Desaparecen los ‘mandaderos’ del penal de Aguaruto

Desaparecen los ‘mandaderos’ del penal de Aguaruto

La guerra entre Chapos y Mayos también trastocó la vida cotidiana en el penal de Culiacán donde, pese al aumento de revisiones, siguen ingresando objetos prohibidos

 

 

Es día de visita en el penal de Aguaruto, en Culiacán. Familias enteras llegan cargadas con bolsas de supermercado: pan, huevo, jamón, salchichas. Todo va separado en pequeñas bolsas de plástico, han aprendido que no pueden ingresar latas, vidrios o congelados.

Una mujer de alrededor de 35 años espera sentada en una banca. Sostiene a su bebé de tres meses de edad, mientras cuida las dos bolsas con despensa. Viene a visitar a su esposo, preso desde hace poco más de dos años. Su hijo mayor apenas cumplía un año cuando él ingresó. El más chico fue concebido en las visitas conyugales.

“En las revisiones lo que ha cambiado es que están ahora aquí los de la Guardia Nacional, porque se supone que ahora hay más protección y más orden, pero es como en todos lados, aquí con dinero baila el perro. Porque las armas no las mete uno, ¿entonces quién las mete?”.

 

Un año de decomisos 

Entre el 5 de febrero de 2025 y el 25 de febrero de 2026, autoridades realizaron 169 operativos en los penales de Sinaloa, de los cuales 153 se concentraron en el penal de Aguaruto, en Culiacán, el principal foco de riesgo en el sistema penitenciario estatal.

En ese periodo de acuerdo a cifras y comunicados oficiales, al interior del penal se aseguraron mil 956 celulares, 905 mil 145 pesos en efectivo —incluyendo 571 mil 470 pesos en un solo decomiso el 5 de mayo de 2025—, además de 46 armas largas, entre ellas 12 AK-47 y 12 fusiles M4, además de 131 armas cortas.

A este arsenal se suman 386 cargadores, 11 explosivos, mil 340 armas blancas, mil 916 puntas hechizas y 256 dispositivos de internet, incluidos 12 sistemas Starlink, lo que revela la operación de una infraestructura funcional de comunicación, financiamiento y fuerza armada al interior del penal.

Los decomisos se han mantenido en marzo y abril de 2026: el 1 de marzo se aseguraron ocho celulares, dos cargadores y tres puntas, mientras que el 19 de marzo fueron 10 celulares, 12 cargadores, 10 chips, un módem, una USB, cuatro armas punzocortantes y dosis de cocaína; ya en abril, un reporte del gabinete de seguridad confirmó el hallazgo de cinco armas cortas, 13 cargadores, 198 cartuchos, chips telefónicos y droga. La entrada de dispositivos de comunicación y acceso a armamento, aunque menor, persiste incluso bajo revisiones constantes.

 

Los “mandaderos”

“Nos miraban la cara aquí, cuánto dinero no nos dejamos por no saber”, dice otra mujer recordando las primeras semanas, de hace cinco años, cuando su hijo cayó preso y empezó a conocer ese otro mundo que opera alrededor de la penitenciaría.

“¿Usted nunca ha entrado?, no es como se lo imagina, son como casitas de Infonavit por decirle algo, pero más chiquitas. Es como todo, se vive a gusto si se tiene la manera, pero pues los pobres son pobres adentro y afuera”, añade.

Los familiares coinciden en que las cosas han cambiado en los últimos meses, en paralelo a la escalada de violencia que se recrudeció en Sinaloa desde septiembre de 2024.

Antes, explican, existía una figura que resolvía todo: Los “mandaderos”. Hombres que se colocaban a las afueras del penal con diablitos de carga y que, por una cuota, se encargaban de meter productos al interior.

“Antes tú llegabas con un mandadero, y nada más le dabas las cosas y una feria que te pedía, y ellos se aventaban el tiro. Yo digo que ya tenían arreglos con los celadores o la gente de ahí, porque pasaban las cosas sin ningún problema”, cuenta un hombre de alrededor de 55 años, quien visita a su hijo, preso desde hace seis años.

 

MANDADO PARA LOS PRESOS. Los pobres son pobres adentro y afuera, dice una mujer.

