorio en una voz herida que habla de abandono, narcotráfico, explotación y supervivencia”.
El desierto, la sierra y la costa aparecen como escenarios atravesados por años de violencia y abandono, en los que confluyen maquilas, mineras extranjeras y el narcotráfico, dejando profundas cicatrices en el paisaje y en la sociedad.
“Las heridas no solo son territoriales, sino también humanas. La novela muestra la realidad de los migrantes y desplazados que deben abandonar su hogar, dejar atrás a sus seres queridos y enfrentarse a la incertidumbre”, señaló.
“El cuerpo humano también se convierte en un territorio marcado por el miedo, la pérdida y la supervivencia”.
El regreso al origen
Uno de los ejes de la novela es el regreso imposible al origen. Tras vivir varios años en Barcelona como estudiante y regresar después a Culiacán, el autor encontró una ciudad transformada, al igual que él mismo. En 2018 volvió a España e inició nuevamente una vida como migrante.
“Cuanto más tiempo paso lejos de Culiacán y de Sinaloa, más escribo sobre ello, no solo por nostalgia, sino porque la distancia modifica la mirada. Uno empieza a ver cosas que dentro quizá no veía o no entendía de la misma manera”, explicó.
Para Ruiz, Culiacán no es solo una ciudad física, sino un territorio emocional, lingüístico y afectivo.
“Está en la forma de hablar, en la música, en el humor, en la violencia, en la memoria familiar, en los amigos, en los muertos, en las calles que ya no existen o han cambiado. Cuando escribo sobre allá, no intento una reproducción fiel, sino trabajar con todas esas capas que se acumulan dentro de uno”, apuntó.
“Amo profundamente ese lugar, pero precisamente por eso me interesa escribir también sus fracturas, sus dolores. Creo que la literatura tiene que sostener el cariño y la crítica, la ternura y el espanto. A veces pensamos que el monstruo es lo ajeno, pero en realidad siempre he hablado de preocupaciones humanas: el miedo al cuerpo, a la enfermedad, al deseo, a la muerte, al extranjero o a la exclusión”.
También le interesa quitarle solemnidad al monstruo y hacerlo convivir con lo cotidiano.
“Que pueda estar en una sala viendo televisión o cruzando el desierto. Esa mezcla entre lo fantástico y lo cotidiano me parece muy fértil”.
El manejo del lenguaje
Antes que escritor, Eduardo Ruiz se define como un escuchador compulsivo. Le interesa la forma en que se habla en distintos contextos y cómo el lenguaje cambia según la región, la clase social o el estado emocional.
“En Sinaloa hay una musicalidad muy particular, una velocidad, un humor y una violencia dentro del lenguaje. Hay palabras que contienen mundos enteros. Trato de que los personajes hablen desde ahí, sin caer en caricaturas”, explicó.
La oralidad es central en su proceso de escritura.
“Leo mucho en voz alta mientras escribo. Necesito escuchar si una frase respira bien, si tiene ritmo. Escribir tiene algo muy físico, casi corporal”.
El también autor de El libro de nuestras ausencias y Anatomía de la memoria, busca no repetirse. Le interesa explorar la mezcla de géneros.
“Me gusta que los libros sean indisciplinados, que no respondan a una sola tradición”.
“Lo único que tengo claro es que seguiré escribiendo sobre los lugares y las personas que me obsesionan. Y Culiacán, para bien o para mal, sigue siendo el centro emocional de muchas de esas obsesiones”, confesó.
Artículo publicado el 24 de mayo de 2026 en la edición 24 del suplemento cultural Barco de Papel del semanario Ríodoce.