 

“¿Qué si cuanto cobrarán?, pues depende de que quisieras meter, es como todo jefe”. Hace una pausa.

“Yo tenía un contacto aquí, pero de repente dejó de venir. Sus compas luego me dijeron que lo habían baleado en una camioneta ahí por la Costerita, pero se salvó… a las semanas supe que lo habían matado”.

“Ahorita si buscas, no hay ninguno de esos mandaderos, se los acabaron. Ahora es una chinga meter las cosas porque te revisan todo. Dice aquí la gente que así como al que yo conocía, los fueron matando a todos los que eran ‘mandaderos’ aquí en la Peni”.

Sin ellos, el proceso cambió, ahora son los familiares quienes deben introducir al penal todo lo necesario para sus internos, con procesos de revisión más estrictos.

“Antes se batallaba menos, cuando nada más estaban los estatales, porque metías las cosas y nada más las revisaban por encima, pero ahorita que están los de la Guardia Nacional es una barbaridad, te esculcan todo el mandado”, se queja otra mujer.

 

Las visitas, reglas y desgaste

“Vengo a dejarle mandado a mi esposo una vez a la semana, los jueves podemos venir y se supone que nada más podemos pasar dos bolsas, pero no es parejo aquí con nada. Ahorita vi una señora que iba arrastrando un carrito y llevaba hasta pozole oiga, imagínese”.

Se detiene en ese punto.

“No es parejo ni con la vestimenta, a nosotras como mujeres nos dicen que no debemos venir en vestido, que usemos ropa holgada y sin joyas, porque no todos los internos reciben visitas y podrían provocar un problema, y lo entiendo. Pero cada día de visita ves a mujeres con vestido y arregladas y no les dicen nada, depende siempre de quién es el interno o su familia”.

Armar la despensa es otro proceso.

“Pues como en casa normal, traemos pan, jamón, salchicha, huevos. Me tardo como medio día en armar la bolsa porque no podemos meter latas, congelados ni vidrio, tenemos que ir metiendo todo en bolsitas”.

La comida del penal no es opción, dicen.

“Sí les dan comida, pero dicen que está muy mala, y pues no pueden saber qué le puedan echar. Mejor se la prepara él en su barraca lo que vaya a comer, ahí tiene todo lo necesario”.

Otra mujer, de 50 años, llega a visitar a su esposo de 58, preso desde hace dos años.

“Cuando cayó aquí sí estuvo muy feo por todo. Fuimos aprendiendo que en las comidas no hay seguridad, no sabe uno qué le puedan hacer. Mi esposo dice que a veces los mismos guardias la escupen o la orinan, y pues es mejor llevarles sus cosas”.

La experiencia de entrar por primera vez al penal tampoco se olvida.

“La primera visita conyugal fue de lo más feo. Yo no sabía ni a qué venía ni cómo era una cárcel, yo decía ‘¿qué estoy haciendo aquí?, ¿qué pedo con mi vida?’”.

Describe el espacio.

“Es un cuarto normal, pero muy chico, aunque hay unas barracas con más lujo, como todo, varía. Es un espacio privado con su baño, pero se siente muy raro estar ahí”.

Otra visitante recuerda también ese primer ingreso.

“Llegas en la tarde, casi oscuro, y no sabes ni por dónde te meten. Y luego al otro día, cuando sales, te ponen un sello y ahí vas en el camión, queriendo taparte la mano, todo el mundo se te queda viendo, porque saben que vienes de estar con un preso”.

“Nunca en mi vida me imaginé que iba a vivir esto, pero cuando lo vi a él me tranquilicé. Dice que ésta es la mejor cárcel, que los otros internos platican que en Mochis y en Mazatlán no se vive tan a gusto como aquí”.

El sol de abril pega fuerte al mediodía, pero las familias siguen llegando. Pasan el puente de revisión sin intermediarios y bajo estricta revisión de dos elementos de la Guardia Nacional, que esculcan minuciosamente las bolsas del mandado sin encontrar nada.  Como dice una de ellas:

“Las armas no las mete uno… entonces, ¿quién las mete?”.

Artículo publicado el 19 de abril de 2026 en la edición 1212 del semanario Ríodoce.

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